domingo 29 de enero de 2012

Aristóteles: estructura social y estructura política


Como dijimos en La redistribución como mecanismo de cohesión social, los Estados tratan de perpetuarse mediante la distribución de ingresos y de participación política entre sus súbditos, de forma que cada grupo social reciba una cantidad igual a su contribución marginal a la supervivencia de la comunidad. He encontrado una explicación sorprendentemente similar en la Política de Aristóteles, que correlaciona la estructura socioeconómica de las poleis griegas con su estructura de participación política (p. 240):
Puesto que cuatro son principalmente las partes del pueblo -campesinos, artesanos, comerciantes y jornaleros- y cuatro las que se necesitan para la guerra -caballería, infantería pesada, infantería ligera y flota-, donde el país sea adecuado para la caballería, allí corresponderá, naturalmente, establecer la oligarquía fuerte (pues la salvación de los habitantes radica en ese poder, y la crianza de los caballos es propia de los que poseen grandes fortunas); y donde para la infantería pesada, la siguiente oligarquía (ya que la infantería pesada es más propia de los ricos que de los pobres); la infantería ligera y la flota son totalmente democráticas.
Sería interesante verificar empíricamente esta hipótesis a través de las fuentes y de la arqueología. Aristóteles basa sus observaciones en una recopilación de 158 constituciones de diferentes estados griegos, pero desgraciadamente se han perdido todas salvo la de los atenienses.

sábado 9 de julio de 2011

Los tiempos de la historia según Fernand Braudel


"La historia puede dividirse en tres movimientos: lo que se mueve rápidamente, lo que se mueve lentamente, y lo que parece no moverse en absoluto." - Fernand Braudel.

Después del espacio dedicado al materialismo histórico y al materialismo cultural, no podíamos dejar sin revisar el magnífico trabajo de Fernand Braudel, máximo representante de la escuela de los Annales y uno de los mayores historiadores del siglo XX.

Al abordar su tesis doctoral, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, Fernand Braudel observó que la historia de cualquier período podía explicarse atendiendo a tres movimientos, jerárquicamente ordenados entre sí pero hasta cierto punto independientes, cada uno de los cuales marcha a un ritmo diferente y de acuerdo a sus propias leyes.

La prioridad causal en la constitución de una sociedad, según Braudel, pertenece a los movimientos de larga duración (o tiempo geográfico); "una historia casi inmóvil", como nos dice él, que trata "del hombre en sus relaciones con el medio que le rodea; historia lenta en fluir y en transformarse, hecha no pocas veces de insistentes reiteraciones y de ciclos incesantemente reiniciados". El único modo de abordar este movimiento consiste en registrar la geografía del área estudiada: sus penínsulas, montañas, llanuras, mares y ríos, para a continuación ponerlos en relación con el trabajo y el movimiento de los hombres. Así, Braudel nos habla de las montañas, situadas en los márgenes de la civilización y dotadas de tierras pobres, pero por este motivo pobladas con mucha frecuencia de pequeños campesinos libres; de las llanuras, donde el hombre, para aprovechar su fertilidad, debe canalizar las aguas estancadas y vencer a las enfermedades contagiosas; o de los mares angostos como el Adriático que, más favorables a la navegación, y, por tanto, a la división geográfica del trabajo, tienden a ser más prósperos que los mares abiertos.

Asimismo, Braudel nos habla de los movimientos humanos que, moldeados por la geografía y a fuerza de repetición, tienden a conformar espacios coherentes: se trata, por ejemplo, de la trashumancia castellana; el nomadismo sahariano; las migraciones de montañeses en dirección a la ciudad, donde ocupan los peores empleos; las caravanas de especias, que atraviesan el desierto sirio; o las grandes rutas marítimas que comunican entre sí los litorales mediterráneos, desde Rodas a Alejandría o desde la Península Ibérica hasta Sicilia, a través de las Baleares y Cerdeña. El ciclo de las estaciones también forma parte de este tiempo geográfico incesantemente reiniciado: en verano los caminos terrestres y marítimos se tornan accesibles, propiciando la guerra y el comercio; mientras que el invierno, con sus lluvias y tormentas, aconseja paralizar estas actividades en beneficio de la manufactura y la producción doméstica. En la misma línea, los animales cambian de pastos con las estaciones, moviéndose desde el norte al sur, desde el llano a la montaña o desde el desierto hasta la costa (y viceversa).

Por encima del tiempo geográfico se elevan los movimientos de media duración (o tiempo social), que corresponden a las estructuras sociales y al modo en que dichas estructuras evolucionan; "aúna, en consecuencia, lo que en nuestra jerga de especialistas llamamos estructura y coyuntura, lo inmóvil y lo animado, la lentitud y el exceso de velocidad". En este apartado, Braudel pasa revista a la economía, la demografía, los imperios, las sociedades, las civilizaciones y las formas de la guerra en la segunda mitad del siglo XVI. Acerca del origen de los imperios (español y turco), Braudel desliza una tesis interesante: atribuye su aparición tanto a las economías de escala derivadas de la nueva guerra, basada en el uso de mercenarios y artillería, como a la coyuntura económica ascendente del siglo XVI. Su decadencia en el siglo XVII habría que achacarla, en consecuencia, a una nueva coyuntura de signo descendente. No obstante, al abordar éste como otros temas, Braudel se conforma con la mera observación, sin pararse a desarrollar una explicación sólida. Otro apartado brillante, el dedicado a las civilizaciones (que cabría traducir como "culturas"), trata sobre el modo en que éstas evolucionan y se influyen mutuamente: así, registra la transferencia de tecnologías desde la Cristiandad al mundo musulmán, a través de renegados cristianos o de negociantes judíos; las pervivencias musulmanas entre los moriscos españoles o el intercambio cultural permanente a través del comercio marítimo, la captura de prisioneros y la piratería. Las civilizaciones son, ante todo, "espacios trabajados por el hombre". También es destacable el apartado acerca de las formas de la guerra, donde contrapone la "gran guerra" de las escuadras y los ejércitos a la "pequeña guerra" de los piratas y los bandoleros; ésta última tiende a proliferar cuando decrece la primera. En este aspecto, Braudel tiene el mérito de haber percibido las estructuras de la guerra sin detenerse en los acontecimientos militares.

Por último llegamos a los movimientos de corta duración (o tiempo individual), que más o menos corresponden a la historia diplomática tradicional, compuesta de guerras, tratados e intrigas. Se trata de una historia de acontecimientos, compuesta de "oscilaciones breves, rápidas y nerviosas", inteligible sólo dentro de unas determinadas estructuras de larga y media duración. El propio Braudel despreciaba esta forma de historia como la más superficial, considerando que sus actores (los reyes, los soldados, los diplomáticos, etc.) no eran más que títeres en manos de unas fuerzas que apenas podían controlar. Aunque ha sido acusado de determinista por declaraciones como ésta, hoy podemos formular sus ideas de una forma más científica: en efecto, los individuos actúan dentro de una estructura de costes establecida parcial o totalmente por fuerzas espontáneas, y tales estructuras seleccionan unos acontecimientos en detrimento de otros. Por ejemplo, la batalla de Lepanto -magistralmente narrada por Braudel- corresponde a una determinada coyuntura económica, a unas determinadas condiciones demográficas y a unos determinados Estados territoriales sin los cuales sería impensable.

En otro orden de cosas, Braudel aporta argumentos interesantes en torno a cómo tratar la historia de los acontecimientos. Se pregunta si el historiador debería seleccionar aquellos acontecimientos "de mayores consecuencias", o bien aquellos que fueron percibidos como relevantes por sus contemporáneos. En cualquier caso, se trata de mostrar cómo los acontecimientos sólo constituyen la superficie de unas estructuras más profundas.

Valoración y conclusiones

No hay duda de que El Mediterráneo de Braudel es una de las mayores obras de la historiografía universal, pero no está exenta de algunos defectos graves. En mi opinión, el mayor de ellos es su inclinación excesiva a la metáfora, que tiende a reemplazar las explicaciones científicas acerca de cualquier tema (a pesar de que el uso de estadísticas, en la segunda edición, es muy elogiable); su tesis acerca de los imperios, ya comentada, es un buen ejemplo de esto. En términos quizá demasiado duros, Bernard Bailyn (1951) dijo al respecto que Braudel había "confundido una respuesta poética al pasado con un problema histórico".

Cabe notar que el énfasis de Braudel en el tiempo geográfico guarda cierta relación con la prioridad que otorgan los antropólogos a la ecología -la relación entre el hombre y el medio- en el análisis de una sociedad. No obstante, Braudel no muestra cómo se influyen el tiempo geográfico y el tiempo social, ni percibe hasta qué punto son cruciales la tecnología y la demografía para conformar la historia de larga duración. De hecho, cuando la innovación tecnológica marcha a igual o mayor ritmo que las estructuras sociales es difícil distinguir entre tiempo geográfico y tiempo social, como sucede en Occidente desde la Revolución Industrial [1]. Por este motivo encuentro más adecuado englobar ambos movimientos en el término "estructuras", reservando los acontecimientos a un segundo nivel, las "coyunturas". Aunque Braudel correlaciona puntualmente las tendencias de la economía con determinados acontecimientos bélicos, la relación entre media y corta duración tampoco queda demasiado clara. Es necesario evaluar los costos y beneficios a que está sometida la acción individual como consecuencia de las estructuras sociales y geográficas.

A pesar de todo, comparto total y absolutamente las palabras de Lucien Febvre acerca de su obra:
Lean, relean y mediten sobre este libro excelente... Háganlo su compañero. Las cosas nuevas que aprenderán sobre el mundo del siglo XVI son incalculables. Pero lo que aprenderán sobre el hombre, sobre su historia y sobre la historia en sí misma, su verdadera naturaleza, sus métodos y sus objetivos -no se lo pueden imaginar de antemano.

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[1]: Por ejemplo, las fábricas de la primera época industrial implican una nueva relación con los ríos; las nuevas formas de ganadería suprimen casi totalmente las relaciones trashumantes o nómadas y el transporte aéreo abre rutas infinitamente más directas entre los núcleos de población. Como consecuencia, el tiempo geográfico se equipara al tiempo social, y estoy tentado a decir que le supera en velocidad.

martes 28 de junio de 2011

Epílogo: el caballero medieval como adaptación


"El ideal es una flor cuyas raíces son las condiciones materiales de existencia" - Proudhon.

En la introducción decíamos que el comportamiento y los valores del caballero medieval adquieren sentido como adaptación a un determinado contexto ecológico, demográfico y tecnológico, pero tengo la impresión de que el trabajo ha terminado convirtiéndose en un relato casi literario sobre su vida cotidiana, con una breve introducción sobre las "condiciones materiales y culturales" donde no se percibe ninguna relación causal. En este artículo trataré de remediarlo.

En primer lugar, los hechos. El caballero medieval se distingue por su comportamiento agresivo (idealmente controlado), que tiene como finalidad obtener botín, gloria y oportunidades de matrimonio. Al mismo tiempo, el caballero tiende a ser pródigo con sus bienes, y gasta cuanto tiene con sus camaradas de armas y vasallos directos; valora el honor (es decir, la buena reputación, vinculada casi siempre al linaje), las virtudes cristianas y la justicia, que deberían plasmarse en la defensa de los débiles y la sumisión a la Iglesia.

En segundo lugar, la explicación, los por qués. La gran pregunta que debemos responder aquí es por qué los valores y el comportamiento de la caballería medieval triunfaron en la Europa occidental entre los siglos XI y XIII d. C., antes que en otros lugares y en otras épocas [1]. Al asignar diferentes grados de probabilidad a su aparición y éxito, la Historia se convierte en ciencia.

Dada la densidad demográfica y la tecnología de la Edad Media Plena, para las comunidades aldeanas era más rentable defender un territorio que huir de él. En un contexto demográfico menos denso, la respuesta ante agresiones externas podía haber consistido en desplazarse a otros territorios, con la idea de que éstos serían igual de productivos que los ocupados previamente. No obstante, en el siglo XI las áreas cultivables eran escasas en relación a la población, puesto que los medios técnicos tornaban inaccesible el cultivo de muchas zonas, al tiempo que debía mantenerse cerca de la mitad de las tierras en barbecho durante prolongados períodos de tiempo para recuperar su fertilidad. Como resultado, sólo podía cultivarse a la vez una fracción muy pequeña de las tierras, y los campesinos debían resistir a las agresiones externas si querían conservar su nivel de vida, pues no encontrarían parcelas de una fertilidad similar en otro lugar.

La necesidad de defensa frente a las agresiones externas, unido a las economías de escala derivadas de la aparición del estribo, dieron como resultado la aparición de una clase de caballeros equipados con armadura, que podían vencer a cualquier grupo de bandidos o campesinos armados. Así, las comunidades aldeanas tendieron a rendir homenaje a estos guerreros montados a cambio de protección; o bien, los propios caballeros tendieron a conquistar sus tierras y exigirles rentas a cambio del mismo servicio. Como era necesario poseer cerca de 150 hectáreas de tierra para costearse el equipo de caballero, pronto la presión sobre las tierras desembocó en conflictos armados entre señores; este es el origen de la guerra feudal. Así se explican también las aventuras de juventud, que alejaban del hogar familiar a los segundones que no se había podido colocar en el sacerdocio, al tiempo que, a causa de la elevada mortalidad derivada de la guerra, tendían a reducir el número de hijos que optaban a la herencia paterna -y, de ese modo, garantizaban la transferencia íntegra del patrimonio al primogénito. Por otro lado, las aventuras de juventud permitían adquirir prestigio y reputación, vitales para maximizar las oportunidades de matrimonio, extender las redes de alianzas y los pactos de vasallaje durante la vida adulta.

Los imperativos de la defensa y la adquisición de tierras, así como la exposición constante a los peligros de la guerra, incentivaban los comportamientos agresivos y el énfasis en valores como el honor, que tendía a disuadir enemigos y atraer vasallos y aliados. La largueza, los regalos constantes y el despilfarro (plasmado habitualmente en copiosos banquetes), al señalizar la capacidad de un caballero para obtener botín, indicaban su audacia militar y aumentaban su capacidad de atraer los servicios de otros caballeros, vasallos y aliados. Por último, el énfasis en las virtudes cristianas, al mitigar el abuso de los señores sobre sus vasallos, daba cierta seguridad a los campesinos y garantizaba la producción agraria, vital para la supervivencia de los linajes nobiliarios. [2]

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[1]: Al hacerlo también explicamos por qué otros espacios geográficos y otras épocas han dado individuos de características muy parecidas.

[2]: Esto guarda muchas similitudes con el origen de las vacas sagradas en la India; en ambos casos, se trata de proteger mediante la ideología un activo valioso a largo plazo que está muy expuesto a los abusos puntuales a corto plazo.

lunes 27 de junio de 2011

El caballero medieval (V): la aventura y el establecimiento


10. La aventura

La costumbre imponía al padrino del caballero proporcionar al recién armado el medio de acudir a los torneos durante dos años, con el fin de difundir la fama de la casa, cuyos colores llevaba pintados en su escudo y bordados en su cota de armas. De ese modo, los jóvenes caballeros erraban como los héroes de las novelas, de región en región, en busca de gloria, riqueza y lances amorosos.

Cabe apuntar, en primer lugar, que un señor solía armar varios caballeros en una misma ceremonia, de forma que éstos formaban una suerte de compañía, criados desde la infancia en el mismo castillo y unidos en torno al joven de más rango -a quien prestaban vasallaje a cambio de armas, dinero y liderazgo-. En segundo lugar, puesto que la juventud - tal y como aparece en las fuentes- se caracteriza por la impaciencia, la turbulencia y la inestabilidad, los padres y padrinos solían encomendar a sus hijos a un caballero de más experiencia -con frecuencia, un familiar cercano-, que se encargaba de aconsejarles, de contenerles, de finalizar su educación y de conducir su itinerario hacia los torneos más provechosos. En efecto, el vagabundeo era un complemento necesario de la formación del joven.

La alegría reinaba en estos grupos: el jefe gastaba sin límites, amaba el lujo, el juego, los caballos y los perros. Cortejaba a las damas sin pudor, contrataba prostitutas y, en general, brindaba a sus camaradas todos los placeres que estaban en su mano; las costumbres eran muy libres. Pero, sin duda, la principal diversión de estos grupos eran los torneos, donde se batían con el afán de obtener premios, riquezas y honores. Igualmente, estaban siempre dispuestos para la guerra: atizaban los focos de turbulencia en las regiones fronterizas y proveían de los mejores contingentes a las expediciones lejanas, como las Cruzadas. Estos jóvenes, a su vez, se distraían en los banquetes, los bailes y el cortejo de las damas y las doncellas; ellos eran los principales consumidores de la nueva literatura amorosa, donde un joven servidor brindaba su amor a una dama ya casada (Kleinschmidt, 2009). Como forma de promoción social, muchos esperaban encontrar una esposa entre las grandes familias aristocráticas, y no era infrecuente que muchas quedaran viudas a causa de los lances de la guerra. La juventud aristocrática de la Francia del siglo XII es, como dice un reputado historiador, "una jauría que las casas señoriales dejan en libertad para aliviar el exceso de poder expansivo, a la conquista de la gloria, de la riqueza y de las presas femeninas" (Duby, 1977). Su conducta se explica no sólo por una cuestión hormonal o militar, sino esencialmente por tres motivos complementarios. En primer lugar, el vagabundeo constituye una buena forma de reducir la tensión entre los primogénitos y sus padres, todavía relativamente jóvenes, al tiempo que mantiene ocupados a los hijos segundones que no se han podido colocar en el sacerdocio. El hecho de que la mayor parte de los jóvenes permaneciese en situación de peligro y celibato redujo notablemente los riesgos de desmembramiento de las herencias. En segundo lugar, la vida errante tenía como objetivo lograr un matrimonio ventajoso, tanto si éste era obtenido por los padres mediante su negociación con otras familias, como si era ganado por el joven mediante el cortejo de alguna docella o de una viuda. En este sentido, el tercer factor está muy vinculado con el segundo: adquirir prestigio y reputación era vital para maximizar las oportunidades de matrimonio, aunque también para garantizar las alianzas y los pactos de vasallaje durante la vida adulta (Duby, 1977).

9. La madurez

Una vez casado, el caballero medieval iniciaba la vida propiamente adulta: tomaba posesión de un castillo -cedido por su padre o por la familia de su esposa- y se convertía en jefe de familia. Adquiría derechos de bando sobre los campesinos a su servicio, cuidaba su red de alianzas y se preocupaba por el bien de su alma, construyendo capillas o realizando grandes donaciones a la Iglesia. Se esperaba que fuera pródigo con sus bienes, que repartía con generosidad entre sirvientes y vasallos, y hospitalario con los huéspedes, a quienes colmaba de honores. Todo gentilhombre tenía el deber moral de acoger a individuos de su mismo status. Por este motivo, estaba siempre endeudado con otros caballeros o con los burgueses de la ciudad (Duby, 1995).

10. Conclusiones

En cualquier caso, su comportamiento, esencialmente violento y oportunista, responde a una sociedad donde la presión sobre los recursos y la guerra son una constante; donde el prestigio, obtenido a través de la valentía y de la generosidad, se convierte en un activo vital para mantener y expandir las alianzas. Todos estos elementos, presentes en sociedades tan dispares como la Grecia homérica, la Galia céltica o la costa noroeste de América (Johnson y Earle, 2003), tomaron sus rasgos distintivos en esta época gracias al cristianismo.

C'est fini.

sábado 25 de junio de 2011

El caballero medieval (IV): la ceremonia y los inicios de la juventud


Entre la nobleza medieval, la juventud como etapa de la vida separada de la niñez comenzaba el mismo día de recibir las armas; a partir de entonces, el joven era ya un caballero preparado para los torneos, la guerra y la aventura, que se prolongarían durante largos años hasta su definitivo establecimiento, cuando tomase esposa y residencia. Así, vemos a Guillermo el Mariscal casarse en 1189, cuando tenía cerca de cuarenta y cinco años, o a Arnauld de Ardres, que permaneció "joven" durante trece años, tomando esposa con algo más de treinta (Duby, 1977). En cualquier caso, la ceremonia de caballería marcaba el inicio de esta larga etapa de la vida.

7. La ceremonia de caballería

Después de un largo aprendizaje físico e intelectual, el paje debía ser armado caballero. Su señor corría con todos los gastos de la ceremonia: proporcionaba el caballo destrero, las espuelas, la espada, la capa y todas las viandas y divertimentos necesarios para celebrar la fiesta. A cambio, esperaba obtener la fidelidad vitalicia del joven (Duby, 1995). De ese modo, los grandes señores trataban de educar y armar a la mayor parte de caballeros posibles; con ello señalizaban su poder frente a posibles rivales al tiempo que renovaban los vínculos de vasallaje con la familia de los jóvenes.

Un poema francés del siglo XIII, el Ordene de Chevalerie, describe con todo detalle los pormenores de la ceremonia, que preferentemente tenía lugar el día de Pentecostés. El día antes, el caballero tomaba un baño para limpiar sus pecados, y conciliaba el sueño en un buen lecho, símbolo del bienestar de que gozaría en el paraíso si lograba ganárse con sus actos. Al día siguiente, en un gran salón del castillo y frente a los huéspedes de la corte, el señor entregaba al joven un cinturón blanco, unas espuelas de oro y, sobre todo, la espada, símbolo de justicia y lealtad. A continuación, le vestía con una túnica blanca, una capa púrpura y unas calzas marrones, para propinarle finalmente ung olpe en el cuello o los hombros; aquel gesto verificaba la madurez del joven y, quizá, transmitía algún poder mágico del señor a su escudero. Por último, el director de ceremonias recordaba al nuevo caballero cuatro máximas que siempre debía tener presentes: nunca consentir la traición ni el falso juramento; honrar a todas las damas y socorrerlas en caso de necesidad; asistir a misa todos los días si era posible; y ayunar los viernes en memoria de los sufrimientos de cristo (Cairns, 2003). Este último gesto mostraba la tendencia hacia la sacralización de los ritos de la caballería, en un principio estrictamente paganos; y, en efecto, en algunas regiones los sacerdotes reclamaban su derecho a dirigir las ceremonias.

En ocasiones, el nuevo caballero mostraba su habilidad ante el público derribando de una sola lanzada unos maniquíes llamados "estafermos". Tras esto, se celebraba un banquete que podía durar varios días, donde el nuevo caballero hacía muestras ostensibles de generosidad: regalaba todo tipo de bienes a sus invitados y entregaba abundantes monedas de plata a trovadores, menestrales, juglares y bufones para que cantaran sus hazañas por toda la comarca (Duby, 1995).

lunes 20 de junio de 2011

La guerra marcha al ritmo de las estaciones


Buena descripción de Braudel para el caso mediterráneo, en el siglo XVI (1966, pp. 321, 322):
Es raro que una cosecha salga bien de todos los peligros que sucesivamente la amenazan. Los rendimientos son, pues, por término medio, muy pobres, y a la vista de la reducida superficie de los sembrados, el Mediterráneo está siempre al borde del hambre. Basta conque se produzcan unos cuantos cambios bruscos de temperatura o falte la lluvia, para poner en peligro la vida del hombre. Todo cambia entonces: hasta la política. Si se contaba con una cosecha abundante de cebada en los confines de Hungría, podía tenerse la seguridad de que el gran señor no se empeñaría en una guerra activa, pues no tendría con qué cebar los caballos de sus spahis. Si, al mismo tiempo, faltaba el trigo -lo que no era nada raro en los tres o cuatro graneros del mar-, cualesquiera que fuesen los planes belicosos concebidos durante el invierno o la primavera, la gran guerra de las escuadras se paralizaría por fuerza en la época de las cosechas, que era también la de las calmas marítimas y la de las operaciones navales. Pero, al mismo tiempo, se recrudecían el bandidaje en el campo y la piratería en el mar.
La Historia de la Guerra del Peloponeso, de Tucídides, es un buen ejemplo de lo mismo, dos mil años antes: durante los casi treinta años de guerra, con pocas excepciones, las falanges de hoplitas o las escuadras de trirremes partían a inicios de verano y se retiraban en otoño. Entonces, la carencia de víveres, los vientos que agitaban el mar o las heladas aconsejaban evitar las expediciones lejanas. Y esto ha sido así hasta casi la Segunda Guerra Mundial.

domingo 19 de junio de 2011

El caballero medieval (III): la familia y la primera educación


5. La familia

En general, la familia aristocrática reproducía la estructura de la familia campesina a un nivel superior, si bien los vínculos de linaje eran más fuertes. Dado que la mortalidad infantil era muy alta, las familias tendían a engendrar muchos hijos: sabemos que Arnoul de Ardres tuvo cuatro hermanas y cinco hermanos, y éste no era un caso infrecuente (Duby, 1995). Hasta los seis o siete años, hermanos y hermanas vivían -y vestían- de una forma similar, ocupados en juegos de diverso tipo, desde los aros y las muñecas hasta el micado. No obstante, lo más probable es que pasaran el tiempo al aire libre, quizá "chapoteando en un estanque al pie de la muralla", como nos cuenta el padre Lambert (Ibídem).

A partir de los seis o siete años, las niñas eran separadas de los niños; entonces pasarían la mayor parte del tiempo en el patio o en la cámara, junto a la dama del castillo. Ésta era la madre de familia: engendraba a los herederos del señor, cuidaba de los vástagos, guardaba los adornos, las ropas y las reservas de comida. Toda la población femenina estaba en su poder, y contaba con un grupo de criadas escogidas entre las jóvenes campesinas del distrito, a quienes trataba a golpe de vara. Con ayuda de éstas y de las mujeres de la familia, dedicaba la mayor parte de su tiempo al trabajo de la lana, el lino y el cáñamo; el gineceo del castillo era un pequeño taller de hilado y de tejido donde se confeccionaba la mayor parte de vestidos de uso doméstico. Allí era donde las jóvenes de la familia aprendían el arte de la confección, que más tarde ocuparía casi toda su vida conyugal.

Los varones dejaban la casa mucho antes que sus hermanas; con seis o siete años se apartaban de su madre y de las nodrizas para iniciar su propio camino, lejos del hogar familiar. Muchos de ellos eran enviados a abadías y catedrales, cuyas escuelas los preparaban para el oficio de monje o sacerdote. Otros, en especial el primogénito, eran enviados a vivir en casa de un pariente -con frecuencia, el tío materno- o de un señor para instruirse en el oficio de caballero (Ibídem).

6. La educación y las virtudes caballerescas

Los jóvenes que ingresaban en una escuela catedralicia o abacial recibían rudimentos de escritura y gramática latina, y aprendían a servirse de las Sagradas Escrituras y los libros litúrgicos. En cambio, la mayor parte de los caballeros de finales del siglo XII eran analfabetos; tales actividades no formaban parte de su educación. Por el contrario, se les enseñaba a hablar en público: la elocuencia y el don de la palabra eran muy apreciados entre los caballeros, que debían mostrar su agilidad e inteligencia en las asambleas, las cortes y los tribunales de justicia (Ibídem).

Los jóvenes podían ser encomendados al tío materno, que se encargaba de su instrucción, pero muy frecuentemente pasaban al servicio del señor de su padre; de ese modo, el pacto de vasallaje se renovaba de una generación a otra. El niño, por tanto, entraba en una casa mucho mayor que aquella en la que había nacido, pasando a formar parte de una familia mucho más numerosa y rica. Comería durante una docena de años en la mesa del patrón; al principio en un extremo, pero cada vez más cerca conforme avanzara en su instrucción. A veces incluso dormiría a los pies de su cama. Su madre, ya lejana, sería reemplazada por la dama del castillo, a quien se esforzaría en complacer.

Para avanzar en su camino hacia la caballería debía, ante todo, fortalecer su cuerpo mediante el ejercicio físico. Desde el momento de su llegada se le ponía en contacto con los caballos; se le enseñaba a darles de comer, a cuidarlos, a ajustar y reparar sus arreos y, desde luego, a montarlos. También se le enseñaba el uso de la espada y, sobre todo, de la lanza, con la que debía herir o desmontar a los jinetes rivales; era el arma del caballero por excelencia.

A través de las cacerías, como auxiliar del señor y de sus caballeros, el joven tomaba contacto con el bosque y las bestias salvajes, al tiempo que se acostumbraba a rigores similares a los que habría de soportar en la milicia. Para abatir a las fieras usaba inicialmente el arco, arma reservada a los plebeyos; más adelante se le dejaría emplear la espada y la lanza. En cualquier caso, la caza era una de las ocupaciones habituales de la nobleza, que la practicaba por su valor como ejercicio físico, por el sabor de la carne salvaje y como entretenimiento en los períodos de paz (Ibídem).

En la corte de su señor, el joven debía comportarse de forma decorosa, dar consejos juiciosos, hablar con soltura de asuntos serios y ser amable con los caballeros y damas del castillo. Por este motivo debía cultivar su intelecto y su corazón. El patrón ejercía de maestro, ayudado por la dama y los sacerdotes de la casa, que trataban de inculcarle el ideal del Miles Christi; el caballero que combate en defensa de la Iglesia y de los débiles. Para el capellán Esteban de Fougères, que escribe a finales del siglo XII, la caballería se distingue ante todo por su código moral, que consiste en tres valores fundamentales: la valentía, la lealtad y la sumisión a la Iglesia. Roberto de Blois, a mediados del siglo XIII, considera que los nobles deben ser corteses, practicar las virtudes cristianas y ser solidarios. A su vez, los caballeros valoran los actos de largueza y generosidad: se trata de una moral de clase que tiende a convertir la aristocracia en un cuerpo homogéneo, reconocible por sus códigos de conducta (Duby, 1977).

El señor, que coleccionaba valiosos libros, hace leer su relato ante los jóvenes de la casa, que escuchan atentos las historias acerca de los emperadores romanos, el rey Arturo, Roldán o los cruzados de Tierra Santa. A su vez, los escuderos, guiados por la dama de la casa, se afanan en aprender a cantar y bailar con gracia para ganar el favor de las doncellas. Con ocasión de los grandes banquetes, el señor de la casa acoge a varios juglares, que recitan poemas, bailan y tocan instrumentos; es entonces cuando deben mostrar sus virtudes ante los habitantes del castillo y sus invitados (Duby, 1995).