sábado, 18 de junio de 2011

El caballero medieval (II): el castillo, el señor y los vasallos


Tradicionalmente, el término miles -o, menos frecuentemente, cavallarius- designaba a una clase de guerreros montados al servicio de algún nobilis -o dominus-, en situación de dependencia personal y semilibertad. No obstante, y por diversas circunstancias, a inicios del siglo XII estas diferencias tendieron a desaparecer; los señores adoptaron los ritos y costumbres de la caballería, y ésta terminó convirtiéndose en el rasgo distintivo de ambos niveles de la aristocracia frente a los campesinos (Duby, 1977). Sólo ellos tenían el privilegio de llevar armas y combatir, y estaban normalmente exentos de tributos (Le Goff et al., 1990). Así, nuestro relato empieza en el castillo de alguno de estos aristócratas.

3. El castillo y el hogar

A finales del siglo XII, los castillos eran construcciones muy modestas de tierra y madera, compuestas de una serie de empalizadas, fosos y estacas exteriores que tenían como finalidad impedir el asalto de los jinetes. Comparadas con las fortificaciones de la Alta Edad Media, sus dimensiones eran reducidas y su altura considerable (Bartlett, 2003): en el centro del recinto, sobre un montículo artificial y una nueva línea de fosos, se ubicaba la torre del homenaje, una suerte de torre cuadrada, larga y estrecha. No era raro que los castillos se construyesen en tres o cuatro días, pues bastaba una cuadrilla de trescientos o cuatrocientos campesinos para completar el trabajo. Por este motivo, eran muy frágiles: en cuanto caían a manos del enemigo eran destruidos inmediatamente por el fuego (Duby, 1995). Así, los señores más poderosos trataban de construir sus fortificaciones con materiales más resistentes como la piedra, pero su uso era todavía muy escaso en el siglo XII.

Se ha calculado que por esta época había en Inglaterra hasta 500 castillos construidos, lo que supone una media de un castillo cada 16 kilómetros. El norte de Francia arroja datos similares; se trata de una auténtica militarización de la sociedad (Bartlett, 2003).

La mayoría de torres de homenaje eran construcciones de tres pisos: la planta baja consistía en una habitación oscura para almacenar provisiones y encerrar a los prisioneros; la planta superior servía de puesto de vigilancia; y, entre ambos, la planta intermedia consistía en un salón principal, con diversos usos (Duby, 1995). Sin embargo, éste no era el lugar de habitación habitual: estaba pensado como último refugio ante situaciones de peligro y, en el plano ideológico, servía para señalizar la apropiación señorial de las tierras circundantes. El hogar se encontraba anexo al castillo, pero en el patio, junto a las cuadras, graneros, talleres y chozas de los sirvientes. Era un edificio de madera, muy sencillo, formado por dos habitaciones separadas por un tabique o una cortina: a un lado de la misma se encontraba el salón, donde residía el señor, celebraba banquetes e impartía justicia; al otro lado, el dormitorio, que era íntimo. Muy cerca existía una pequeña estancia para las sirvientas y, más allá, una habitación donde dormían juntos los niños de la casa -hermanos y hermanas-, además de una estancia calentada por el fuego donde las nodrizas cuidaban de los recién nacidos. Por último, en las plantas superiores se encontraban los puestos de vigía y las habitaciones de las hermanas mayores, a quienes se encerraba por la noche. Un corredor llegaba hasta la capilla, donde el capellán de la familia celebraba misa los domingos (Duby, 1995).

Cerca del hogar se encontraba una construcción destinada a la preparación de comidas, con criadero de aves, saladeros para conservar los alimentos y fuegos para asar la carne y cocer los caldos (Ibídem).

4. El señor y los vasallos

Dentro del castillo vivían permanentemente varias decenas de personas, incluyendo la familia conyugal del señor, algunos parientes, caballeros leales y criados. El castellano tenía derecho de bando sobre una serie de aldeas circundantes; es decir, podía dirigir, juzgar y gravar a los "villanos" -y comerciantes- que habitaban en -o transitaban por- ellas, que además le debían rentas y prestaciones gratuitas a cambio de sus servicios de justicia y seguridad. Para ayudarle en esta tarea, el señor contaba con un pequeño grupo de caballeros que residían y comían en su hogar; generalmente se trataba de parientes cercanos -hermanos menores, primos, etc.-, camaradas de infancia o caballeros de los alrededores que le habían sido confiados por sus padres. Éstos formaban la mesnada feudal en caso de expediciones militares y tomaban asiento en su salón a la hora de impartir justicia.

Otros caballeros del distrito, que habían rendido homenaje al señor del castillo a cambio de un feudo con el que mantenerse, acudían periódicamente a las guardias de la fortaleza y se reunían en torno a la bandera del señor frente a los enemigos externos. Aunque se consideraban a sí mismos como iguales, eran en realidad vasallos del castellano. Su señor también estaba comprometido en relaciones de vasallaje con hombres más poderosos que él: así, Badouin de Ardres rendía homenaje al conde de Guines, que a su vez lo hacía del conde de Flandes y éste, finalmente, del rey de Francia. De ese modo, una densa red de homenajes permitía movilizar una cantidad importante de recursos militares en caso de emergencia. Sin embargo, como en ocasiones se rendía homenaje a distintos señores a la vez, los castellanos locales podían apoyar a unos contra otros intermitentemente para conservar su independencia (Ibídem).

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