sábado, 9 de julio de 2011

Los tiempos de la historia según Fernand Braudel


"La historia puede dividirse en tres movimientos: lo que se mueve rápidamente, lo que se mueve lentamente, y lo que parece no moverse en absoluto." - Fernand Braudel.

Después del espacio dedicado al materialismo histórico y al materialismo cultural, no podíamos dejar sin revisar el magnífico trabajo de Fernand Braudel, máximo representante de la escuela de los Annales y uno de los mayores historiadores del siglo XX.

Al abordar su tesis doctoral, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, Fernand Braudel observó que la historia de cualquier período podía explicarse atendiendo a tres movimientos, jerárquicamente ordenados entre sí pero hasta cierto punto independientes, cada uno de los cuales marcha a un ritmo diferente y de acuerdo a sus propias leyes.

La prioridad causal en la constitución de una sociedad, según Braudel, pertenece a los movimientos de larga duración (o tiempo geográfico); "una historia casi inmóvil", como nos dice él, que trata "del hombre en sus relaciones con el medio que le rodea; historia lenta en fluir y en transformarse, hecha no pocas veces de insistentes reiteraciones y de ciclos incesantemente reiniciados". El único modo de abordar este movimiento consiste en registrar la geografía del área estudiada: sus penínsulas, montañas, llanuras, mares y ríos, para a continuación ponerlos en relación con el trabajo y el movimiento de los hombres. Así, Braudel nos habla de las montañas, situadas en los márgenes de la civilización y dotadas de tierras pobres, pero por este motivo pobladas con mucha frecuencia de pequeños campesinos libres; de las llanuras, donde el hombre, para aprovechar su fertilidad, debe canalizar las aguas estancadas y vencer a las enfermedades contagiosas; o de los mares angostos como el Adriático que, más favorables a la navegación, y, por tanto, a la división geográfica del trabajo, tienden a ser más prósperos que los mares abiertos.

Asimismo, Braudel nos habla de los movimientos humanos que, moldeados por la geografía y a fuerza de repetición, tienden a conformar espacios coherentes: se trata, por ejemplo, de la trashumancia castellana; el nomadismo sahariano; las migraciones de montañeses en dirección a la ciudad, donde ocupan los peores empleos; las caravanas de especias, que atraviesan el desierto sirio; o las grandes rutas marítimas que comunican entre sí los litorales mediterráneos, desde Rodas a Alejandría o desde la Península Ibérica hasta Sicilia, a través de las Baleares y Cerdeña. El ciclo de las estaciones también forma parte de este tiempo geográfico incesantemente reiniciado: en verano los caminos terrestres y marítimos se tornan accesibles, propiciando la guerra y el comercio; mientras que el invierno, con sus lluvias y tormentas, aconseja paralizar estas actividades en beneficio de la manufactura y la producción doméstica. En la misma línea, los animales cambian de pastos con las estaciones, moviéndose desde el norte al sur, desde el llano a la montaña o desde el desierto hasta la costa (y viceversa).

Por encima del tiempo geográfico se elevan los movimientos de media duración (o tiempo social), que corresponden a las estructuras sociales y al modo en que dichas estructuras evolucionan; "aúna, en consecuencia, lo que en nuestra jerga de especialistas llamamos estructura y coyuntura, lo inmóvil y lo animado, la lentitud y el exceso de velocidad". En este apartado, Braudel pasa revista a la economía, la demografía, los imperios, las sociedades, las civilizaciones y las formas de la guerra en la segunda mitad del siglo XVI. Acerca del origen de los imperios (español y turco), Braudel desliza una tesis interesante: atribuye su aparición tanto a las economías de escala derivadas de la nueva guerra, basada en el uso de mercenarios y artillería, como a la coyuntura económica ascendente del siglo XVI. Su decadencia en el siglo XVII habría que achacarla, en consecuencia, a una nueva coyuntura de signo descendente. No obstante, al abordar éste como otros temas, Braudel se conforma con la mera observación, sin pararse a desarrollar una explicación sólida. Otro apartado brillante, el dedicado a las civilizaciones (que cabría traducir como "culturas"), trata sobre el modo en que éstas evolucionan y se influyen mutuamente: así, registra la transferencia de tecnologías desde la Cristiandad al mundo musulmán, a través de renegados cristianos o de negociantes judíos; las pervivencias musulmanas entre los moriscos españoles o el intercambio cultural permanente a través del comercio marítimo, la captura de prisioneros y la piratería. Las civilizaciones son, ante todo, "espacios trabajados por el hombre". También es destacable el apartado acerca de las formas de la guerra, donde contrapone la "gran guerra" de las escuadras y los ejércitos a la "pequeña guerra" de los piratas y los bandoleros; ésta última tiende a proliferar cuando decrece la primera. En este aspecto, Braudel tiene el mérito de haber percibido las estructuras de la guerra sin detenerse en los acontecimientos militares.

Por último llegamos a los movimientos de corta duración (o tiempo individual), que más o menos corresponden a la historia diplomática tradicional, compuesta de guerras, tratados e intrigas. Se trata de una historia de acontecimientos, compuesta de "oscilaciones breves, rápidas y nerviosas", inteligible sólo dentro de unas determinadas estructuras de larga y media duración. El propio Braudel despreciaba esta forma de historia como la más superficial, considerando que sus actores (los reyes, los soldados, los diplomáticos, etc.) no eran más que títeres en manos de unas fuerzas que apenas podían controlar. Aunque ha sido acusado de determinista por declaraciones como ésta, hoy podemos formular sus ideas de una forma más científica: en efecto, los individuos actúan dentro de una estructura de costes establecida parcial o totalmente por fuerzas espontáneas, y tales estructuras seleccionan unos acontecimientos en detrimento de otros. Por ejemplo, la batalla de Lepanto -magistralmente narrada por Braudel- corresponde a una determinada coyuntura económica, a unas determinadas condiciones demográficas y a unos determinados Estados territoriales sin los cuales sería impensable.

En otro orden de cosas, Braudel aporta argumentos interesantes en torno a cómo tratar la historia de los acontecimientos. Se pregunta si el historiador debería seleccionar aquellos acontecimientos "de mayores consecuencias", o bien aquellos que fueron percibidos como relevantes por sus contemporáneos. En cualquier caso, se trata de mostrar cómo los acontecimientos sólo constituyen la superficie de unas estructuras más profundas.

Valoración y conclusiones

No hay duda de que El Mediterráneo de Braudel es una de las mayores obras de la historiografía universal, pero no está exenta de algunos defectos graves. En mi opinión, el mayor de ellos es su inclinación excesiva a la metáfora, que tiende a reemplazar las explicaciones científicas acerca de cualquier tema (a pesar de que el uso de estadísticas, en la segunda edición, es muy elogiable); su tesis acerca de los imperios, ya comentada, es un buen ejemplo de esto. En términos quizá demasiado duros, Bernard Bailyn (1951) dijo al respecto que Braudel había "confundido una respuesta poética al pasado con un problema histórico".

Cabe notar que el énfasis de Braudel en el tiempo geográfico guarda cierta relación con la prioridad que otorgan los antropólogos a la ecología -la relación entre el hombre y el medio- en el análisis de una sociedad. No obstante, Braudel no muestra cómo se influyen el tiempo geográfico y el tiempo social, ni percibe hasta qué punto son cruciales la tecnología y la demografía para conformar la historia de larga duración. De hecho, cuando la innovación tecnológica marcha a igual o mayor ritmo que las estructuras sociales es difícil distinguir entre tiempo geográfico y tiempo social, como sucede en Occidente desde la Revolución Industrial [1]. Por este motivo encuentro más adecuado englobar ambos movimientos en el término "estructuras", reservando los acontecimientos a un segundo nivel, las "coyunturas". Aunque Braudel correlaciona puntualmente las tendencias de la economía con determinados acontecimientos bélicos, la relación entre media y corta duración tampoco queda demasiado clara. Es necesario evaluar los costos y beneficios a que está sometida la acción individual como consecuencia de las estructuras sociales y geográficas.

A pesar de todo, comparto total y absolutamente las palabras de Lucien Febvre acerca de su obra:
Lean, relean y mediten sobre este libro excelente... Háganlo su compañero. Las cosas nuevas que aprenderán sobre el mundo del siglo XVI son incalculables. Pero lo que aprenderán sobre el hombre, sobre su historia y sobre la historia en sí misma, su verdadera naturaleza, sus métodos y sus objetivos -no se lo pueden imaginar de antemano.

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[1]: Por ejemplo, las fábricas de la primera época industrial implican una nueva relación con los ríos; las nuevas formas de ganadería suprimen casi totalmente las relaciones trashumantes o nómadas y el transporte aéreo abre rutas infinitamente más directas entre los núcleos de población. Como consecuencia, el tiempo geográfico se equipara al tiempo social, y estoy tentado a decir que le supera en velocidad.

martes, 28 de junio de 2011

Epílogo: el caballero medieval como adaptación


"El ideal es una flor cuyas raíces son las condiciones materiales de existencia" - Proudhon.

En la introducción decíamos que el comportamiento y los valores del caballero medieval adquieren sentido como adaptación a un determinado contexto ecológico, demográfico y tecnológico, pero tengo la impresión de que el trabajo ha terminado convirtiéndose en un relato casi literario sobre su vida cotidiana, con una breve introducción sobre las "condiciones materiales y culturales" donde no se percibe ninguna relación causal. En este artículo trataré de remediarlo.

En primer lugar, los hechos. El caballero medieval se distingue por su comportamiento agresivo (idealmente controlado), que tiene como finalidad obtener botín, gloria y oportunidades de matrimonio. Al mismo tiempo, el caballero tiende a ser pródigo con sus bienes, y gasta cuanto tiene con sus camaradas de armas y vasallos directos; valora el honor (es decir, la buena reputación, vinculada casi siempre al linaje), las virtudes cristianas y la justicia, que deberían plasmarse en la defensa de los débiles y la sumisión a la Iglesia.

En segundo lugar, la explicación, los por qués. La gran pregunta que debemos responder aquí es por qué los valores y el comportamiento de la caballería medieval triunfaron en la Europa occidental entre los siglos XI y XIII d. C., antes que en otros lugares y en otras épocas [1]. Al asignar diferentes grados de probabilidad a su aparición y éxito, la Historia se convierte en ciencia.

Dada la densidad demográfica y la tecnología de la Edad Media Plena, para las comunidades aldeanas era más rentable defender un territorio que huir de él. En un contexto demográfico menos denso, la respuesta ante agresiones externas podía haber consistido en desplazarse a otros territorios, con la idea de que éstos serían igual de productivos que los ocupados previamente. No obstante, en el siglo XI las áreas cultivables eran escasas en relación a la población, puesto que los medios técnicos tornaban inaccesible el cultivo de muchas zonas, al tiempo que debía mantenerse cerca de la mitad de las tierras en barbecho durante prolongados períodos de tiempo para recuperar su fertilidad. Como resultado, sólo podía cultivarse a la vez una fracción muy pequeña de las tierras, y los campesinos debían resistir a las agresiones externas si querían conservar su nivel de vida, pues no encontrarían parcelas de una fertilidad similar en otro lugar.

La necesidad de defensa frente a las agresiones externas, unido a las economías de escala derivadas de la aparición del estribo, dieron como resultado la aparición de una clase de caballeros equipados con armadura, que podían vencer a cualquier grupo de bandidos o campesinos armados. Así, las comunidades aldeanas tendieron a rendir homenaje a estos guerreros montados a cambio de protección; o bien, los propios caballeros tendieron a conquistar sus tierras y exigirles rentas a cambio del mismo servicio. Como era necesario poseer cerca de 150 hectáreas de tierra para costearse el equipo de caballero, pronto la presión sobre las tierras desembocó en conflictos armados entre señores; este es el origen de la guerra feudal. Así se explican también las aventuras de juventud, que alejaban del hogar familiar a los segundones que no se había podido colocar en el sacerdocio, al tiempo que, a causa de la elevada mortalidad derivada de la guerra, tendían a reducir el número de hijos que optaban a la herencia paterna -y, de ese modo, garantizaban la transferencia íntegra del patrimonio al primogénito. Por otro lado, las aventuras de juventud permitían adquirir prestigio y reputación, vitales para maximizar las oportunidades de matrimonio, extender las redes de alianzas y los pactos de vasallaje durante la vida adulta.

Los imperativos de la defensa y la adquisición de tierras, así como la exposición constante a los peligros de la guerra, incentivaban los comportamientos agresivos y el énfasis en valores como el honor, que tendía a disuadir enemigos y atraer vasallos y aliados. La largueza, los regalos constantes y el despilfarro (plasmado habitualmente en copiosos banquetes), al señalizar la capacidad de un caballero para obtener botín, indicaban su audacia militar y aumentaban su capacidad de atraer los servicios de otros caballeros, vasallos y aliados. Por último, el énfasis en las virtudes cristianas, al mitigar el abuso de los señores sobre sus vasallos, daba cierta seguridad a los campesinos y garantizaba la producción agraria, vital para la supervivencia de los linajes nobiliarios. [2]

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[1]: Al hacerlo también explicamos por qué otros espacios geográficos y otras épocas han dado individuos de características muy parecidas.

[2]: Esto guarda muchas similitudes con el origen de las vacas sagradas en la India; en ambos casos, se trata de proteger mediante la ideología un activo valioso a largo plazo que está muy expuesto a los abusos puntuales a corto plazo.

lunes, 27 de junio de 2011

El caballero medieval (V): la aventura y el establecimiento


10. La aventura

La costumbre imponía al padrino del caballero proporcionar al recién armado el medio de acudir a los torneos durante dos años, con el fin de difundir la fama de la casa, cuyos colores llevaba pintados en su escudo y bordados en su cota de armas. De ese modo, los jóvenes caballeros erraban como los héroes de las novelas, de región en región, en busca de gloria, riqueza y lances amorosos.

Cabe apuntar, en primer lugar, que un señor solía armar varios caballeros en una misma ceremonia, de forma que éstos formaban una suerte de compañía, criados desde la infancia en el mismo castillo y unidos en torno al joven de más rango -a quien prestaban vasallaje a cambio de armas, dinero y liderazgo-. En segundo lugar, puesto que la juventud - tal y como aparece en las fuentes- se caracteriza por la impaciencia, la turbulencia y la inestabilidad, los padres y padrinos solían encomendar a sus hijos a un caballero de más experiencia -con frecuencia, un familiar cercano-, que se encargaba de aconsejarles, de contenerles, de finalizar su educación y de conducir su itinerario hacia los torneos más provechosos. En efecto, el vagabundeo era un complemento necesario de la formación del joven.

La alegría reinaba en estos grupos: el jefe gastaba sin límites, amaba el lujo, el juego, los caballos y los perros. Cortejaba a las damas sin pudor, contrataba prostitutas y, en general, brindaba a sus camaradas todos los placeres que estaban en su mano; las costumbres eran muy libres. Pero, sin duda, la principal diversión de estos grupos eran los torneos, donde se batían con el afán de obtener premios, riquezas y honores. Igualmente, estaban siempre dispuestos para la guerra: atizaban los focos de turbulencia en las regiones fronterizas y proveían de los mejores contingentes a las expediciones lejanas, como las Cruzadas. Estos jóvenes, a su vez, se distraían en los banquetes, los bailes y el cortejo de las damas y las doncellas; ellos eran los principales consumidores de la nueva literatura amorosa, donde un joven servidor brindaba su amor a una dama ya casada (Kleinschmidt, 2009). Como forma de promoción social, muchos esperaban encontrar una esposa entre las grandes familias aristocráticas, y no era infrecuente que muchas quedaran viudas a causa de los lances de la guerra. La juventud aristocrática de la Francia del siglo XII es, como dice un reputado historiador, "una jauría que las casas señoriales dejan en libertad para aliviar el exceso de poder expansivo, a la conquista de la gloria, de la riqueza y de las presas femeninas" (Duby, 1977). Su conducta se explica no sólo por una cuestión hormonal o militar, sino esencialmente por tres motivos complementarios. En primer lugar, el vagabundeo constituye una buena forma de reducir la tensión entre los primogénitos y sus padres, todavía relativamente jóvenes, al tiempo que mantiene ocupados a los hijos segundones que no se han podido colocar en el sacerdocio. El hecho de que la mayor parte de los jóvenes permaneciese en situación de peligro y celibato redujo notablemente los riesgos de desmembramiento de las herencias. En segundo lugar, la vida errante tenía como objetivo lograr un matrimonio ventajoso, tanto si éste era obtenido por los padres mediante su negociación con otras familias, como si era ganado por el joven mediante el cortejo de alguna docella o de una viuda. En este sentido, el tercer factor está muy vinculado con el segundo: adquirir prestigio y reputación era vital para maximizar las oportunidades de matrimonio, aunque también para garantizar las alianzas y los pactos de vasallaje durante la vida adulta (Duby, 1977).

9. La madurez

Una vez casado, el caballero medieval iniciaba la vida propiamente adulta: tomaba posesión de un castillo -cedido por su padre o por la familia de su esposa- y se convertía en jefe de familia. Adquiría derechos de bando sobre los campesinos a su servicio, cuidaba su red de alianzas y se preocupaba por el bien de su alma, construyendo capillas o realizando grandes donaciones a la Iglesia. Se esperaba que fuera pródigo con sus bienes, que repartía con generosidad entre sirvientes y vasallos, y hospitalario con los huéspedes, a quienes colmaba de honores. Todo gentilhombre tenía el deber moral de acoger a individuos de su mismo status. Por este motivo, estaba siempre endeudado con otros caballeros o con los burgueses de la ciudad (Duby, 1995).

10. Conclusiones

En cualquier caso, su comportamiento, esencialmente violento y oportunista, responde a una sociedad donde la presión sobre los recursos y la guerra son una constante; donde el prestigio, obtenido a través de la valentía y de la generosidad, se convierte en un activo vital para mantener y expandir las alianzas. Todos estos elementos, presentes en sociedades tan dispares como la Grecia homérica, la Galia céltica o la costa noroeste de América (Johnson y Earle, 2003), tomaron sus rasgos distintivos en esta época gracias al cristianismo.

C'est fini.

sábado, 25 de junio de 2011

El caballero medieval (IV): la ceremonia y los inicios de la juventud


Entre la nobleza medieval, la juventud como etapa de la vida separada de la niñez comenzaba el mismo día de recibir las armas; a partir de entonces, el joven era ya un caballero preparado para los torneos, la guerra y la aventura, que se prolongarían durante largos años hasta su definitivo establecimiento, cuando tomase esposa y residencia. Así, vemos a Guillermo el Mariscal casarse en 1189, cuando tenía cerca de cuarenta y cinco años, o a Arnauld de Ardres, que permaneció "joven" durante trece años, tomando esposa con algo más de treinta (Duby, 1977). En cualquier caso, la ceremonia de caballería marcaba el inicio de esta larga etapa de la vida.

7. La ceremonia de caballería

Después de un largo aprendizaje físico e intelectual, el paje debía ser armado caballero. Su señor corría con todos los gastos de la ceremonia: proporcionaba el caballo destrero, las espuelas, la espada, la capa y todas las viandas y divertimentos necesarios para celebrar la fiesta. A cambio, esperaba obtener la fidelidad vitalicia del joven (Duby, 1995). De ese modo, los grandes señores trataban de educar y armar a la mayor parte de caballeros posibles; con ello señalizaban su poder frente a posibles rivales al tiempo que renovaban los vínculos de vasallaje con la familia de los jóvenes.

Un poema francés del siglo XIII, el Ordene de Chevalerie, describe con todo detalle los pormenores de la ceremonia, que preferentemente tenía lugar el día de Pentecostés. El día antes, el caballero tomaba un baño para limpiar sus pecados, y conciliaba el sueño en un buen lecho, símbolo del bienestar de que gozaría en el paraíso si lograba ganárse con sus actos. Al día siguiente, en un gran salón del castillo y frente a los huéspedes de la corte, el señor entregaba al joven un cinturón blanco, unas espuelas de oro y, sobre todo, la espada, símbolo de justicia y lealtad. A continuación, le vestía con una túnica blanca, una capa púrpura y unas calzas marrones, para propinarle finalmente ung olpe en el cuello o los hombros; aquel gesto verificaba la madurez del joven y, quizá, transmitía algún poder mágico del señor a su escudero. Por último, el director de ceremonias recordaba al nuevo caballero cuatro máximas que siempre debía tener presentes: nunca consentir la traición ni el falso juramento; honrar a todas las damas y socorrerlas en caso de necesidad; asistir a misa todos los días si era posible; y ayunar los viernes en memoria de los sufrimientos de cristo (Cairns, 2003). Este último gesto mostraba la tendencia hacia la sacralización de los ritos de la caballería, en un principio estrictamente paganos; y, en efecto, en algunas regiones los sacerdotes reclamaban su derecho a dirigir las ceremonias.

En ocasiones, el nuevo caballero mostraba su habilidad ante el público derribando de una sola lanzada unos maniquíes llamados "estafermos". Tras esto, se celebraba un banquete que podía durar varios días, donde el nuevo caballero hacía muestras ostensibles de generosidad: regalaba todo tipo de bienes a sus invitados y entregaba abundantes monedas de plata a trovadores, menestrales, juglares y bufones para que cantaran sus hazañas por toda la comarca (Duby, 1995).

lunes, 20 de junio de 2011

La guerra marcha al ritmo de las estaciones


Buena descripción de Braudel para el caso mediterráneo, en el siglo XVI (1966, pp. 321, 322):
Es raro que una cosecha salga bien de todos los peligros que sucesivamente la amenazan. Los rendimientos son, pues, por término medio, muy pobres, y a la vista de la reducida superficie de los sembrados, el Mediterráneo está siempre al borde del hambre. Basta conque se produzcan unos cuantos cambios bruscos de temperatura o falte la lluvia, para poner en peligro la vida del hombre. Todo cambia entonces: hasta la política. Si se contaba con una cosecha abundante de cebada en los confines de Hungría, podía tenerse la seguridad de que el gran señor no se empeñaría en una guerra activa, pues no tendría con qué cebar los caballos de sus spahis. Si, al mismo tiempo, faltaba el trigo -lo que no era nada raro en los tres o cuatro graneros del mar-, cualesquiera que fuesen los planes belicosos concebidos durante el invierno o la primavera, la gran guerra de las escuadras se paralizaría por fuerza en la época de las cosechas, que era también la de las calmas marítimas y la de las operaciones navales. Pero, al mismo tiempo, se recrudecían el bandidaje en el campo y la piratería en el mar.
La Historia de la Guerra del Peloponeso, de Tucídides, es un buen ejemplo de lo mismo, dos mil años antes: durante los casi treinta años de guerra, con pocas excepciones, las falanges de hoplitas o las escuadras de trirremes partían a inicios de verano y se retiraban en otoño. Entonces, la carencia de víveres, los vientos que agitaban el mar o las heladas aconsejaban evitar las expediciones lejanas. Y esto ha sido así hasta casi la Segunda Guerra Mundial.

domingo, 19 de junio de 2011

El caballero medieval (III): la familia y la primera educación


5. La familia

En general, la familia aristocrática reproducía la estructura de la familia campesina a un nivel superior, si bien los vínculos de linaje eran más fuertes. Dado que la mortalidad infantil era muy alta, las familias tendían a engendrar muchos hijos: sabemos que Arnoul de Ardres tuvo cuatro hermanas y cinco hermanos, y éste no era un caso infrecuente (Duby, 1995). Hasta los seis o siete años, hermanos y hermanas vivían -y vestían- de una forma similar, ocupados en juegos de diverso tipo, desde los aros y las muñecas hasta el micado. No obstante, lo más probable es que pasaran el tiempo al aire libre, quizá "chapoteando en un estanque al pie de la muralla", como nos cuenta el padre Lambert (Ibídem).

A partir de los seis o siete años, las niñas eran separadas de los niños; entonces pasarían la mayor parte del tiempo en el patio o en la cámara, junto a la dama del castillo. Ésta era la madre de familia: engendraba a los herederos del señor, cuidaba de los vástagos, guardaba los adornos, las ropas y las reservas de comida. Toda la población femenina estaba en su poder, y contaba con un grupo de criadas escogidas entre las jóvenes campesinas del distrito, a quienes trataba a golpe de vara. Con ayuda de éstas y de las mujeres de la familia, dedicaba la mayor parte de su tiempo al trabajo de la lana, el lino y el cáñamo; el gineceo del castillo era un pequeño taller de hilado y de tejido donde se confeccionaba la mayor parte de vestidos de uso doméstico. Allí era donde las jóvenes de la familia aprendían el arte de la confección, que más tarde ocuparía casi toda su vida conyugal.

Los varones dejaban la casa mucho antes que sus hermanas; con seis o siete años se apartaban de su madre y de las nodrizas para iniciar su propio camino, lejos del hogar familiar. Muchos de ellos eran enviados a abadías y catedrales, cuyas escuelas los preparaban para el oficio de monje o sacerdote. Otros, en especial el primogénito, eran enviados a vivir en casa de un pariente -con frecuencia, el tío materno- o de un señor para instruirse en el oficio de caballero (Ibídem).

6. La educación y las virtudes caballerescas

Los jóvenes que ingresaban en una escuela catedralicia o abacial recibían rudimentos de escritura y gramática latina, y aprendían a servirse de las Sagradas Escrituras y los libros litúrgicos. En cambio, la mayor parte de los caballeros de finales del siglo XII eran analfabetos; tales actividades no formaban parte de su educación. Por el contrario, se les enseñaba a hablar en público: la elocuencia y el don de la palabra eran muy apreciados entre los caballeros, que debían mostrar su agilidad e inteligencia en las asambleas, las cortes y los tribunales de justicia (Ibídem).

Los jóvenes podían ser encomendados al tío materno, que se encargaba de su instrucción, pero muy frecuentemente pasaban al servicio del señor de su padre; de ese modo, el pacto de vasallaje se renovaba de una generación a otra. El niño, por tanto, entraba en una casa mucho mayor que aquella en la que había nacido, pasando a formar parte de una familia mucho más numerosa y rica. Comería durante una docena de años en la mesa del patrón; al principio en un extremo, pero cada vez más cerca conforme avanzara en su instrucción. A veces incluso dormiría a los pies de su cama. Su madre, ya lejana, sería reemplazada por la dama del castillo, a quien se esforzaría en complacer.

Para avanzar en su camino hacia la caballería debía, ante todo, fortalecer su cuerpo mediante el ejercicio físico. Desde el momento de su llegada se le ponía en contacto con los caballos; se le enseñaba a darles de comer, a cuidarlos, a ajustar y reparar sus arreos y, desde luego, a montarlos. También se le enseñaba el uso de la espada y, sobre todo, de la lanza, con la que debía herir o desmontar a los jinetes rivales; era el arma del caballero por excelencia.

A través de las cacerías, como auxiliar del señor y de sus caballeros, el joven tomaba contacto con el bosque y las bestias salvajes, al tiempo que se acostumbraba a rigores similares a los que habría de soportar en la milicia. Para abatir a las fieras usaba inicialmente el arco, arma reservada a los plebeyos; más adelante se le dejaría emplear la espada y la lanza. En cualquier caso, la caza era una de las ocupaciones habituales de la nobleza, que la practicaba por su valor como ejercicio físico, por el sabor de la carne salvaje y como entretenimiento en los períodos de paz (Ibídem).

En la corte de su señor, el joven debía comportarse de forma decorosa, dar consejos juiciosos, hablar con soltura de asuntos serios y ser amable con los caballeros y damas del castillo. Por este motivo debía cultivar su intelecto y su corazón. El patrón ejercía de maestro, ayudado por la dama y los sacerdotes de la casa, que trataban de inculcarle el ideal del Miles Christi; el caballero que combate en defensa de la Iglesia y de los débiles. Para el capellán Esteban de Fougères, que escribe a finales del siglo XII, la caballería se distingue ante todo por su código moral, que consiste en tres valores fundamentales: la valentía, la lealtad y la sumisión a la Iglesia. Roberto de Blois, a mediados del siglo XIII, considera que los nobles deben ser corteses, practicar las virtudes cristianas y ser solidarios. A su vez, los caballeros valoran los actos de largueza y generosidad: se trata de una moral de clase que tiende a convertir la aristocracia en un cuerpo homogéneo, reconocible por sus códigos de conducta (Duby, 1977).

El señor, que coleccionaba valiosos libros, hace leer su relato ante los jóvenes de la casa, que escuchan atentos las historias acerca de los emperadores romanos, el rey Arturo, Roldán o los cruzados de Tierra Santa. A su vez, los escuderos, guiados por la dama de la casa, se afanan en aprender a cantar y bailar con gracia para ganar el favor de las doncellas. Con ocasión de los grandes banquetes, el señor de la casa acoge a varios juglares, que recitan poemas, bailan y tocan instrumentos; es entonces cuando deben mostrar sus virtudes ante los habitantes del castillo y sus invitados (Duby, 1995).

sábado, 18 de junio de 2011

El caballero medieval (II): el castillo, el señor y los vasallos


Tradicionalmente, el término miles -o, menos frecuentemente, cavallarius- designaba a una clase de guerreros montados al servicio de algún nobilis -o dominus-, en situación de dependencia personal y semilibertad. No obstante, y por diversas circunstancias, a inicios del siglo XII estas diferencias tendieron a desaparecer; los señores adoptaron los ritos y costumbres de la caballería, y ésta terminó convirtiéndose en el rasgo distintivo de ambos niveles de la aristocracia frente a los campesinos (Duby, 1977). Sólo ellos tenían el privilegio de llevar armas y combatir, y estaban normalmente exentos de tributos (Le Goff et al., 1990). Así, nuestro relato empieza en el castillo de alguno de estos aristócratas.

3. El castillo y el hogar

A finales del siglo XII, los castillos eran construcciones muy modestas de tierra y madera, compuestas de una serie de empalizadas, fosos y estacas exteriores que tenían como finalidad impedir el asalto de los jinetes. Comparadas con las fortificaciones de la Alta Edad Media, sus dimensiones eran reducidas y su altura considerable (Bartlett, 2003): en el centro del recinto, sobre un montículo artificial y una nueva línea de fosos, se ubicaba la torre del homenaje, una suerte de torre cuadrada, larga y estrecha. No era raro que los castillos se construyesen en tres o cuatro días, pues bastaba una cuadrilla de trescientos o cuatrocientos campesinos para completar el trabajo. Por este motivo, eran muy frágiles: en cuanto caían a manos del enemigo eran destruidos inmediatamente por el fuego (Duby, 1995). Así, los señores más poderosos trataban de construir sus fortificaciones con materiales más resistentes como la piedra, pero su uso era todavía muy escaso en el siglo XII.

Se ha calculado que por esta época había en Inglaterra hasta 500 castillos construidos, lo que supone una media de un castillo cada 16 kilómetros. El norte de Francia arroja datos similares; se trata de una auténtica militarización de la sociedad (Bartlett, 2003).

La mayoría de torres de homenaje eran construcciones de tres pisos: la planta baja consistía en una habitación oscura para almacenar provisiones y encerrar a los prisioneros; la planta superior servía de puesto de vigilancia; y, entre ambos, la planta intermedia consistía en un salón principal, con diversos usos (Duby, 1995). Sin embargo, éste no era el lugar de habitación habitual: estaba pensado como último refugio ante situaciones de peligro y, en el plano ideológico, servía para señalizar la apropiación señorial de las tierras circundantes. El hogar se encontraba anexo al castillo, pero en el patio, junto a las cuadras, graneros, talleres y chozas de los sirvientes. Era un edificio de madera, muy sencillo, formado por dos habitaciones separadas por un tabique o una cortina: a un lado de la misma se encontraba el salón, donde residía el señor, celebraba banquetes e impartía justicia; al otro lado, el dormitorio, que era íntimo. Muy cerca existía una pequeña estancia para las sirvientas y, más allá, una habitación donde dormían juntos los niños de la casa -hermanos y hermanas-, además de una estancia calentada por el fuego donde las nodrizas cuidaban de los recién nacidos. Por último, en las plantas superiores se encontraban los puestos de vigía y las habitaciones de las hermanas mayores, a quienes se encerraba por la noche. Un corredor llegaba hasta la capilla, donde el capellán de la familia celebraba misa los domingos (Duby, 1995).

Cerca del hogar se encontraba una construcción destinada a la preparación de comidas, con criadero de aves, saladeros para conservar los alimentos y fuegos para asar la carne y cocer los caldos (Ibídem).

4. El señor y los vasallos

Dentro del castillo vivían permanentemente varias decenas de personas, incluyendo la familia conyugal del señor, algunos parientes, caballeros leales y criados. El castellano tenía derecho de bando sobre una serie de aldeas circundantes; es decir, podía dirigir, juzgar y gravar a los "villanos" -y comerciantes- que habitaban en -o transitaban por- ellas, que además le debían rentas y prestaciones gratuitas a cambio de sus servicios de justicia y seguridad. Para ayudarle en esta tarea, el señor contaba con un pequeño grupo de caballeros que residían y comían en su hogar; generalmente se trataba de parientes cercanos -hermanos menores, primos, etc.-, camaradas de infancia o caballeros de los alrededores que le habían sido confiados por sus padres. Éstos formaban la mesnada feudal en caso de expediciones militares y tomaban asiento en su salón a la hora de impartir justicia.

Otros caballeros del distrito, que habían rendido homenaje al señor del castillo a cambio de un feudo con el que mantenerse, acudían periódicamente a las guardias de la fortaleza y se reunían en torno a la bandera del señor frente a los enemigos externos. Aunque se consideraban a sí mismos como iguales, eran en realidad vasallos del castellano. Su señor también estaba comprometido en relaciones de vasallaje con hombres más poderosos que él: así, Badouin de Ardres rendía homenaje al conde de Guines, que a su vez lo hacía del conde de Flandes y éste, finalmente, del rey de Francia. De ese modo, una densa red de homenajes permitía movilizar una cantidad importante de recursos militares en caso de emergencia. Sin embargo, como en ocasiones se rendía homenaje a distintos señores a la vez, los castellanos locales podían apoyar a unos contra otros intermitentemente para conservar su independencia (Ibídem).

viernes, 17 de junio de 2011

El caballero medieval (I): estructuras plenomedievales


Este fragmento forma parte de un trabajo que hice para clase sobre el caballero medieval este cuatrimestre. Confieso que, una vez terminado, las declaraciones de la introducción suenan un poco ambiciosas; por cuestiones de tiempo no he podido extenderme todo lo que quisiera en algunos puntos. Pero aun así creo que es una síntesis aceptable sobre el tema, que cumple con el propósito que me marqué: analizar el caballero medieval priorizando los aspectos materiales y etic (conductuales) sobre los aspectos espirituales y emic (mentales), desprendiéndome de la mística y la aureola romántica que rodea a estos hombres del pasado. Creo que el apartado sobre las 'estructuras' es uno de los más cuidados; precisamente porque la vida del caballero medieval responde, como cualquier acontecimiento de tiempo corto, a estructuras de largo alcance que conviene explicar.

1. Introducción

Para los románticos, la figura del caballero medieval encarna una época donde los valores espirituales pesaban más que la riqueza material; donde el honor, la generosidad y el arrojo eran atributos más valiosos que la razón. Otros vinculan el caballero medieval al ideal cristiano, pues se nos aparece siempre dispuesto a blandir su espada en defensa de los débiles y de la Iglesia. Sin duda, estas ideas tienen su fundamento real, pero transmiten una imagen sesgada de la historia. A través de su vida cotidiana, en este trabajo veremos que el comportamiento del caballero medieval, lejos de ser irracional, adquiere sentido como adaptación a un determinado contexto ecológico, demográfico y tecnológico. En la misma línea, veremos que detrás del significado religioso atribuido a cada aspecto de la vida caballeresca subyacen conductas anteriores al cristianismo, similares a las observadas en otras sociedades de jefatura.

Con esta intención, dividiremos el trabajo en dos partes. En primer lugar, y a modo de introducción, una parte dedicada a las estructuras, donde se exponen los aspectos económicos, políticos y culturales relevantes para entender el comportamiento de un caballero medieval. En segundo lugar, la vida cotidiana del caballero propiamente dicha, tal y como se manifiesta en el norte de Francia entre los siglos XII y XIII. La mayor parte de las referencias corresponden al área comprendida entre el Loira y el Mosa, pero son aplicables, con más cautela, a los caballeros de Alemania occidental, Inglaterra y los reinos cristianos de la Península ibérica.

2. Las estructuras

Por encima de todo, la agricultura es "la industria más importante". Ésta se basaba en el cultivo de cereales y leguminosas y, de forma incipiente, en el cultivo de plantas especializadas como la vid y el lino. En el área franco-flamenca del siglo XIII, el crecimiento -y la concentración- de población había incentivado la desecación de marismas y la construcción de diques, pero con más frecuencia los incrementos en la producción agrícola tomaban la forma de nuevas colonizaciones de tierra o mayores inversiones de trabajo en las ya existentes. Las técnicas, que permanecieron relativamente estables en este período, descansaban en el uso de arados de madera -escasamente de metal, pero con un añadido importante: la reja de vertedera- tirados por bueyes, que removían poco la tierra y agotaban pronto su fertilidad. Por este motivo, se practicaba la rotación bienal y, escasamente, trienal, dejando gran parte del suelo sin cultivar. Apenas se empleaban abonos de origen animal (Duby, 1977).

Las tasas de natalidad y nupcialidad eran altas, pero rebasaban a duras penas las también altas tasas de mortalidad, especialmente infantil. Dado que los métodos anticonceptivos eran pocos e ineficaces, el modo más común de controlar la población era el infanticidio, sobre todo femenino. Así, en Inglaterra, la tasa de masculinidad entre los jóvenes alcanzó una proporción de 130: 100 entre los años 1250 y 1358. "Como en la tradición judeocristiana (el infanticidio) se consideraba homicidio, los padres hacían todos los esfuerzos posibles para que la muerte de los hijos no deseados pareciera puramente accidental" (Harris, 1977). Probablemente, la preferencia por los varones deba atribuirse al empleo de arados, que requieren de notable fuerza física para remover convenientemente la tierra. Esto otorgaría considerable ventaja a las familias capaces de proveerse de individuos fuertes; y dado el dimorfismo sexual, la forma más rápida de hacerlo consistía en seleccionar a los varones sobre las féminas.

La estructura familiar habitual era la familia conyugal, formada por el padre, la madre y los hijos. En el interior del hogar las tareas se dividían en función del sexo: los hombres adultos se encargaban de la asgricultura, el pastoreo, la guerra y las actividades comerciales, mientras que las mujeres se encargaban del cuidado de los animales domésticos, de la elaboración de prendas para uso doméstico, la lavandería, la preparación de alimentos y la crianza de los hijos (Morgan, 2000). El marido ejercía de cabeza de familia, y la ascendencia era patrilineal.

Habitualmente, cada familia campesina cultivaba un mansus, parcela suficiente para su sostenimiento de unas 13 hectáreas de extensión por término medio (Bloch, 1931), que estaba gravada con faenas gratuitas y prestaciones a beneficio del señor (Pirenne, 1986). Dado que se se calcula que un caballero del siglo XII no podía estar correctamente equipado a menos que explotase 150 hectáreas de terreno (Fossier, 2000), cada señorío debía contar con, al menos, 11,54 familias campesinas. Por encima de la familia conyugal existía el grupo de vecinos -en ocasiones fuertemente emparentados- y el linaje. Ambos garantizaban la reciprocidad entre individuos, distribuyendo así los riesgos de invalidez, enfermedades del ganado y malas cosechas, al tiempo que proporcionaban una base para organizar la rotación de cultivos y las transacciones comunes (Pirenne, 1986; Genicot, 1970).

La nobleza hereditaria y los caballeros -dos grupos que por esta época ya tendían a confundirse- conservaron más estrechamente su estructura de linaje con el fin de mantener el control sobre la tierra, evitar los repartos de herencia desastrosos y cooperar militarmente frente a las amenazas -o las oportunidades- externas. No obstante, la forma de articulación típica era el contrato de vasallaje, que implicaba obligaciones mutuas de lealtad y protección entre señores y vasallos con fines esencialmente militares (Kleinschmidt, 2009). Junto con la difusión del estribo, el crecimiento demográfico, la presión sobre los recursos y el creciente valor económico de la tierra incentivaron la aparición de una casta guerrera dedicada a proteger a -y aprovecharse de- los productores directos, que adquirió privilegios militares, judiciales y fiscales. En ese sentido, los valores y la vida cotidiana del caballero franco entre los siglos XII y XIII no son más que una manifestación de esa estructura, aparentemente inmóvil para sus contemporáneos.

Por otro lado, el norte de Francia y Flandes son, por esta época, áreas nucleares: su densidad de población es relativamente alta y cuentan con ciudades industriosas. Algo más de un siglo antes, los caballeros de esta región había extendido el hábito de los torneos (Duby, 1995), y ahora florecían en ese mismo lugar la arquitectura gótica, el escolasticismo y la novela artúrica, "impregnando con su aroma distintivo la civilización del siglo XIII" (Bartlett, 2003). Tal es el contexto donde vive nuestro caballero.

miércoles, 15 de junio de 2011

Datos sobre el comercio marítimo: la Antigüedad romana frente a la Edad Moderna


Puesto que la mayor parte del comercio preindustrial se realizaba por mar, el tonelaje de los barcos es un buen indicador del tráfico comercial.

En el siglo II d. C., Luciano de Samosata nos habla de un barco de 1800 toneladas, llamado Isis, que transportaba grano desde Egipto hasta Roma; sin duda se trata de un contratista del Estado encargado de suministrar la anona a la plebe urbana, pero da buena cuenta del nivel de actividad de la época.

En contraste, los galeones españoles que hacían la Carrera de Indias durante el siglo XVI tenían un tonelaje que oscilaba entre 200 y 400 toneladas, si bien el límite máximo estaba fijado por ley, dado que los navíos de mayor tonelaje tenían dificultades para atravesar la barra de Sanlúcar, en el Guadalquivir, poco antes de llegar a Sevilla. En esta época, "un navío de 1000 toneladas era un extraño gigante", nos dice Braudel; probablemente también lo era la Isis de época romana. Pero sabemos que existían: navíos portugueses que ponían rumbo hacia África o la India, genoveses que hacían el camino de Brujas o venecianos que acudían al Levante Sirio-Palestino en busca de especias.

No obstante, la norma en el Mediterráneo hasta época reciente han sido los navíos pequeños, de 100, 50 o menos toneladas.

lunes, 6 de junio de 2011

Similitudes entre los bunyoro y el Egipto antiguo


Vía Marvin Harris llego a una descripción del Estado bunyoro, una civilización precolonial ubicada en la zona lacustre de la actual Uganda que presenta paralelismos interesantes con el Antiguo Egipto. Si la clave de éste último era la "trampa hidráulica" (el contraste ecológico entre el valle del Nilo y los desiertos circundantes), el área de los bunyoro cuenta con zonas lacustres y fluviales frente a grandes extensiones de sabana, aunque el contraste ecológico y la fertilidad de las tierras son menores.

Para el Egipto del Imperio Nuevo (siglos XVI-XI a. C.), Baer plantea una densidad media de población de 184 personas por kilómetro cuadrado -oscilando entre 75 y 500 personas según la zona-, mientras que Beattie calcula para la zona bunyoro en el siglo XIX una densidad de población de 12,5 personas por kilómetro cuadrado. A pesar de las diferencias, explicables en gran parte como consecuencia de la extraordinaria fertilidad del valle del Nilo, sus similitudes ecológicas condujeron a una organización política y económica similar (la negrita es mía):
Dirigidos por un gobernante hereditario llamado mukama, los bunyoro totalizaban aproximadamente 100.000 habitantes, ocupaban una zona de 5000 millas cuadradas de esa parte de la región lacustre central del este de África que hoy se conoce como Uganda y se ganaban la vida, principalmente, cultivando mijo y plátanos. Los bunyoro estaban organizados en una sociedad feudal y, sin embargo, auténticamente estatal. El mukama no era un simple jefe redistribuidor sino un rey. El privilegio de utilizar todas las tierras y los recursos naturales era una concesión otorgada por el mukama a alrededor de una docena de jefes, que después traspasaban la concesión a los plebeyos. A cambio de esta concesión, cantidades de alimentos, artesanía y servicios laborales se encaminaban a través de la jerarquía de poder hasta el cuartel general del mukama. A su vez, el mukama dirigía la utilización de esos bienes y servicios en nombre de las empresas estatales. (...).

Mediante su control sobre los almacenes centrales de cereales mantenía una guardia palaciega permanente y colmaba de recompensas a los guerreros que mostraban su valentía en el combate y lealtad a su persona. El mukama también dedicaba una proporción considerable de su tesoro a lo que hoy llamaríamos "la creación de imagen" y las relaciones públicas. Se rodeaba de numerosos funcionarios, sacerdotes, hechiceros y servidores tales consagrados a la custodia de las lanzas, de las tumbas reales (...). También estaban presentes el amplio harén del mukama, sus numerosos hijos y las familias políginas de sus hermanos y otros personajes reales.
La clave del paralelo está en la existencia de una economía palatina basada en el almacenamiento centralizado y a gran escala, imprescindible para distribuir el riesgo de malas cosechas y sostener a una casta de funcionarios, militares y artesanos; en la delegación del gobierno provincial a los jefes locales, encargados de cobrar tributo (recuerdan a los nomarcas y sumos sacerdotes egipcios) y en la relativa sacralización del poder (el monarca se atribuye poderes sobre la naturaleza y se le rinde culto tras su muerte). El papel político del harén real también es una similitud interesante.

Y hasta aquí puedo leer. Me reservo para otro capítulo explicar el por qué de esta "economía palatina" en casi todos los Estados prístinos, desde el Próximo Oriente hasta Sudamérica.

lunes, 16 de mayo de 2011

Apuntes sobre la explotación agraria en la Grecia clásica


Todavía no lo he leído, pero The Other Greeks: The Family Farm and the Agrarian Roots of Western Civilization promete. Aunque no me gusta demasiado el tono presentista del título (supongo que cosas de la editorial), parece que trata explícitamente la conexión entre la pequeña explotación agraria y las instituciones griegas (la negrita es mía):
Victor Hanson shows that the real Greek revolution was not merely the rise of a free and democratic urban culture, but rather the historic innovation of the independent family farm. The farmers, vinegrowers and herdsmen of ancient Greece are the other Greeks, who formed the backbone of Hellenic civilization. It was these tough-minded, practical and fiercely independent agrarians, Hanson contends, who gave Greece culture its distinctive emphasis on private property, constitutional government, contractual agreements, infantry warfare and individual rights.
Para mí todavía es un misterio la transición del modo de producción palatino de época micénica, muy similar a los sistemas del Próximo Oriente, donde las tierras eran propiedad del palacio y/o estaban sometidas a prestaciones de todo tipo (en especie y trabajo), al modo de producción típico de época clásica, donde la tierra era privada, estaba distribuida entre gran parte de la población y sus propietarios disfrutaban de amplios derechos civiles y económicos. Enumerar las etapas que van de un período a otro es fácil; no lo es tanto explicar por qué Grecia se apartó del camino seguido por otras culturas del Mediterráneo oriental, cuando hasta el Bronce reciente era tan similar a ellas.

Intuyo que existe una razón ecológica para la pequeña explotación: puede que no exista ventaja en la construcción y el mantenimiento de infraestructuras hidráulicas dado el régimen de lluvias y la topografía griega, ni sea necesario el almacenamiento a gran escala, dado que el mercado puede movilizar los excedentes de una costa a otra en épocas de escasez. Esto mitigaría la dependencia de los campesinos griegos respecto a las "grandes organizaciones" estatales, dotándoles de mayor libertad que sus homólogos egipcios o mesopotámicos. No obstante, esta explicación (sobre todo en su segundo punto) abre nuevos interrogantes que es necesario responder.

domingo, 24 de abril de 2011

El valor económico de la tierra y las causas de la guerra


Varios apuntes rápidos:

1. La aparición de la guerra como un fenómeno generalizado, distinto de las agresiones puntuales, implica que la tierra ha adquirido valor económico; es decir, que de su posesión depende la satisfacción de alguna necesidad humana. Cuando la población es escasa y la tierra abundante, el valor económico de una unidad de tierra es cero y, por lo tanto, se puede renunciar a ella sin renunciar a necesidad alguna. Por este motivo, las sociedades cazadoras-recolectoras simples tienden a evitar la guerra desplazándose a otros territorios cuando son atacadas, al tiempo que los grupos agresores tienden a ser escasos.

2. Conforme aumenta el valor económico de la tierra aumentan los incentivos para la guerra, puesto que de su posesión depende la satisfacción de necesidades humanas más apremiantes.

3. La guerra aparece cuando los beneficios de explotación de una parcela superan los costes de defender tal parcela de agresiones externas; es decir, cuando la resistencia es más económica que la migración. En otros términos, podríamos decir que la guerra aparece cuando la intensificación económica o la explotación de recursos altamente productivos ha llegado a tal punto que su producción total, menos los costes de defensa, es superior a la producción total de cualquiera de las tierras alternativas. Por ejemplo, si los beneficios de explotación de un valle, descontado el coste de construir murallas, terraplenes y armas (además del tiempo empleado en la guerra), son superiores a los beneficios que podrían obtenerse de la explotación en las estepas y montañas circundantes, es previsible que los habitantes de tal valle tiendan a fijarse al territorio e invertir en su defensa frente a los habitantes de las estepas. Si los costes de defensa merman los beneficios de explotación del territorio por debajo de los beneficios que se obtendrían en los territorios circundantes (algo muy probable donde la densidad demográfica es muy baja), la estrategia más probable es la migración a tales áreas.

Cabe distingur esta explicación del clásico argumento basado en la presión sobre los recursos. En ocasiones, un aumento en el valor económico de la tierra no implica que de su posesión dependa la supervivencia de la comunidad (aunque con frecuencia ambas situaciones aparezcan asociadas); sólo significa que su posesión otorga alguna ventaja a su poseedor que no podría obtener de otro modo. Esto bastaría para despejar la confusión acerca de los orígenes de la guerra donde, aparentemente, no existía presión sobre los recursos en sentido estricto, como el Egipto predinástico (IV milenio a. C.) [1].

Dado que existe una estrecha correlación entre la densidad demográfica y el tamaño de las unidades políticas (aunque existen notables excepciones que deben ser explicadas, como los estados comerciales), podemos intuir que el aumento en el valor económico de la tierra es una de las principales causas de la guerra. No es casual que las primeras evidencias arqueológicas generalizadas de agresión entre humanos daten del Mesolítico.

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[1]: Todavía este caso es discutible, puesto que sí se ha correlacionado el aumento de la conflictividad con una disminución de las áreas de explotación debido a cambios climáticos.

sábado, 16 de abril de 2011

El caballero franco visto por los árabes


"Mi señor, soy caballero a la manera de mi raza y mi familia." - Osama Ibn Munqidh.

En un librito de Trebor Cains sobre los caballeros medievales me encuentro un texto de Ibn Munqidh (1095-1198), un sirio que vivió el apogeo de los reinos cruzados de Tierra Santa, a mediados del siglo XII. En su relato transmite lo que probablemente era la perspectiva común de los árabes sobre los invasores francos -es decir, cristianos de Occidente-. Pego algunos fragmentos:
Los francos (¡Alá los maldiga!) no tienen ninguna virtud, excepto la valentía. Sólo los caballeros tienen cierta importancia y superioridad entre ellos. En realidad, ellos son los únicos que cuentan. También están considerados como los árbitros de los consejos, los juicios y las decisiones. (...). Así, una vez que los caballeros han anunciado su decisión, ni el rey ni cualquier otro jefe de los francos puede alterarla o suavizarla, tal es la importancia de los caballeros a sus ojos (...).

¡Alabado sea Alá, creador y autor de todas las cosas! Pues quien conoce a los francos y todo lo que a ellos se refiere no puede menos que glorificar y santificar a Alá el Todopoderoso; pues no son más que animales, superiores en su valentía y en su dedicación a la lucha, pero en nada más, igual que las bestias son superiores en fuerza y agresividad.
Su perspectiva recuerda a la de Heródoto, cuando habla del "loco heroísmo" de los cántabros y, en general, a la de muchos otros relatos de griegos y romanos que describen a los pueblos bárbaros de la periferia mediterránea (celtas, germanos, escitas, etc.); egipcios y mesopotámicos repiten tópicos similares acerca de los libios, semitas y montañeses de los Zagros. Las civilizaciones urbanas, comerciales y con una densidad demográfica elevada tienden a considerar el comportamiento de sus vecinos en términos étnicos ("no son más que animales"), tomando como biológico lo que es puramente cultural, derivado de unas condiciones ecológicas, demográficas y tecnológicas determinadas. En cualquier caso, es interesante notar que, desprovisto de su estética impresionante, el caballero medieval occidental se nos presenta mucho menos brillante de lo que nos transmite la cultura popular europea.

Por otro lado, es destacable la observación de Munqidh acerca del contrapeso de poderes entre el rey y los caballeros, pues esta peculiaridad terminaría dotando al Occidente europeo de instituciones más estables y derechos de propiedad más seguros; condiciones sine qua non del desarrollo económico a largo plazo. En los estados islámicos, las penas y los códigos nos aparecen como más civilizados, pero la ausencia de contrapesos hizo su aplicación mucho más arbitraria: los magistrados urbanos (en especial el qadí, encargado de la justicia) eran designados por el Estado central, las ciudades y los estamentos carecían de representación política, etc.

martes, 5 de abril de 2011

El banquete en cuatro sociedades de jefatura


Cuando tenga más tiempo ampliaré el post, pero provisionalmente me gustaría señalar las similitudes entre los banquetes practicados por cuatro sociedades distintas: los griegos de la Edad Oscura, los celtas, los caballeros de la cristiandad latina y los indios de la costa noroeste de Norteamérica. Este registro, aunque breve, muestra cómo los elementos superestructurales tienden a convergir cuando la estructura productiva, ecológica y demográfica es similar.


Caso 1: los griegos de la Edad Oscura (siglo VIII a. C.)

Extraído de S. B. Pomeroy et al., La Antigua Grecia: historia política, social y cultural, p. 84:
Por lo general, un jefe recluta a sus seguidores celebrando un gran banquete, en el que demuestra que es un gran caudillo, y con el que estrecha los lazos existentes entre él y sus seguidores. Por ejemplo, Ulises, fingiéndose un caudillo guerrero originario de Creta, cuenta cómo realizó una incursión de saqueo en Egipto. Tras armar nueve naves, dice que reunió a su séquito, "y en mi casa seis días comiendo estuvieron aquellos mis leales amigos (hétairoi): les daba sin duelo mis reses, que a los dioses sirviesen de ofrenda y festín para ellos. Embarcados, al séptimo día levamos de Creta (Odisea, XIV, 247-252).

Caso 2: los celtas de la Segunda Edad de Hierro (s. IV a. C. - VI d. C.)

Extraído de H. Hubert, Los celtas: forjadores de la Europa moderna, p.496:
Los cambios ceremoniales de regalos tienen tal importancia en estas sociedades que llegan a efectuarse por sí mismos, a constituir de por sí ocasiones de fiesta, creando la puja, el desafío, la ostentación y la competencia entre los individuos y los grupos. Hay que imaginarse a estas sociedades reunidas en invierno, y concentrando en este período su liturgia, empleando una buena parte de la mala estación en el intercambio de festines ostentatorios, preparados con anticipación y en un continuo juego de bolsa que siempre va al alza y en el que ganancias y pérdidas se saldan con valores sociales, consideración, rango, posesión de blasones.


Caso 3: los caballeros de la cristiandad latina (siglos XII-XIII d. C.)



Extraído de Georges Duby, El siglo de los caballeros, pp. 128, 129:
El prestigio de un señor se medía por el número de personas que conseguía reunir a su alrededor y alimentar. (...). Cada comida era una ceremonia, la del buen entendimiento entre todos. Uno de los vasallos de Arnoul hacía de maestro de ceremonias. Como en las casas de los mayores príncipes, desempeñaba el oficio de "senescal". Su papel era, al principio, derramar asgua en las manos de los invitados (porque éstos comían con los dedos). Luego, cortar las viandas traídas de las cocinas. Finalmente, repartir los trozos en anchas rebanadas de pan que servían de platos. Los escuderos llenaban de vino unas pocas copas que los comensales se pasaban de mano en mano. A veces, los juglares alegraban el festín. Para que todos se sintieran felices, Arnoul velaba para que se sirviera el pan más blanco, para que no se escatimase la pimienta ni todas las especias olorosas importadas del lejano Oriente. Quería que los platos fuesen sabrosos. Quería que corriese a raudales el vino de la mejor calidad. Y para que las gentes de su casa le sirvieran de buena gana, para que los visitantes recordasen durante mucho tiempo su acogida y difundiesen por todas partes la fama de su largueza, enviaba a comprar a las ferias los hermosos paños que se tejían en las ciudades de Flandes y de Artois, y los ofrecía como regalo a sus amigos con el fin de que la alegría estuviera siempre presente en torno a su persona.

Caso 4: los indios de la costa noroeste de Norteamérica (siglo XIX d. C.)



Extraído de A. W. Johnson y T. Earle, La evolución de las sociedades humanas, p. 222:
Los grandes hombres (jefes) son los promotores de las grandes ceremonias interregionales como el potlatch. Infinidad de sucesos pueden justificar las ceremonias, entre ellos los numerosos eventos del ciclo vital de la familia de un gran hombre: nacimientos, ceremonias de nombramiento, etc. Sin embargo, lo que determina si una ceremonia se celebra o no es el monto de riqueza que un gran hombre ha acumulado. Éste la organizará sólo si tiene una amplia riqueza, puesto que otros grandes hombres no tardarán en ridiculizarlo si su festín no es lo bastante suntuoso. Un objetivo primario es el de hacer público el éxito del grupo y, de este modo, atraer la mano de obra [N: también guerreros] que el gran hombre necesita para explotar los recursos e incrementar la riqueza que tiene a su disposición. (...) son ocasiones para que los grandes hombres compitan por el prestigio, regalando riqueza e incluso destruyéndola. La envidia y la humillación forman parte del festín.

lunes, 4 de abril de 2011

Balance de la Revolución francesa


Vía Ángel Martín Oro llego a The Consequences of Radical Reform: The French Revolution, una interesante estudio que pasa revista a los resultados de la invasión napoleónica en diferentes estados europeos (en especial, de Alemania). Los autores observan cierta correlación entre presencia napoleónica y desarrollo económico a largo plazo (medido a partir de las tasas de urbanización), concluyendo que la invasión tendió a promover instituciones más eficientes en detrimento de los sectores privilegiados. Os pego el abstract:
The French Revolution of 1789 had a momentous impact on neighboring countries. The French Revolutionary armies during the 1790s and later under Napoleon invaded and controlled large parts of Europe. Together with invasion came various radical institutional changes. French invasion removed the legal and economic barriers that had protected the nobility, clergy, guilds, and urban oligarchies and established the principle of equality before the law. The evidence suggests that areas that were occupied by the French and that underwent radical institutional reform experienced more rapid urbanization and economic growth, especially after 1850. There is no evidence of a negative effect of French invasion. Our interpretation is that the Revolution destroyed (the institutional underpinnings of) the power of oligarchies and elites opposed to economic change; combined with the arrival of new economic and industrial opportunities in the second half of the 19th century, this helped pave the way for future economic growth. The evidence does not provide any support for several other views, most notably, that evolved institutions are inherently superior to those 'designed'; that institutions must be 'appropriate' and cannot be 'transplanted'; and that the civil code and other French institutions have adverse economic effects.

jueves, 31 de marzo de 2011

El materialismo cultural de Marvin Harris


Muchos historiadores idealistas podrían objetar sobre la utilidad de enfatizar las "condiciones materiales de existencia", ¿es realmente necesario? ¿No son igualmente válidos otros enfoques? Marvin Harris responde genialmente en Cultural Materialism (1979):
Como todas las bioformas, los seres humanos deben consumir energía para obtener energía (y otros productos para mantener la vida). Y como todas las bioformas, nuestra capacidad de producir niños es mayor que nuestra capacidad de obtener energía para ellos. La prioridad estratégica de la infraestructura se apoya en el hecho de que los seres humanos no pueden cambiar estas leyes. Sólo podemos buscar el equilibrio entre la reproducción y la producción y consumo de energía. (...). En otras palabras, la infraestructura es la principal superficie de contacto entre naturaleza y cultura, el límite a través del cual las restricciones ecológicas, químicas y físicas a las que está sujeta la acción humana se interrelacionan con las principales prácticas socioculturales destinadas a superar o modificar dichas restricciones.
A continuación, añade:
Otorgar prioridad estratégica a la superestructura mental, como defienden los idealistas, es una mala apuesta. A la naturaleza le es indiferente que Dios sea un padre amante o un caníbal sanguinario. Pero a la naturaleza no le da lo mismo que el período de barbecho de un campo cultivado por el método de roza sea de un año o de diez. Sabemos que existen poderosas restricciones en el nivel estructural; de ahí que no nos equivoquemos al apostar que estas limitaciones pasan a los componentes estructurales y superestructurales.
De acuerdo con esto, propone un esquema tripartito que, aunque inspirado en el materialismo histórico, incorpora más variables y supera muchas de sus inconsistencias.

1) Infraestructura

  • Modo de producción: la tecnología y las prácticas empleadas para expandir o limitar la producción de subsistencia básica, dadas las restricciones y oportunidades proporcionadas por una tecnología específica que se interrelaciona con un hábitat específico. Algunos términos clave son "tecnología de subsistencia", "relaciones tecno-ambientales", "ecosistemas" y "modelos de trabajo".
  • Modo de reproducción: la tecnología y las prácticas empleadas para aumentar, limitar y mantener el tamaño de la población. Sus términos clave son "demografía", "pautas de emparejamiento", "fertilidad,", "natalidad", "mortalidad", "anticoncepción", etc.

2) Estructura

  • Economía doméstica: la organización de la reproducción y la producción, intercambio y consumo básicos en campamentos, casas, apartamentos u otros contextos domésticos. Los términos clave son "estructura familiar", "socialización" doméstica, "roles sexuale y de edad", "disciplina, jerarquías y sanciones domésticas", etc.
  • Economía política: la organización de la reproducción, producción, intercambio y consumo dentro y entre familias, pueblos, jefaturas, estados e imperios. Sus términos clave son "organización política", "asociaciones", "corporaciones", "división del trabajo", "sistema tributario", "socialización política", "jerarquías", "clases", "castas", "control político-militar", "guerra", etc.

3) Superestructura

  • Está compuesta por el arte, la música, la publicidad, los deportes, la ciencia, etc.

Además, cada uno de estos niveles tiene una cara emic o mental: la infraestructura puede implicar tabúes alimentarios; la estructura se refuerza mediante ideologías de parentesco, políticas o religiosas, etc.

Nótese cómo la estrategia de Marvin Harris sortea casi todas las objeciones que pusimos al materialismo histórico, en especial las referidas a la geografía, la demografía, la tecnología militar y el Estado. Sólo apuntaría que existe una relación más dialéctica entre tecnología y organización política de lo que se desprende del análisis de Harris. Es cierto que, por ejemplo, dado un tipo de arado la productividad de las distintas parcelas y el coste de las diferentes manifestaciones políticas, ideológicas, etc. está determinado, pero la Revolución agraria inglesa del siglo XVIII presupone ciertas condiciones institucionales que incentivan la innovación en una determinada dirección. Y así sucede en muchos otros casos.

Personalmente, cuanto más profundizo en la historia y en la antropología más percibo que las similitudes diacrónicas y diatópicas sólo son comprensibles adoptando una perspectiva materialista; aunque los individuos son libres para actuar como deseen, es muy probable que terminen comportándose de forma similar cuando se someten a costes y beneficios similares.

Por suerte, en el ámbito de la historia y la arqueología no estamos tan rezagados esta vez: véase, por ejemplo, Early Hydraulic Civilization in Egypt de Karl W. Butzer.

miércoles, 23 de marzo de 2011

El coste de un caballero medieval


En La privatización del Imperio romano y El feudalismo como orden espontáneo apuntábamos a la aparición de la caballería pesada (vinculada con la extensión del estribo) como uno de los factores que explican el orden social de la Edad Media. En este sentido son interesantes los cálculos de Robert Fossier (2000) en relación al coste en hectáreas de tierra de equipar a un caballero medieval:
Todos estos elementos (casco y armadura) junto con la larga lanza, la espada de dos manos y los ornamentos del arnés, necesitan la intervención de un número apreciable de artesanos y de muchos gastos: en el siglo XII se estimaba que un caballero sólo podía estar correctamente equipado si poseía o explotaba 150 hectáreas, en el siglo XIV le hará falta tres veces más (es decir, 450 hectáreas).
¿Explica esto, en alguna medida, la estructura de la propiedad en la Edad Media? Pienso que sí, pues existen indicios para suponer que desde la caída del Imperio romano hasta época de Carlomagno (y más allá) la propiedad de la tierra tiende a concentrarse en pocas manos. Suponiendo que 150 hectáreas dieran para mantener, por ejemplo, a 5 familias; y que cada familia pudiera proporcionar entre 2 y 3 campesinos adultos levemente equipados para la guerra, es evidente que los resultantes 10-15 campesinos no son rival para un caballero equipado con cota de malla, yelmo, escudo, espada y lanza. Por tanto, existen incentivos para que tales familias paguen una renta al caballero feudal a cambio de que éste se comprometa a defenderlas. Así, las economías de escala derivadas de una cuestión puramente tecnológica tienden a repercutir en toda la estructura social (aunque no se trata, ni mucho menos, del único factor) [1].

Este proceso, naturalmente, no tenía por qué ser pacífico: en ocasiones los pequeños propietarios y las comunidades de aldea se encomendaban voluntariamente a un señor (especiamente ante ataques vikingos y musulmanes), mientras que otras veces los señores extorsionaban a los campesinos hasta ocupar definitivamente sus tierras. La cuestión es que, independientemente de la vía, adoptar tal modelo implicaba muchas ventajas en un contexto de competencia por los recursos, aunque la vida de los campesinos no tenía por qué mejorar con ello a largo plazo.

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[1]: Entre otras cabría citar la baja densidad demográfica y la baja productividad del trabajo, que explican por qué los territorios musulmanes o el norte de Italia, conociendo el estribo, desconocieron el feudalismo en sentido estricto.

martes, 15 de marzo de 2011

La distinción entre explicaciones emic y etic


Básicamente, una explicación emic es una descripción de una conducta o creencia en términos del significado que tiene para el autor. Se trata de la clásica "perspectiva del nativo", que contempla su sociedad a través del filtro de la cultura.
En cambio, una explicación etic es una descripción de hechos observables por cualquier observador desprovisto de cualquier intento por descubrir el significado que los agentes involucrados le dan. De ese modo, la explicación se puede verificar y aplicar a otras culturas.

Si bien la distinción no es completamente nueva, sería muy saludable que los historiadores priorizasen la investigación de los aspectos etic (objetivos, verificables y aplicables a diferentes contextos) sobre la descripción y explicación de los aspectos emic (subjetivos y mentales), aunque ambos sean necesarios para componer una "historia total". Así evitaríamos que, cuando las explicaciones emic y etic no coinciden, fuésemos engañados por la "perspectiva de los antiguos".

Por ejemplo, los antropólogos han considerado durante mucho tiempo que los hindúes no ingerían carne de vaca debido a un tabú religioso (perspectiva emic suministrada por los nativos), en lugar de describir los elementos etic relevantes: p. ej., que las vacas proporcionan proteínas en forma de leche, abono para los cultivos y tracción para los arados en forma de crías. Su carácter sagrado inhibe a los campesinos de matarlas en época de escasez y, de ese modo, preserva el modo de vida de la familia tradicional a largo plazo.

En el ámbito de la historia, por ejemplo, muchos helenistas consideran que en la Grecia clásica no existió el individuo, dado que éste se hallaba adscrito en instituciones que consideraba más relevantes, como el grupo de parentesco o la polis. Una perspectiva etic sería capaz no sólo de registrar lo evidente -que el individuo sí existe-, sino también de explicar por qué los individuos se agrupaban en instituciones como el grupo de parentesco y la polis, y por qué se identificaban más a nivel colectivo que individual [1]. En este sentido, la perspectiva etic terminaría -por fin- con esa tendencia ridícula de los historiadores a empatizar o a ponerse en el lugar de las sociedades y los individuos del pasado, como si eso aportara algo a su investigación.

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[1]: Nótese cómo la perspectiva etic conduce necesariamente al individualismo metodológico.

viernes, 4 de marzo de 2011

La familia y el grupo de parentesco


El precario tratamiento que di a la familia en Los celtas: una aproximación me ha alentado a profundizar un poquito más en el tema. Después de todo, la familia ha sido la unidad básica de producción, protección, justicia y culto a lo largo de la mayor parte de la historia, y merece un estudio sistemático antes de abordar formas de articulación social más complejas.

El fundamento biológico de la familia son los instintos de reproducción y supervivencia, estrechamente ligados entre sí. Por un lado, la transmisión de los genes de una generación a otra constituye una fuente primordial de motivación entre los organismos vivos. Por otro lado, los individuos buscan conservar y ampliar su propia salud y bienestar [1], ya que deben sobrevivir con una salud razonable hasta la edad de reproducción, y deben mantenerse sanos para ser capaces de alimentar y defender a sus vástasgos hasta que éstos puedan sobrevivir por sí mismos.

Los individuos saben quiénes son sus parientes cercanos y los alimentan, defienden y apoyan. El altruismo, la lealtad y la confianza tienden a ser superiores entre familiares cercanos, disminuyendo con los parientes lejanos hasta desaparecer totalmente (o casi) con los extraños. De ese modo, tiene lugar una suerte de selección familiar donde sobreviven y se expanden las organizaciones más eficaces; es decir, aquellas que han sido capaces de promover lazos de apoyo mutuo más fuertes entre sus miembros, lo que se traduce en unos medios de subsistencia (territorio de explotación) y reproducción (hembras y vástagos) más abundantes y fértiles.

Sobre esta base biológica debemos explicar las estructuras de las familia humana. A lo largo de la evolución, el género Homo no ha dejado de aumentar su coeficiente de encefalización, lo que nos da una capacidad de abstracción y simbolismo mucho mayor que el resto de primates, e incluso podemos codificar y descodificar información en un lenguaje articulado. Por consiguiente, los seres humanos somos capaces de formar grupos extraordinariamente flexibles, adaptando su tamaño y estructura a nuestras propias condiciones ambientales (a través de la cultura). Así, las familias que dependen de la caza de grandes animales migratorios tienden a integrarse en grupos más amplios, pues existen economías de escala en la cooperación interfamiliar a la hora de organizar las partidas de caza, mitigar los riesgos, etc. En cambio, donde los recursos (de caza o recolección, agricultura o ganadería) están más dispersos las familias tienden a explotar el territorio de forma independiente, pues son más eficientes las partidas en pequeños grupos, que conocen bien el territorio y/o tienen incentivos más fuertes en su explotación, al tiempo que minimizan la fricción entre familias. Esto da lugar a organizaciones familiares que, en función de las condiciones materiales, pueden ir desde la familia nuclear de los cazadores-recolectores simples (formada por 5-8 personas: hombre, mujer e hijos) hasta las grandes familias de linaje (formadas por decenas e incluso centenas de personas, descendientes teóricos de un antepasado común: con frecuencia, un conjunto de hermanos y primos con sus respectivas familias).

Conforme crecen la población y la presión sobre los recursos, los cazadores-recolectores tienden a tomar estrategias de amplio espectro, a practicar el almacenaje a gran escala, fijarse al territorio y, en última instancia, domesticar buena parte de las especies animales y vegetales necesarias para su subsistencia. Sin embargo, los lazos de solidaridad familiar, en lo esencial, se mantienen a lo largo de todo el Paleolítico, el Neolítico, la Edad de los Metales e incluso parte de la Antigüedad, sobreviviendo en algunos aspectos hasta la Revolución Industrial. Estos lazos se plasman en tres puntos:

1. Solidaridad económica. En las sociedades cazadoras-recolectoras, consiste en el reparto equitativo de los frutos de la caza y la recolección, lo que permite repartir los riesgos entre todo el grupo (p. ej., los cazadores circunstancialmente exitosos comparten su excedente con los menos afortunados, con la esperanza de obtener el mismo trato en caso contrario). En las sociedades agricultoras y ganaderas, además de mitigar el riesgo de malas cosechas y enfermedades del ganado (mediante, p. ej., favores recíprocos), la solidaridad económica toma la forma de un control corporativo sobre la tierra. Las familias excluyen a los extraños del uso de sus pastos y tierras de labor, que gestionan en común y que, por lo general, no pueden enajenar. Encontramos este tipo de organización entre los romanos arcaicos, los griegos de época homérica, los celtas y ciertas tribus de África y Sudamérica. Los señoríos medievales pertenecen a la misma clase.

2. Solidaridad normativa. Antes de la consolidación del Estado, la familia (ampliada o no) solía contar con normas y tradiciones internas de carácter oral y consuetudinario, lo que dio lugar a una serie de mecanismos como la presión de los iguales o el ostracismo para garantizar la aplicación de la ley. Incluso cuando las normas eran iguales para todas las familias de linaje, éstas eran responsables sobre sus miembros, y solían vengar a sus víctimas, castigar o defender a sus criminales y solicitar el arbitraje de terceros. Así, encontramos las mores maiorum de los romanos; la common law de los anglosajones; el derecho oral de los brithem celtas; o el requisito, en los tribunales de la Atenas clásica, de que fueran parientes de la víctima quienes denunciasen al agresor. También encontramos manifestaciones del mismo principio en muchas tribus contemporáneas de África, América y Oceanía, como los papúes kapauku de Nueva Guinea Occidental.

3. Solidaridad religiosa. Entre los hombres de Neanderthal, en el Paleolítico medio, ya parece advertirse la creencia en una vida de ultratumba, y sin duda era el grupo familiar quien corría a cargo de los ritos funerarios pertinentes (espolvoreado en ocre, etc.) para el tránsito hacia el más allá. Pero no será hasta la sedentarización cuando la solidaridad religiosa, basada en un culto común a los antepasados, tome forma definitiva. Esto se debe, entre otros, a la necesidad de legitimar simbólicamente la apropiación del territorio. Así, en el Neolítico de Siria-Palestina y Anatolia se da culto al cráneo de los antepasados, al tiempo que los difuntos se entierran bajo las viviendas. En Roma encontramos un culto gentilicio (es decir, de la gens) vinculado con los antepasados míticos, que convive con el culto doméstico a los Lares y los Penates, guardianes de la vivienda y de la prosperidad familiar. Por otro lado, entre los íberos se venera a los héroes, quizás en un sentido similar. Puesto que los linajes fundamentan su cohesión interna en los supuestos lazos de consanguinidad de sus miembros, necesitan reforzar periódicamente esta idea mediante el culto a un antepasado, con frecuencia mítico: este es el caso de Iulo, hijo del héroe troyano Eneas, de quien habría descendido toda la gens de los Julios.

Una vez constituida la organización familiar, de acuerdo a unas condiciones materiales concretas, es conveniente señalar cómo los vínculos de parentesco impregnan toda la estructura económica y política, así como las relaciones exteriores de los primeros Estados (cuyos ecos llegan hasta la disolución del Antiguo Régimen).

Por un lado, el control corporativo de la tierra, surgido por razones económicas y defensivas, termina obstaculizando la creación de un auténtico mercado inmobiliario; y cuando existe, adopta formas encubiertas. Así, los documentos nos muestran cómo los terratenientes mesopotámicos y leoneses (en la Antigüedad y la Edad Media, respectivamente) debían ser adoptados por las comunidades de aldea antes de poder hacerse con sus tierras.

Por otro lado, la necesidad de variedad genética impulsa a las familias a entablar amistad con otros grupos para garantizar la reproducción entre sus individuos. Y en estrecha relación con esta práctica, los primeros pasos hacia la integración política toman la forma de alianzas matrimoniales; se supone que la consanguinidad garantiza la lealtad de las dos partes. Como dicen Allen Johnson y Timothy Earle (2000), a propósito de las jefaturas incipientes:
De manera explícita, se concibe a la organización como basada en la familia, una organización parecida a una comunidad expandida en un cuerpo regional dirigente. Los jefes están emparentados los unos con los otros a través de la descendencia y del matrimonio, y la familia y los lazos personales permanecen en el centro de la operación política del cacicazgo.
Más adelante, cuando las alianzas coyunturales dejen paso a la formación de auténticos estados e imperios, éstos dependerán en buena medida de vínculos de parentesco para sostener sus jerarquías administrativas y militares; algo lógico, si pensamos que las órdenes y los ejércitos viajaban a ritmo muy lento. Así, en Egipto, el visir, los sumos sacerdotes y otros cargos suelen estar emparentados con el faraón; lo mismo que en el imperio hitita, donde los familiares del rey ocupan puestos clave de la corte, la administración y el ejército. Tres mil años después, todavía vemos a Felipe II encomendar el mando de la flota de Lepanto a su hermanastro don Juan de Austria; y esta práctica no era infrecuente entre los estados contemporáneos. El parentesco seguirá jugando un papel en las alianzas internacionales mucho después, como demuestra el Pacto de Familia entre los Habsburgo de Madrid y de Viena, durante la Guerra de los Treinta Años; o el Pacto de Familia entre los Borbones de España y Francia, durante el siglo XVIII, que pervivirá hasta la Restauración absolutista del XIX.

Todo esto ilustra a la perfección cómo un determinado rasgo cultural puede desarrollarse a partir de factores estrictamente biológicos, tomando complejidad hasta imbricarse en estucturas más sofisticadas que tienen poco que ver con su contexto original.


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[1]: Ludwig von Mises diría que, en términos praxeológicos, los individuos tratan sencillamente de pasar de estadios de menor a mayor satisfacción. Sin embargo, como el contenido de lo que reporta satisfacción a un individuo está sujeto a selección natural (y cultural), podemos priorizar aquí la búsqueda de salud y bienestar sobre cualquier otro factor.

jueves, 24 de febrero de 2011

Los celtas: una aproximación


Algunos investigadores consideran que, en Historia, la comparación sincrónica y diacrónica puede sustituir al método experimental; después de todo, una muestra amplia de diferentes civilizaciones permite discernir las variables independientes, clave para entender los procesos sociales. Los celtas son una civilización especialmente fructífera en ese sentido, pues en ellos se aprecia el germen de muchos procesos e instituciones que, tiempo antes, habían culminado en la instauración de sociedades estatales en diversos puntos del globo, como Grecia e Italia.

I

En primer lugar, las definiciones. Los celtas fueron un pueblo bárbaro que, nacido al norte de los Alpes, entre los lagos suizos y el Alto Danubio, se extendió a gran parte de la Europa occidental: podemos seguir el rastro de sus carros de guerra (primero de cuatro ruedas, luego de dos) a través de la Galia, Bélgica, el norte de Italia, Britania e Irlanda, aunque también los encontramos en Hispania y, tardíamente, en Anatolia. Cronológicamente abarcan desde el siglo VIII a. C. hasta la conquista romana, finalizada en el I d. C., si bien pervivirán en la recóndita Irlanda hasta su definitiva cristianización durante la Edad Media. Su época de esplendor se sitúa entre los siglos V y IV a. C.

II

En segundo lugar, la geografía. La mayor parte del territorio celta se compone de superficies llanas, colinas de poca pendiente aptas para el cultivo, y praderas naturales, con frecuencia bañadas por caudalosos ríos. Éstos, además de fertilizar la tierra, facilitan el intercambio económico y cultural: a través del Danubio llega la influencia de los jinetes pónticos (entre ellos, los escitas), con sus carros de guerra y sus nuevas formas artísticas, al tiempo que el Ródano se convierte en la vía por excelencia de los comerciantes griegos que, asentados en Massilia (Marsella), traen el preciado vino mediterráneo a cambio de esclavos y metales preciosos, relativamente abundantes entre los celtas.









Por otro lado, las tribus asentadas en torno al Alto Danubio aprovechan su posición intermedia entre las grandes civilizaciones del Mediterráneo y la Europa nórdica para obtener grandes beneficios con el comercio del ámbar.

Continentales por excelencia, los celtas dieron la espalda al mar excepto en un punto: el estrecho Calais, aunque peligroso, vincula estrechamente a las islas británicas con los belgas y los galos del continente, que intercambian bienes, cultos, prácticas religiosas y hasta hombres (de hecho, a los druidas mismos). No obstante, el mundo céltico está mejor conectado por medios fluviales y terrestres: a pesar de los Alpes, vemos a grupos de guerreros atravesar las montañas para acudir en ayuda de los boii y los insubrii, asentados en la llanura del Po, en la batalla de Telamón (225 a. C.), al tiempo que observamos la influencia etrusca en regiones tan alejadas como Renania. Del mismo modo, el paso occidental de los Pirineos sirve a los inmigrantes para irrumpir en la meseta castellana y en la coordillera cantábrica.

III

Conforme a esto, inicialmente la mayor parte de la población vivía en cabañas dispersas a lo largo de los campos de cultivo, en muchos casos rodeadas por fosos individuales pensados para disuadir a las fieras -pues no eran un obstáculo serio para grupos humanos. Sin embargo, ya en época celta, quizás a causa del aumento de la población, los rendimientos agrícolas decrecientes y la consiguiente multiplicación de los conflictos, empiezan a surgir asentamientos fortificados en las colinas, que tienden a rodearse de varios fosos, murallas imponentes y entradas en forma de embudo. Se trata de los famosos oppida, ciudades-fortaleza donde reside el monarca acompañado de su familia, de sus sirvientes y de los artesanos.














Al contrario que en Mesopotamia, China y otras "civilizaciones hidráulicas", la geografía y el régimen de lluvias de la Europa templada ofrece pocas ventajas para la construcción de grandes infraestructuras hidráulicas, lo que explica la tendencia a la descentralización en la explotación del territorio: el paisaje celta se nos presenta con una multitud de pequeñas granjas y parcelas (80 x 120 metros por término medio) dispersas a lo largo de la campiña; generalmente cerca de los oppida, a donde acude la población campesina en caso de ataques enemigos.

Cada granja familiar estaba equipada con grandes silos o tinajas para almacenar el excedente agrícola; presumiblemente con la intención de pasar el invierno y guardar las semillas para el año siguiente. Es muy probable que los grandes banquetes celtas, que tanto sorprendieron a los autores clásicos, tuvieran una función similar a la de los famosos potlatch: aunque la motivación inicial de los grupos anfitriones era señalizar su prosperidad, indirectamente permitían la redistribución del excedente agrícola y ganadero entre los invitados. Así, a largo plazo, mitigaban el riesgo de malas cosechas entre los distintos grupos, puesto que los más prósperos tenderían a compartir su excedente con los demás convocando nuevos banquetes.

IV

A partir de estas condiciones de subsistencia se erige la organización familiar, cuyo núcleo es la familia ampliada (fine, en Irlanda). Ésta vincula a los individuos a través de lazos de solidaridad que, como el potlatch, tienden a mitigar el riesgo de malas cosechas, enfermedades del ganado, etc. Podemos imaginar en su seno una economía basada en la reciprocidad, tal y como aparece en otros pueblos, donde los regalos mutuamente cancelados sustituyen a la oferta y la demanda. Las tierras pertenecen a la familia ampliada, que no puede enajenarlas, pues todo varón adulto tiene derecho a una parcela con la que sostener a su familia. En definitiva, nos hallamos ante una organización familiar basada en el control corporativo de la tierra; sobre esta base se explican el culto a los antepasados y otras creencias, que tienen como finalidad legitimar la apropiación de la tierra y reforzar la identidad del grupo. Sin duda, se trata de una articulación análoga a la que encontramos en otros pueblos indoeuropeos como la Roma arcaica, donde las tierras (heredium) pertenecen a la gens en su conjunto y son administradas por el pater familias.

Por encima de las familias ampliadas se encuentra la tribu (tuath en Irlanda), que ocupa un área bien delimitada por la topografía -ríos, montañas, etc. Como dice Henri Hubert, se trata de "la primera unidad social que se basta a sí misma", pues puede garantizar a sus miembros la defensa del territorio, al tiempo que no necesita buscar sus mujeres en el exterior.

V

Su estructura social es triple. En primer lugar encontramos a la nobleza guerrera (equites o caballeros, como los llama César), propietaria de los caballos y de los carros, que en la Galia gobierna a través de uno o más magistrados llamados vergobret. En cambio, en Bélgica, Aquitania y las Islas Británicas persiste la vieja institución de la monarquía, cuyas funciones están estrictamente limitadas por la costumbre y la religión: se encarga de convocar y liderar a las huestes tribales; organizar las empresas públicas, como la construcción de puentes y murallas; presidir las asambleas y velar por el buen funcionamiento del universo (natural y sobrenatural, a través de rituales mágico-religiosos), al tiempo que constituye una suerte de tribunal voluntario de última instancia. En cierto modo, se trata de un primus inter pares, similar al rex romano o al basileus griego.

En segundo lugar, encontramos a los druidas, una clase de magos, sacerdotes y sabios que, extraída de la nobleza, se encarga de la instrucción de los jóvenes, de las ceremonias mágico-religiosas y de otras funciones auxiliares. Son los encargados de interpretar las vísceras de los animales en los sacrificios; de conservar y transmitir la tradición oral y, en última instancia, de justificar el status quo y cohesionar a los distintos territorios del mundo celta a través de sus reuniones periódicas, como veremos más adelante.

Por debajo encontramos a la gran masa de plebeyos libres. Se trata, mayoritariamente, de agricultores y ganaderos, con frecuencia ambas cosas, que ocupan parcelas asignadas por la familia ampliada. Sin embargo, también encontramos una clase vigorosa de artesanos; se los puede encontrar en los oppida, elaborando broches, torques o zapatos para la aristocracia local; o bien en los caminos, de aldea en aldea, como fabricantes itinerantes al servicio del mejor postor. Igualmente, se aprecia una clase de mercaderes que distribuye los excedentes de comunidad en comunidad: así nos lo muestran los peajes que se establecían a lo largo de los ríos y los pasos de montaña.

Por último, encontramos un reducido grupo de personas o familias marginadas, carentes de derechos: esclavos, capturados como botín de guerra; familias desahuciadas, etc.

VI

En el apartado geográfico ya hemos visto cómo los celtas comerciaban en el Atlántico, a través del estrecho de Calais; y a lo largo de sus caudalosos ríos, como el Rin, el Danubio, el Po y el Ródano, por donde afluían las tinajas de vino, la sal, el ámbar y los metales preciosos, además de otras mercancías dedicadas a saciar la demanda regional. Es probable que parte de estos intercambios sean resultado, no de actividades mercantiles, sino de regalos mutuos entre las distintas aristocracias locales.

En cuanto al resto de la economía, cabe hacer algunas apreciaciones. La unidad básica de producción es la familia, tal y como vemos todavía en la Atenas de Pericles: las mujeres cuidan de los animales domésticos (cerdos, aves) y elaboran en casa los tejidos de lana; al tiempo que los hombres, ocupados en las actividades exteriores, proporcionan los alimentos básicos para la subsistencia (principalmente carne de buey u oveja, trigo y cebada).

Como decíamos antes, es probable que los excedentes circulasen entre las distintas familias a través de algún sistema de reciprocidad, si bien la economía céltica era capaz de sostener a una nutrida clase de artesanos y comerciantes que respondía a los estímulos del mercado: así, conocemos la existencia de artesanos itinerantes, transportistas fluviales e individuos emprendedores que, como narra la tradición irlandesa, podían cambiar fácilmente de oficio con la expectativa de mejorar sus condiciones de vida. Los trabajadores manuales disfrutaban de amplios derechos y privilegios, hasta el punto de que se intuye algún tipo de organización corporativa, similar a los collegia romanos o a los gremios medievales. Sin embargo, la descentralización política, combinada con un derecho consuetudinario relativamente homogéneo en toda la Europa celta, dejaba a los individuos una amplia libertad económica que en parte explica el status y la pericia de los artesanos célticos, inventores del tonel, la cota de malla y varias clases de herramientas.

Por otro lado, a lo largo del territorio celta se celebraban mercados y ferias periódicas, como las de Bibracte, a donde acudían las mercancías de territorios más o menos lejanos; la seguridad de los negociantes y de sus propiedades estaba garantizada por las treguas tribales y protecciones reales.

Si bien no acuñaron moneda legal hasta el siglo II a. C., los mercaderes tendieron a seleccionar espontáneamente los metales preciosos como patrón de cambio: primero en forma de lingotes de peso prefijado y, más tarde, en algunas regiones, en forma de barras-moneda, que probablemente tenían su origen en las espadas de hierro sin labrar, una mercancía que cumplía todas las funciones del dinero (gran capacidad de venta, divisibilidad, depósito de valor, etc.). No obstante, las transacciones cotidianas se realizaban a través del trueque o del patrón-ganado, como es habitual en las sociedades rurales.

VII

Legalmente, todos los hombres libres tenían un precio de honor; es decir, una valoración de su dignididad (prestigio o peso específico en la comunidad), directamente relacionado con su riqueza material, que servía para determinar la compensación que recibirían en caso de agravio. Aunque en época de la conquista romana estaban en proceso de constituirlo, los celtas desconocieron el Estado en sentido estricto. No había administración ni mecanismos públicos de cumplimiento de la ley, y la obtención de compensaciones por agravio era responsabilidad de la familia a la que pertenecían las partes enfrentadas.

Apesar de ello, los celtas [1] fueron capaces de garantizar cierta paz social a través de diversos mecanismos. En primer lugar, existía una clase de magistrados (llamados brithem en Irlanda) encargada de recitar la ley tradicional y de arbitrar en las disputas familiares. Como los linajes debían cargar en su conjunto con los costes de defender a sus agresores o vengar a sus víctimas, eran especialmente proclives a aceptar el arbitraje de los brithem, de los druidas o de los reyes. Una vez solicitado voluntariamente el arbitraje, desobedecer la sentencia judicial implicaba ser excluido de los sacrificios y privado del honor y de la sociedad normal, como bien nos dice César. Así, la responsabilidad familiar, la propia venerabilidad de la ley (y de sus ponentes) y el ostracismo eran incentivos suficientes para garantizar la estabilidad institucional.

En paralelo a los vínculos de parentesco existía la institución del clientelismo (célsine), que implicaba la asistencia armada y otros servicios por parte del cliente -normalmente, plebeyo- a su patrono -en general, noble-, a cambio de protección y ayuda material por parte del segundo, sin perder nada de su estatus independiente o de su derecho a poseer ganado y participación en la tierra. T. G. E. Powell nos advierte que esta institución, "por más que se complicara posteriormente, no debe confundirse con el feudalismo", pero es evidente que ambas responden a la misma necesidad: coordinar las actividades militares en ausencia de un Estado centralizado. Si la clientela céltica nunca fue tan opresiva como el feudalismo medieval se debe, sobre todo, a la ausencia de economías de escala: los carros de guerra se empleaban más para acudir y abandonar la batalla que para combatir en ella, y la panoplia básica, compuesta de un escudo, una espada y un par de lanzas, era accesible a todos los campesinos libres. Encontramos una situación parecida en la Roma arcaica; en la Grecia heroica de que nos habla Homero; y en el comitatus germánico.

VIII

La sociedad céltica se articula en torno a lo que Elman Service llamaría una jefatura; un estadio intermedio entre el igualitarismo de los primeros agricultores y la desigualdad bien institucionalizada de las sociedades estatales.

El origen de estas jefaturas debemos buscarlo en el crecimiento demográfico y los consiguientes conflictos fronterizos en torno a la posesión de recursos clave: las razzias periódicas, tal y como nos cuentan las fuentes, tenían como objetivo principal robar o recuperar algunas piezas de ganado, apoderarse de terrenos de pasto, etc. En ese contexto, existían fuertes incentivos para la aparición de liderazgos guerreros capaces de movilizar a la población con fines militares y de construcción defensiva (véase los oppida).

IX

Así, llegamos a uno de los aspectos más interesantes del mundo céltico: las relaciones intertribales. Con algunas novedades, estas reproducían a mayor escala las relaciones individuales que tenían lugar en el seno de la tribu: el parentesco y la clientela. Por un lado, las tribus parientes (descendientes de un antepasado común, real o ficticio) tendían a constituir alianzas frente al exterior, si bien existían pactos al margen de vínculos familiares. Así, las tres tibus gálatas de Asi Menor constituyeron una auténtica confederación tribal frente a los reinos helenísticos del área, articulándose en torno a una gran asamblea periódica celebrada en un robledal sagrado, el Drunemeton. Del mismo modo, los druidas galos se reunían en el bosque de los carnutes; y parece que en ambos casos se trataban cuestiones tanto religiosas como políticas. La institución druídica, dado su carácter pancéltico y sus reuniones periódicas a lo largo de todo el territorio, tendía a reforzar la identidad común de los celtas, estrechando vínculos entre regiones muy alejadas entre sí. Así, vemos a los britanos acoger a los refugiados galos que huían de la presión romana; a los gaesatae transalpinos cruzar los Alpes para socorrer a sus compatriotas italianos, los boii y los insubrii; o a Vercingetorix movilizar amplios contingentes de toda la Galia para combatir a Julio César. En cierto modo, el espíritu pancéltico es comparable al panhelenismo griego, cuya Anfictionía de Delos cumple un cometido similar a la asamblea de los carnutes [2]. No obstante, la forma de integración política más común consistía en pactos de clientela, donde las tribus más débiles recibían seguridad militar de las más fuertes a cambio de tributos y rehenes. De ese modo, las redes de clientela podían extenderse en épocas de crisis con cierta facilidad.

X

Finalmente, cabe hacer algunos comentarios sobre la religión. En el estadio de desarrollo de las fuerzas productivas en que se encontraban los celtas -similar al de otras sociedades antiguas, por otra parte-, los niveles de producción e incluso la propia subsistencia dependían de factores que escapaban al alcance del productor. Esa es la clave para entender toda una serie de ceremonias estacionales que, vinculadas a los ciclos agrícolas o ganaderos, daban lugar a los rituales y sacrificios druídicos. Los ríos y los lagos, divinizados, recibían periódicamente grandes ofrendas de armas y joyas, al tiempo que se aplacaba a los dioses de la fertilidad mediante sacrificios animales y humanos (por estrangulamiento, ahogamiento o quema) [3]. Del mismo modo, Plinio nos informa con detalle acerca de un rito de la fertilidad donde los druidas, después de cortar el muérdago de los robles, sacrificaban varios toros blancos.

Aunque los autores latinos trataron de reconstruir el panteón celta por analogía al panteón grecolatino, lo cierto es que sus dioses tenían un carácter tribal. De hecho, podemos apreciar en sus guerras fronterizas cierto carácter religioso, tal y como sucedía en Summer o en la Grecia homérica: cada unidad política tiene sus propios dioses, que interceden por la comunidad humana frente a sus enemigos. Cuando varias tribus forman una confederación, los dioses tienden al sincretismo o, lo que es más común, a asimilarse con el dios de la tribu más poderosa.

Sin embargo, es cierto que existieron algunos dioses muy extendidos en todo el mundo celta: Cernunnos, Lug y Epona, entre otros. Pero no existe un panteón bien definido que, como en las civilizaciones mediterráneas, proyecte en la esfera divina la división del trabajo que impera en el ámbito urbano y terrenal; los dioses celtas aglutinan funciones muy diversas, "muestran aspectos relativos tanto a la fertilidad como a la destrucción, y pueden ser simbolizados mediante el sol y la luna tanto como con el zoomorfismo y la topografía" (Powell, 1958).

Los héroes, ocupados como sus homólogos humanos en el rapto de ganado y en los grandes banquetes, refuerzan la idea de una sociedad guerrera donde se premian las actitudes agresivas, cuyo ideal consiste en una vida corta pero brillante y llena de hechos gloriosos.

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[1]: Como otras sociedades tribales: los romanos y los griegos antes que ellos, los árabes hasta tiempos de Mahoma, etc. Por ejemplo, en las leyes de la Atenas clásica todavía se conservaban resquicios de la responsabilidad familiar sobre sus miembros.

[2]: De hecho, en Olimpia existía un robledal sagrado que nos remonta a los orígenes indoeuropeos comunes de ambos pueblos. Por otro lado, en el ámbito mesopotámico, los investigadores sospechan que la ciudad sagrada de Kish podía albergar una anfictionía pansumeria. Todo este tipo de mecanismos de coordinación entre unidades políticas independientes son un tema a investigar todavía.

[3]: Una vez más, se trata de un elemento muy antiguo: el episodio bíblico donde Dios ordena a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac refleja que fue practicado por los hebreos; pero también lo encontramos mucho después, en época clásica, cuando los cartagineses continúan sacrificando niños; o entre los aztecas, que sacrifican a sus prisioneros -práctica que no parece común entre los celtas. También los griegos debieron realizar sacrificios humanos en época arcaica, pues la Ilíada narra cómo Agamenón hubo de sacrificar a su hija Ifigenia para proseguir el viaje hacia Troya.