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viernes, 5 de abril de 2013

La guerra en un contexto de descenso demográfico

Hemos comentado en alguna ocasión que la guerra aparece históricamente asociada al crecimiento demográfico. La expansión de la población da lugar a conflictos entre comunidades por el control de los recursos, lo que sirven tanto para limitar la natalidad dentro de cada comunidad (a través de métodos anticonceptivos, infanticio, etc.) como para mantener a las comunidades lo suficientemente alejadas entre sí, de forma que conserven un área de explotación lo suficientemente grande para su sustento. Esta explicación se ajusta bastante bien al caso de los machiguenga de la selva amazónica y a los casos registrados de diferentes sociedades protohistóricas (egipcios predinásticos, celtas, griegos de la Edad Oscura, etc.).

Sin embargo, bajo determinadas circunstancias sucede lo contrario: la guerra puede recrudecerse a causa de un descenso demográfico. Como comentan Michel Balard y otros, la depresión demográfica de los siglos XIV y XV en Europa, con la consiguiente reducción de las rentas, presionaron a los señores feudales a buscar nuevas fuentes de ingresos a través de la guerra (la negrita es mía):
Las rentas de la aristocracia terrateniente disminuyeron de año en año. Para compensar esta disminución, los nobles y todos los que vivían de las rentas de la tierra buscan otras fuentes de ingresos, como por ejemplo el bandidaje que, en estos tiempos turbulentos, suponía pocos riesgos; hay ejemplos famosos, en Francia e Inglaterra, de nobles bandidos (los Folville, por ejemplo), pero más graves eran las usurpaciones sistemáticas de las propiedades ajenas que solían llevar a cabo muchos señores propietarios de tierras.
De esta fecha datan, por cierto, numerosas guerras civiles entre diferentes sectores de la nobleza y la monarquía.

viernes, 23 de marzo de 2012

Las bases del Imperio carolingio


El Imperio carolingio, vigente desde la segunda mitad del siglo VIII hasta la primera mitad del IX, aparece como una excepción notable en la historia de la Edad Media.

Desde el siglo III era evidente en toda Europa occidental una depresión demográfica y económica, que en última instancia desencadenó la quiebra del Imperio romano. Como hemos visto en otros posts, éste se disolvió en una serie de poderes locales (obispados, aristocracias romano-germánicas, etc.), formalmente culminados por las nuevas monarquías de origen bárbaro (visigodos, anglosajones, francos, etc.).

La depresión demográfica, la autarquía económica y la consiguiente preeminencia de la propiedad inmobiliaria brindaban pocas opciones de expansión a las monarquías centrales. Sus resultados obvios eran la descentralización política y la protofeudalización. Sólo a partir del siglo XI, coincidiendo con una nueva coyuntura demográfica y económica, empezará una lenta consolidación basada en las economías militares de escala y en la alianza entre ciudades y monarquía (lo que permitía a esta última obtener ingresos líquidos a cambio de privilegios comerciales). La culminación de este proceso son las monarquías autoritarias y absolutas de la Edad Moderna.

Así pues, la emergencia del Imperio carolingio en el siglo VIII parece una excepción inexplicable. ¿Cuáles son sus bases estructurales?

A nivel político, está formado por unos 300 condados elegidos y revocables por el emperador, así como varias marcas en los territorios fronterizos (Hispania, Sajonia, Panonia, Bretaña). Cada región conserva sus propias leyes, y los impuestos directos de época romana han desaparecido casi completamente. El emperador sólo obtenía ingresos de las rentas de sus dominios (tierras fiscales), de las multas judiciales (las freda), de las multas militares y de impuestos indirectos sobre un escaso comercio*. La administración palatina envía periódicamente por el Imperio a unos agentes reales (missi dominici) encargados de corregir los abusos de condes y marqueses, de impartir justicia y de proponer sanciones. Pero eso es todo.

El Estado consiste en una pirámide de relaciones vasalláticas culminadas en el emperador. Éste emplea sus dominios reales (tierras fiscales) para concederlos a sus vasallos, que a cambio le deben lealtad y obediencia, si bien las tierras vuelven a manos del emperador a la muerte de éstos. De ese modo, se forma un grupo de vasallos reales (vassi dominici) que acompañan al monarca en todas sus campañas. Todos los hombres libres tienen obligación de prestar un servicio militar, pero en la práctica sólo se convoca a quienes habitan cerca de la región donde se va a luchar. Esto implica que las economías militares de escala son escasas, puesto que las regiones fronterizas no se benefician del potencial militar del conjunto del imperio (salvo en lo que se refiere a los vasallos directos del rey).

Dado que el Imperio carolingio no proporciona economías significativas (a nivel de escala o de costes de transacción), su existencia fugaz debe apoyarse en una circunstancia excepcional.

El emperador debe su poder a la guerra: gracias a ella amplía con frecuencia sus dominios reales (tierras fiscales), que así puede repartir entre más guerreros, ampliando la nómina de vasallos a su servicio. A su vez, los éxitos militares en sí mismos atraen a nuevos caballeros bajo su servicio con la perspectiva de obtener botín. Pero cuando las conquistas se estancan, el número de vasallos tiende a reducirse, o bien éstos tienden a independizarse: al morir los vasallos, sus propiedades retornan al dominio real y sus descendientes se desligan del emperador; o bien los descendientes de los vasallos presionan al monarca para que se les conceda la misma tierra en plena propiedad, dado que ya no pueden obtener nuevos dominios en el extranjero. En ambos casos, el poder central se reduce.

Así pues, el Imperio carolingio debe su existencia a las oportunidades de conquista en las fronteras del núcleo del reino franco (Aquitania, Baviera, Bretaña, Sajonia, Lombardía, norte de Hispania, etc.), donde sus enemigos eran técnicamente inferiores**. Dado que los dominios reales aumentaban en mayor medida que los de sus vasallos a cada conquista***, los éxitos militares pusieron en marcha una retroalimentación positiva entre conquistas, dominios reales, número de vasallos y poder imperial que cesó tan rápidamente como se alcanzaron territorios demasiado lejanos o demasiado difíciles de doblegar.

La nobleza local, reforzada por la adquisición a perpetuidad de sus honores y beneficios (en suma, tierras), tendió a fomentar las luchas dinásticas por el acceso al trono, donde apoyaba a unos u otros candidatos a cambio de obtener nuevos dominios. Así, Carlos el Calvo (840-877) distribuyó cuatro veces más tierras fiscales que Carlomagno.

El pacto de Verdún (843), las guerras civiles, las invasiones vikingas y las razzias musulmanas pondrán el punto y final a los sueños de unidad. Finalizada la experiencia imperial, y un vez equiparada toda Europa occidental a nivel técnico, daba comienzo la época feudal clásica.

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* El comercio es escaso respecto a épocas posteriores, pero no respecto a la época inmediatamente anterior. El imperio carolingio logró cierto excedente económico a través de la acuñación de plata y del movimiento interregional de bienes, que conectaba sobre todo por vía fluvial los diferentes centros de comercio.

** Una prueba de ello es que las principales exportaciónes del Imperio carolingio en dirección a los territorios del Norte y el Este de Europa consistían en armamento. De hecho, Carlomagno confiscó en alguna ocasión estas exportaciones por motivo de seguridad interna.

*** Esto es fácil de demostrar con un ejemplo sencillo. Supongamos que el territorio inicial franco está dividido en 4 áreas; 1 de ellas propiedad real y las otras 3, propiedad real cedida en usufructo a sus vasallos nobiliarios. Si el territorio aumenta de 4 a 6 áreas, el monarca puede ceder 3 propiedades para sus vasallos y conservar otras 3. Si vuelve a aumentar hasta 8 áreas, puede conservar 5 y ceder 3. Por último, si las conqusitas aumentan el territorio hasta 10 áreas, puede retener 7 y ceder 3. Así, las conquistas garantizan que el emperador pueda redistribuir 3 parcelas para mantener constante el número de vasallos, al tiempo que expande el dominio real directo en relación a los dominios de sus vasallos.

martes, 28 de junio de 2011

Epílogo: el caballero medieval como adaptación


"El ideal es una flor cuyas raíces son las condiciones materiales de existencia" - Proudhon.

En la introducción decíamos que el comportamiento y los valores del caballero medieval adquieren sentido como adaptación a un determinado contexto ecológico, demográfico y tecnológico, pero tengo la impresión de que el trabajo ha terminado convirtiéndose en un relato casi literario sobre su vida cotidiana, con una breve introducción sobre las "condiciones materiales y culturales" donde no se percibe ninguna relación causal. En este artículo trataré de remediarlo.

En primer lugar, los hechos. El caballero medieval se distingue por su comportamiento agresivo (idealmente controlado), que tiene como finalidad obtener botín, gloria y oportunidades de matrimonio. Al mismo tiempo, el caballero tiende a ser pródigo con sus bienes, y gasta cuanto tiene con sus camaradas de armas y vasallos directos; valora el honor (es decir, la buena reputación, vinculada casi siempre al linaje), las virtudes cristianas y la justicia, que deberían plasmarse en la defensa de los débiles y la sumisión a la Iglesia.

En segundo lugar, la explicación, los por qués. La gran pregunta que debemos responder aquí es por qué los valores y el comportamiento de la caballería medieval triunfaron en la Europa occidental entre los siglos XI y XIII d. C., antes que en otros lugares y en otras épocas [1]. Al asignar diferentes grados de probabilidad a su aparición y éxito, la Historia se convierte en ciencia.

Dada la densidad demográfica y la tecnología de la Edad Media Plena, para las comunidades aldeanas era más rentable defender un territorio que huir de él. En un contexto demográfico menos denso, la respuesta ante agresiones externas podía haber consistido en desplazarse a otros territorios, con la idea de que éstos serían igual de productivos que los ocupados previamente. No obstante, en el siglo XI las áreas cultivables eran escasas en relación a la población, puesto que los medios técnicos tornaban inaccesible el cultivo de muchas zonas, al tiempo que debía mantenerse cerca de la mitad de las tierras en barbecho durante prolongados períodos de tiempo para recuperar su fertilidad. Como resultado, sólo podía cultivarse a la vez una fracción muy pequeña de las tierras, y los campesinos debían resistir a las agresiones externas si querían conservar su nivel de vida, pues no encontrarían parcelas de una fertilidad similar en otro lugar.

La necesidad de defensa frente a las agresiones externas, unido a las economías de escala derivadas de la aparición del estribo, dieron como resultado la aparición de una clase de caballeros equipados con armadura, que podían vencer a cualquier grupo de bandidos o campesinos armados. Así, las comunidades aldeanas tendieron a rendir homenaje a estos guerreros montados a cambio de protección; o bien, los propios caballeros tendieron a conquistar sus tierras y exigirles rentas a cambio del mismo servicio. Como era necesario poseer cerca de 150 hectáreas de tierra para costearse el equipo de caballero, pronto la presión sobre las tierras desembocó en conflictos armados entre señores; este es el origen de la guerra feudal. Así se explican también las aventuras de juventud, que alejaban del hogar familiar a los segundones que no se había podido colocar en el sacerdocio, al tiempo que, a causa de la elevada mortalidad derivada de la guerra, tendían a reducir el número de hijos que optaban a la herencia paterna -y, de ese modo, garantizaban la transferencia íntegra del patrimonio al primogénito. Por otro lado, las aventuras de juventud permitían adquirir prestigio y reputación, vitales para maximizar las oportunidades de matrimonio, extender las redes de alianzas y los pactos de vasallaje durante la vida adulta.

Los imperativos de la defensa y la adquisición de tierras, así como la exposición constante a los peligros de la guerra, incentivaban los comportamientos agresivos y el énfasis en valores como el honor, que tendía a disuadir enemigos y atraer vasallos y aliados. La largueza, los regalos constantes y el despilfarro (plasmado habitualmente en copiosos banquetes), al señalizar la capacidad de un caballero para obtener botín, indicaban su audacia militar y aumentaban su capacidad de atraer los servicios de otros caballeros, vasallos y aliados. Por último, el énfasis en las virtudes cristianas, al mitigar el abuso de los señores sobre sus vasallos, daba cierta seguridad a los campesinos y garantizaba la producción agraria, vital para la supervivencia de los linajes nobiliarios. [2]

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[1]: Al hacerlo también explicamos por qué otros espacios geográficos y otras épocas han dado individuos de características muy parecidas.

[2]: Esto guarda muchas similitudes con el origen de las vacas sagradas en la India; en ambos casos, se trata de proteger mediante la ideología un activo valioso a largo plazo que está muy expuesto a los abusos puntuales a corto plazo.

lunes, 27 de junio de 2011

El caballero medieval (V): la aventura y el establecimiento


10. La aventura

La costumbre imponía al padrino del caballero proporcionar al recién armado el medio de acudir a los torneos durante dos años, con el fin de difundir la fama de la casa, cuyos colores llevaba pintados en su escudo y bordados en su cota de armas. De ese modo, los jóvenes caballeros erraban como los héroes de las novelas, de región en región, en busca de gloria, riqueza y lances amorosos.

Cabe apuntar, en primer lugar, que un señor solía armar varios caballeros en una misma ceremonia, de forma que éstos formaban una suerte de compañía, criados desde la infancia en el mismo castillo y unidos en torno al joven de más rango -a quien prestaban vasallaje a cambio de armas, dinero y liderazgo-. En segundo lugar, puesto que la juventud - tal y como aparece en las fuentes- se caracteriza por la impaciencia, la turbulencia y la inestabilidad, los padres y padrinos solían encomendar a sus hijos a un caballero de más experiencia -con frecuencia, un familiar cercano-, que se encargaba de aconsejarles, de contenerles, de finalizar su educación y de conducir su itinerario hacia los torneos más provechosos. En efecto, el vagabundeo era un complemento necesario de la formación del joven.

La alegría reinaba en estos grupos: el jefe gastaba sin límites, amaba el lujo, el juego, los caballos y los perros. Cortejaba a las damas sin pudor, contrataba prostitutas y, en general, brindaba a sus camaradas todos los placeres que estaban en su mano; las costumbres eran muy libres. Pero, sin duda, la principal diversión de estos grupos eran los torneos, donde se batían con el afán de obtener premios, riquezas y honores. Igualmente, estaban siempre dispuestos para la guerra: atizaban los focos de turbulencia en las regiones fronterizas y proveían de los mejores contingentes a las expediciones lejanas, como las Cruzadas. Estos jóvenes, a su vez, se distraían en los banquetes, los bailes y el cortejo de las damas y las doncellas; ellos eran los principales consumidores de la nueva literatura amorosa, donde un joven servidor brindaba su amor a una dama ya casada (Kleinschmidt, 2009). Como forma de promoción social, muchos esperaban encontrar una esposa entre las grandes familias aristocráticas, y no era infrecuente que muchas quedaran viudas a causa de los lances de la guerra. La juventud aristocrática de la Francia del siglo XII es, como dice un reputado historiador, "una jauría que las casas señoriales dejan en libertad para aliviar el exceso de poder expansivo, a la conquista de la gloria, de la riqueza y de las presas femeninas" (Duby, 1977). Su conducta se explica no sólo por una cuestión hormonal o militar, sino esencialmente por tres motivos complementarios. En primer lugar, el vagabundeo constituye una buena forma de reducir la tensión entre los primogénitos y sus padres, todavía relativamente jóvenes, al tiempo que mantiene ocupados a los hijos segundones que no se han podido colocar en el sacerdocio. El hecho de que la mayor parte de los jóvenes permaneciese en situación de peligro y celibato redujo notablemente los riesgos de desmembramiento de las herencias. En segundo lugar, la vida errante tenía como objetivo lograr un matrimonio ventajoso, tanto si éste era obtenido por los padres mediante su negociación con otras familias, como si era ganado por el joven mediante el cortejo de alguna docella o de una viuda. En este sentido, el tercer factor está muy vinculado con el segundo: adquirir prestigio y reputación era vital para maximizar las oportunidades de matrimonio, aunque también para garantizar las alianzas y los pactos de vasallaje durante la vida adulta (Duby, 1977).

9. La madurez

Una vez casado, el caballero medieval iniciaba la vida propiamente adulta: tomaba posesión de un castillo -cedido por su padre o por la familia de su esposa- y se convertía en jefe de familia. Adquiría derechos de bando sobre los campesinos a su servicio, cuidaba su red de alianzas y se preocupaba por el bien de su alma, construyendo capillas o realizando grandes donaciones a la Iglesia. Se esperaba que fuera pródigo con sus bienes, que repartía con generosidad entre sirvientes y vasallos, y hospitalario con los huéspedes, a quienes colmaba de honores. Todo gentilhombre tenía el deber moral de acoger a individuos de su mismo status. Por este motivo, estaba siempre endeudado con otros caballeros o con los burgueses de la ciudad (Duby, 1995).

10. Conclusiones

En cualquier caso, su comportamiento, esencialmente violento y oportunista, responde a una sociedad donde la presión sobre los recursos y la guerra son una constante; donde el prestigio, obtenido a través de la valentía y de la generosidad, se convierte en un activo vital para mantener y expandir las alianzas. Todos estos elementos, presentes en sociedades tan dispares como la Grecia homérica, la Galia céltica o la costa noroeste de América (Johnson y Earle, 2003), tomaron sus rasgos distintivos en esta época gracias al cristianismo.

C'est fini.

sábado, 25 de junio de 2011

El caballero medieval (IV): la ceremonia y los inicios de la juventud


Entre la nobleza medieval, la juventud como etapa de la vida separada de la niñez comenzaba el mismo día de recibir las armas; a partir de entonces, el joven era ya un caballero preparado para los torneos, la guerra y la aventura, que se prolongarían durante largos años hasta su definitivo establecimiento, cuando tomase esposa y residencia. Así, vemos a Guillermo el Mariscal casarse en 1189, cuando tenía cerca de cuarenta y cinco años, o a Arnauld de Ardres, que permaneció "joven" durante trece años, tomando esposa con algo más de treinta (Duby, 1977). En cualquier caso, la ceremonia de caballería marcaba el inicio de esta larga etapa de la vida.

7. La ceremonia de caballería

Después de un largo aprendizaje físico e intelectual, el paje debía ser armado caballero. Su señor corría con todos los gastos de la ceremonia: proporcionaba el caballo destrero, las espuelas, la espada, la capa y todas las viandas y divertimentos necesarios para celebrar la fiesta. A cambio, esperaba obtener la fidelidad vitalicia del joven (Duby, 1995). De ese modo, los grandes señores trataban de educar y armar a la mayor parte de caballeros posibles; con ello señalizaban su poder frente a posibles rivales al tiempo que renovaban los vínculos de vasallaje con la familia de los jóvenes.

Un poema francés del siglo XIII, el Ordene de Chevalerie, describe con todo detalle los pormenores de la ceremonia, que preferentemente tenía lugar el día de Pentecostés. El día antes, el caballero tomaba un baño para limpiar sus pecados, y conciliaba el sueño en un buen lecho, símbolo del bienestar de que gozaría en el paraíso si lograba ganárse con sus actos. Al día siguiente, en un gran salón del castillo y frente a los huéspedes de la corte, el señor entregaba al joven un cinturón blanco, unas espuelas de oro y, sobre todo, la espada, símbolo de justicia y lealtad. A continuación, le vestía con una túnica blanca, una capa púrpura y unas calzas marrones, para propinarle finalmente ung olpe en el cuello o los hombros; aquel gesto verificaba la madurez del joven y, quizá, transmitía algún poder mágico del señor a su escudero. Por último, el director de ceremonias recordaba al nuevo caballero cuatro máximas que siempre debía tener presentes: nunca consentir la traición ni el falso juramento; honrar a todas las damas y socorrerlas en caso de necesidad; asistir a misa todos los días si era posible; y ayunar los viernes en memoria de los sufrimientos de cristo (Cairns, 2003). Este último gesto mostraba la tendencia hacia la sacralización de los ritos de la caballería, en un principio estrictamente paganos; y, en efecto, en algunas regiones los sacerdotes reclamaban su derecho a dirigir las ceremonias.

En ocasiones, el nuevo caballero mostraba su habilidad ante el público derribando de una sola lanzada unos maniquíes llamados "estafermos". Tras esto, se celebraba un banquete que podía durar varios días, donde el nuevo caballero hacía muestras ostensibles de generosidad: regalaba todo tipo de bienes a sus invitados y entregaba abundantes monedas de plata a trovadores, menestrales, juglares y bufones para que cantaran sus hazañas por toda la comarca (Duby, 1995).

domingo, 19 de junio de 2011

El caballero medieval (III): la familia y la primera educación


5. La familia

En general, la familia aristocrática reproducía la estructura de la familia campesina a un nivel superior, si bien los vínculos de linaje eran más fuertes. Dado que la mortalidad infantil era muy alta, las familias tendían a engendrar muchos hijos: sabemos que Arnoul de Ardres tuvo cuatro hermanas y cinco hermanos, y éste no era un caso infrecuente (Duby, 1995). Hasta los seis o siete años, hermanos y hermanas vivían -y vestían- de una forma similar, ocupados en juegos de diverso tipo, desde los aros y las muñecas hasta el micado. No obstante, lo más probable es que pasaran el tiempo al aire libre, quizá "chapoteando en un estanque al pie de la muralla", como nos cuenta el padre Lambert (Ibídem).

A partir de los seis o siete años, las niñas eran separadas de los niños; entonces pasarían la mayor parte del tiempo en el patio o en la cámara, junto a la dama del castillo. Ésta era la madre de familia: engendraba a los herederos del señor, cuidaba de los vástagos, guardaba los adornos, las ropas y las reservas de comida. Toda la población femenina estaba en su poder, y contaba con un grupo de criadas escogidas entre las jóvenes campesinas del distrito, a quienes trataba a golpe de vara. Con ayuda de éstas y de las mujeres de la familia, dedicaba la mayor parte de su tiempo al trabajo de la lana, el lino y el cáñamo; el gineceo del castillo era un pequeño taller de hilado y de tejido donde se confeccionaba la mayor parte de vestidos de uso doméstico. Allí era donde las jóvenes de la familia aprendían el arte de la confección, que más tarde ocuparía casi toda su vida conyugal.

Los varones dejaban la casa mucho antes que sus hermanas; con seis o siete años se apartaban de su madre y de las nodrizas para iniciar su propio camino, lejos del hogar familiar. Muchos de ellos eran enviados a abadías y catedrales, cuyas escuelas los preparaban para el oficio de monje o sacerdote. Otros, en especial el primogénito, eran enviados a vivir en casa de un pariente -con frecuencia, el tío materno- o de un señor para instruirse en el oficio de caballero (Ibídem).

6. La educación y las virtudes caballerescas

Los jóvenes que ingresaban en una escuela catedralicia o abacial recibían rudimentos de escritura y gramática latina, y aprendían a servirse de las Sagradas Escrituras y los libros litúrgicos. En cambio, la mayor parte de los caballeros de finales del siglo XII eran analfabetos; tales actividades no formaban parte de su educación. Por el contrario, se les enseñaba a hablar en público: la elocuencia y el don de la palabra eran muy apreciados entre los caballeros, que debían mostrar su agilidad e inteligencia en las asambleas, las cortes y los tribunales de justicia (Ibídem).

Los jóvenes podían ser encomendados al tío materno, que se encargaba de su instrucción, pero muy frecuentemente pasaban al servicio del señor de su padre; de ese modo, el pacto de vasallaje se renovaba de una generación a otra. El niño, por tanto, entraba en una casa mucho mayor que aquella en la que había nacido, pasando a formar parte de una familia mucho más numerosa y rica. Comería durante una docena de años en la mesa del patrón; al principio en un extremo, pero cada vez más cerca conforme avanzara en su instrucción. A veces incluso dormiría a los pies de su cama. Su madre, ya lejana, sería reemplazada por la dama del castillo, a quien se esforzaría en complacer.

Para avanzar en su camino hacia la caballería debía, ante todo, fortalecer su cuerpo mediante el ejercicio físico. Desde el momento de su llegada se le ponía en contacto con los caballos; se le enseñaba a darles de comer, a cuidarlos, a ajustar y reparar sus arreos y, desde luego, a montarlos. También se le enseñaba el uso de la espada y, sobre todo, de la lanza, con la que debía herir o desmontar a los jinetes rivales; era el arma del caballero por excelencia.

A través de las cacerías, como auxiliar del señor y de sus caballeros, el joven tomaba contacto con el bosque y las bestias salvajes, al tiempo que se acostumbraba a rigores similares a los que habría de soportar en la milicia. Para abatir a las fieras usaba inicialmente el arco, arma reservada a los plebeyos; más adelante se le dejaría emplear la espada y la lanza. En cualquier caso, la caza era una de las ocupaciones habituales de la nobleza, que la practicaba por su valor como ejercicio físico, por el sabor de la carne salvaje y como entretenimiento en los períodos de paz (Ibídem).

En la corte de su señor, el joven debía comportarse de forma decorosa, dar consejos juiciosos, hablar con soltura de asuntos serios y ser amable con los caballeros y damas del castillo. Por este motivo debía cultivar su intelecto y su corazón. El patrón ejercía de maestro, ayudado por la dama y los sacerdotes de la casa, que trataban de inculcarle el ideal del Miles Christi; el caballero que combate en defensa de la Iglesia y de los débiles. Para el capellán Esteban de Fougères, que escribe a finales del siglo XII, la caballería se distingue ante todo por su código moral, que consiste en tres valores fundamentales: la valentía, la lealtad y la sumisión a la Iglesia. Roberto de Blois, a mediados del siglo XIII, considera que los nobles deben ser corteses, practicar las virtudes cristianas y ser solidarios. A su vez, los caballeros valoran los actos de largueza y generosidad: se trata de una moral de clase que tiende a convertir la aristocracia en un cuerpo homogéneo, reconocible por sus códigos de conducta (Duby, 1977).

El señor, que coleccionaba valiosos libros, hace leer su relato ante los jóvenes de la casa, que escuchan atentos las historias acerca de los emperadores romanos, el rey Arturo, Roldán o los cruzados de Tierra Santa. A su vez, los escuderos, guiados por la dama de la casa, se afanan en aprender a cantar y bailar con gracia para ganar el favor de las doncellas. Con ocasión de los grandes banquetes, el señor de la casa acoge a varios juglares, que recitan poemas, bailan y tocan instrumentos; es entonces cuando deben mostrar sus virtudes ante los habitantes del castillo y sus invitados (Duby, 1995).

sábado, 18 de junio de 2011

El caballero medieval (II): el castillo, el señor y los vasallos


Tradicionalmente, el término miles -o, menos frecuentemente, cavallarius- designaba a una clase de guerreros montados al servicio de algún nobilis -o dominus-, en situación de dependencia personal y semilibertad. No obstante, y por diversas circunstancias, a inicios del siglo XII estas diferencias tendieron a desaparecer; los señores adoptaron los ritos y costumbres de la caballería, y ésta terminó convirtiéndose en el rasgo distintivo de ambos niveles de la aristocracia frente a los campesinos (Duby, 1977). Sólo ellos tenían el privilegio de llevar armas y combatir, y estaban normalmente exentos de tributos (Le Goff et al., 1990). Así, nuestro relato empieza en el castillo de alguno de estos aristócratas.

3. El castillo y el hogar

A finales del siglo XII, los castillos eran construcciones muy modestas de tierra y madera, compuestas de una serie de empalizadas, fosos y estacas exteriores que tenían como finalidad impedir el asalto de los jinetes. Comparadas con las fortificaciones de la Alta Edad Media, sus dimensiones eran reducidas y su altura considerable (Bartlett, 2003): en el centro del recinto, sobre un montículo artificial y una nueva línea de fosos, se ubicaba la torre del homenaje, una suerte de torre cuadrada, larga y estrecha. No era raro que los castillos se construyesen en tres o cuatro días, pues bastaba una cuadrilla de trescientos o cuatrocientos campesinos para completar el trabajo. Por este motivo, eran muy frágiles: en cuanto caían a manos del enemigo eran destruidos inmediatamente por el fuego (Duby, 1995). Así, los señores más poderosos trataban de construir sus fortificaciones con materiales más resistentes como la piedra, pero su uso era todavía muy escaso en el siglo XII.

Se ha calculado que por esta época había en Inglaterra hasta 500 castillos construidos, lo que supone una media de un castillo cada 16 kilómetros. El norte de Francia arroja datos similares; se trata de una auténtica militarización de la sociedad (Bartlett, 2003).

La mayoría de torres de homenaje eran construcciones de tres pisos: la planta baja consistía en una habitación oscura para almacenar provisiones y encerrar a los prisioneros; la planta superior servía de puesto de vigilancia; y, entre ambos, la planta intermedia consistía en un salón principal, con diversos usos (Duby, 1995). Sin embargo, éste no era el lugar de habitación habitual: estaba pensado como último refugio ante situaciones de peligro y, en el plano ideológico, servía para señalizar la apropiación señorial de las tierras circundantes. El hogar se encontraba anexo al castillo, pero en el patio, junto a las cuadras, graneros, talleres y chozas de los sirvientes. Era un edificio de madera, muy sencillo, formado por dos habitaciones separadas por un tabique o una cortina: a un lado de la misma se encontraba el salón, donde residía el señor, celebraba banquetes e impartía justicia; al otro lado, el dormitorio, que era íntimo. Muy cerca existía una pequeña estancia para las sirvientas y, más allá, una habitación donde dormían juntos los niños de la casa -hermanos y hermanas-, además de una estancia calentada por el fuego donde las nodrizas cuidaban de los recién nacidos. Por último, en las plantas superiores se encontraban los puestos de vigía y las habitaciones de las hermanas mayores, a quienes se encerraba por la noche. Un corredor llegaba hasta la capilla, donde el capellán de la familia celebraba misa los domingos (Duby, 1995).

Cerca del hogar se encontraba una construcción destinada a la preparación de comidas, con criadero de aves, saladeros para conservar los alimentos y fuegos para asar la carne y cocer los caldos (Ibídem).

4. El señor y los vasallos

Dentro del castillo vivían permanentemente varias decenas de personas, incluyendo la familia conyugal del señor, algunos parientes, caballeros leales y criados. El castellano tenía derecho de bando sobre una serie de aldeas circundantes; es decir, podía dirigir, juzgar y gravar a los "villanos" -y comerciantes- que habitaban en -o transitaban por- ellas, que además le debían rentas y prestaciones gratuitas a cambio de sus servicios de justicia y seguridad. Para ayudarle en esta tarea, el señor contaba con un pequeño grupo de caballeros que residían y comían en su hogar; generalmente se trataba de parientes cercanos -hermanos menores, primos, etc.-, camaradas de infancia o caballeros de los alrededores que le habían sido confiados por sus padres. Éstos formaban la mesnada feudal en caso de expediciones militares y tomaban asiento en su salón a la hora de impartir justicia.

Otros caballeros del distrito, que habían rendido homenaje al señor del castillo a cambio de un feudo con el que mantenerse, acudían periódicamente a las guardias de la fortaleza y se reunían en torno a la bandera del señor frente a los enemigos externos. Aunque se consideraban a sí mismos como iguales, eran en realidad vasallos del castellano. Su señor también estaba comprometido en relaciones de vasallaje con hombres más poderosos que él: así, Badouin de Ardres rendía homenaje al conde de Guines, que a su vez lo hacía del conde de Flandes y éste, finalmente, del rey de Francia. De ese modo, una densa red de homenajes permitía movilizar una cantidad importante de recursos militares en caso de emergencia. Sin embargo, como en ocasiones se rendía homenaje a distintos señores a la vez, los castellanos locales podían apoyar a unos contra otros intermitentemente para conservar su independencia (Ibídem).

viernes, 17 de junio de 2011

El caballero medieval (I): estructuras plenomedievales


Este fragmento forma parte de un trabajo que hice para clase sobre el caballero medieval este cuatrimestre. Confieso que, una vez terminado, las declaraciones de la introducción suenan un poco ambiciosas; por cuestiones de tiempo no he podido extenderme todo lo que quisiera en algunos puntos. Pero aun así creo que es una síntesis aceptable sobre el tema, que cumple con el propósito que me marqué: analizar el caballero medieval priorizando los aspectos materiales y etic (conductuales) sobre los aspectos espirituales y emic (mentales), desprendiéndome de la mística y la aureola romántica que rodea a estos hombres del pasado. Creo que el apartado sobre las 'estructuras' es uno de los más cuidados; precisamente porque la vida del caballero medieval responde, como cualquier acontecimiento de tiempo corto, a estructuras de largo alcance que conviene explicar.

1. Introducción

Para los románticos, la figura del caballero medieval encarna una época donde los valores espirituales pesaban más que la riqueza material; donde el honor, la generosidad y el arrojo eran atributos más valiosos que la razón. Otros vinculan el caballero medieval al ideal cristiano, pues se nos aparece siempre dispuesto a blandir su espada en defensa de los débiles y de la Iglesia. Sin duda, estas ideas tienen su fundamento real, pero transmiten una imagen sesgada de la historia. A través de su vida cotidiana, en este trabajo veremos que el comportamiento del caballero medieval, lejos de ser irracional, adquiere sentido como adaptación a un determinado contexto ecológico, demográfico y tecnológico. En la misma línea, veremos que detrás del significado religioso atribuido a cada aspecto de la vida caballeresca subyacen conductas anteriores al cristianismo, similares a las observadas en otras sociedades de jefatura.

Con esta intención, dividiremos el trabajo en dos partes. En primer lugar, y a modo de introducción, una parte dedicada a las estructuras, donde se exponen los aspectos económicos, políticos y culturales relevantes para entender el comportamiento de un caballero medieval. En segundo lugar, la vida cotidiana del caballero propiamente dicha, tal y como se manifiesta en el norte de Francia entre los siglos XII y XIII. La mayor parte de las referencias corresponden al área comprendida entre el Loira y el Mosa, pero son aplicables, con más cautela, a los caballeros de Alemania occidental, Inglaterra y los reinos cristianos de la Península ibérica.

2. Las estructuras

Por encima de todo, la agricultura es "la industria más importante". Ésta se basaba en el cultivo de cereales y leguminosas y, de forma incipiente, en el cultivo de plantas especializadas como la vid y el lino. En el área franco-flamenca del siglo XIII, el crecimiento -y la concentración- de población había incentivado la desecación de marismas y la construcción de diques, pero con más frecuencia los incrementos en la producción agrícola tomaban la forma de nuevas colonizaciones de tierra o mayores inversiones de trabajo en las ya existentes. Las técnicas, que permanecieron relativamente estables en este período, descansaban en el uso de arados de madera -escasamente de metal, pero con un añadido importante: la reja de vertedera- tirados por bueyes, que removían poco la tierra y agotaban pronto su fertilidad. Por este motivo, se practicaba la rotación bienal y, escasamente, trienal, dejando gran parte del suelo sin cultivar. Apenas se empleaban abonos de origen animal (Duby, 1977).

Las tasas de natalidad y nupcialidad eran altas, pero rebasaban a duras penas las también altas tasas de mortalidad, especialmente infantil. Dado que los métodos anticonceptivos eran pocos e ineficaces, el modo más común de controlar la población era el infanticidio, sobre todo femenino. Así, en Inglaterra, la tasa de masculinidad entre los jóvenes alcanzó una proporción de 130: 100 entre los años 1250 y 1358. "Como en la tradición judeocristiana (el infanticidio) se consideraba homicidio, los padres hacían todos los esfuerzos posibles para que la muerte de los hijos no deseados pareciera puramente accidental" (Harris, 1977). Probablemente, la preferencia por los varones deba atribuirse al empleo de arados, que requieren de notable fuerza física para remover convenientemente la tierra. Esto otorgaría considerable ventaja a las familias capaces de proveerse de individuos fuertes; y dado el dimorfismo sexual, la forma más rápida de hacerlo consistía en seleccionar a los varones sobre las féminas.

La estructura familiar habitual era la familia conyugal, formada por el padre, la madre y los hijos. En el interior del hogar las tareas se dividían en función del sexo: los hombres adultos se encargaban de la asgricultura, el pastoreo, la guerra y las actividades comerciales, mientras que las mujeres se encargaban del cuidado de los animales domésticos, de la elaboración de prendas para uso doméstico, la lavandería, la preparación de alimentos y la crianza de los hijos (Morgan, 2000). El marido ejercía de cabeza de familia, y la ascendencia era patrilineal.

Habitualmente, cada familia campesina cultivaba un mansus, parcela suficiente para su sostenimiento de unas 13 hectáreas de extensión por término medio (Bloch, 1931), que estaba gravada con faenas gratuitas y prestaciones a beneficio del señor (Pirenne, 1986). Dado que se se calcula que un caballero del siglo XII no podía estar correctamente equipado a menos que explotase 150 hectáreas de terreno (Fossier, 2000), cada señorío debía contar con, al menos, 11,54 familias campesinas. Por encima de la familia conyugal existía el grupo de vecinos -en ocasiones fuertemente emparentados- y el linaje. Ambos garantizaban la reciprocidad entre individuos, distribuyendo así los riesgos de invalidez, enfermedades del ganado y malas cosechas, al tiempo que proporcionaban una base para organizar la rotación de cultivos y las transacciones comunes (Pirenne, 1986; Genicot, 1970).

La nobleza hereditaria y los caballeros -dos grupos que por esta época ya tendían a confundirse- conservaron más estrechamente su estructura de linaje con el fin de mantener el control sobre la tierra, evitar los repartos de herencia desastrosos y cooperar militarmente frente a las amenazas -o las oportunidades- externas. No obstante, la forma de articulación típica era el contrato de vasallaje, que implicaba obligaciones mutuas de lealtad y protección entre señores y vasallos con fines esencialmente militares (Kleinschmidt, 2009). Junto con la difusión del estribo, el crecimiento demográfico, la presión sobre los recursos y el creciente valor económico de la tierra incentivaron la aparición de una casta guerrera dedicada a proteger a -y aprovecharse de- los productores directos, que adquirió privilegios militares, judiciales y fiscales. En ese sentido, los valores y la vida cotidiana del caballero franco entre los siglos XII y XIII no son más que una manifestación de esa estructura, aparentemente inmóvil para sus contemporáneos.

Por otro lado, el norte de Francia y Flandes son, por esta época, áreas nucleares: su densidad de población es relativamente alta y cuentan con ciudades industriosas. Algo más de un siglo antes, los caballeros de esta región había extendido el hábito de los torneos (Duby, 1995), y ahora florecían en ese mismo lugar la arquitectura gótica, el escolasticismo y la novela artúrica, "impregnando con su aroma distintivo la civilización del siglo XIII" (Bartlett, 2003). Tal es el contexto donde vive nuestro caballero.

sábado, 16 de abril de 2011

El caballero franco visto por los árabes


"Mi señor, soy caballero a la manera de mi raza y mi familia." - Osama Ibn Munqidh.

En un librito de Trebor Cains sobre los caballeros medievales me encuentro un texto de Ibn Munqidh (1095-1198), un sirio que vivió el apogeo de los reinos cruzados de Tierra Santa, a mediados del siglo XII. En su relato transmite lo que probablemente era la perspectiva común de los árabes sobre los invasores francos -es decir, cristianos de Occidente-. Pego algunos fragmentos:
Los francos (¡Alá los maldiga!) no tienen ninguna virtud, excepto la valentía. Sólo los caballeros tienen cierta importancia y superioridad entre ellos. En realidad, ellos son los únicos que cuentan. También están considerados como los árbitros de los consejos, los juicios y las decisiones. (...). Así, una vez que los caballeros han anunciado su decisión, ni el rey ni cualquier otro jefe de los francos puede alterarla o suavizarla, tal es la importancia de los caballeros a sus ojos (...).

¡Alabado sea Alá, creador y autor de todas las cosas! Pues quien conoce a los francos y todo lo que a ellos se refiere no puede menos que glorificar y santificar a Alá el Todopoderoso; pues no son más que animales, superiores en su valentía y en su dedicación a la lucha, pero en nada más, igual que las bestias son superiores en fuerza y agresividad.
Su perspectiva recuerda a la de Heródoto, cuando habla del "loco heroísmo" de los cántabros y, en general, a la de muchos otros relatos de griegos y romanos que describen a los pueblos bárbaros de la periferia mediterránea (celtas, germanos, escitas, etc.); egipcios y mesopotámicos repiten tópicos similares acerca de los libios, semitas y montañeses de los Zagros. Las civilizaciones urbanas, comerciales y con una densidad demográfica elevada tienden a considerar el comportamiento de sus vecinos en términos étnicos ("no son más que animales"), tomando como biológico lo que es puramente cultural, derivado de unas condiciones ecológicas, demográficas y tecnológicas determinadas. En cualquier caso, es interesante notar que, desprovisto de su estética impresionante, el caballero medieval occidental se nos presenta mucho menos brillante de lo que nos transmite la cultura popular europea.

Por otro lado, es destacable la observación de Munqidh acerca del contrapeso de poderes entre el rey y los caballeros, pues esta peculiaridad terminaría dotando al Occidente europeo de instituciones más estables y derechos de propiedad más seguros; condiciones sine qua non del desarrollo económico a largo plazo. En los estados islámicos, las penas y los códigos nos aparecen como más civilizados, pero la ausencia de contrapesos hizo su aplicación mucho más arbitraria: los magistrados urbanos (en especial el qadí, encargado de la justicia) eran designados por el Estado central, las ciudades y los estamentos carecían de representación política, etc.

martes, 5 de abril de 2011

El banquete en cuatro sociedades de jefatura


Cuando tenga más tiempo ampliaré el post, pero provisionalmente me gustaría señalar las similitudes entre los banquetes practicados por cuatro sociedades distintas: los griegos de la Edad Oscura, los celtas, los caballeros de la cristiandad latina y los indios de la costa noroeste de Norteamérica. Este registro, aunque breve, muestra cómo los elementos superestructurales tienden a convergir cuando la estructura productiva, ecológica y demográfica es similar.


Caso 1: los griegos de la Edad Oscura (siglo VIII a. C.)

Extraído de S. B. Pomeroy et al., La Antigua Grecia: historia política, social y cultural, p. 84:
Por lo general, un jefe recluta a sus seguidores celebrando un gran banquete, en el que demuestra que es un gran caudillo, y con el que estrecha los lazos existentes entre él y sus seguidores. Por ejemplo, Ulises, fingiéndose un caudillo guerrero originario de Creta, cuenta cómo realizó una incursión de saqueo en Egipto. Tras armar nueve naves, dice que reunió a su séquito, "y en mi casa seis días comiendo estuvieron aquellos mis leales amigos (hétairoi): les daba sin duelo mis reses, que a los dioses sirviesen de ofrenda y festín para ellos. Embarcados, al séptimo día levamos de Creta (Odisea, XIV, 247-252).

Caso 2: los celtas de la Segunda Edad de Hierro (s. IV a. C. - VI d. C.)

Extraído de H. Hubert, Los celtas: forjadores de la Europa moderna, p.496:
Los cambios ceremoniales de regalos tienen tal importancia en estas sociedades que llegan a efectuarse por sí mismos, a constituir de por sí ocasiones de fiesta, creando la puja, el desafío, la ostentación y la competencia entre los individuos y los grupos. Hay que imaginarse a estas sociedades reunidas en invierno, y concentrando en este período su liturgia, empleando una buena parte de la mala estación en el intercambio de festines ostentatorios, preparados con anticipación y en un continuo juego de bolsa que siempre va al alza y en el que ganancias y pérdidas se saldan con valores sociales, consideración, rango, posesión de blasones.


Caso 3: los caballeros de la cristiandad latina (siglos XII-XIII d. C.)



Extraído de Georges Duby, El siglo de los caballeros, pp. 128, 129:
El prestigio de un señor se medía por el número de personas que conseguía reunir a su alrededor y alimentar. (...). Cada comida era una ceremonia, la del buen entendimiento entre todos. Uno de los vasallos de Arnoul hacía de maestro de ceremonias. Como en las casas de los mayores príncipes, desempeñaba el oficio de "senescal". Su papel era, al principio, derramar asgua en las manos de los invitados (porque éstos comían con los dedos). Luego, cortar las viandas traídas de las cocinas. Finalmente, repartir los trozos en anchas rebanadas de pan que servían de platos. Los escuderos llenaban de vino unas pocas copas que los comensales se pasaban de mano en mano. A veces, los juglares alegraban el festín. Para que todos se sintieran felices, Arnoul velaba para que se sirviera el pan más blanco, para que no se escatimase la pimienta ni todas las especias olorosas importadas del lejano Oriente. Quería que los platos fuesen sabrosos. Quería que corriese a raudales el vino de la mejor calidad. Y para que las gentes de su casa le sirvieran de buena gana, para que los visitantes recordasen durante mucho tiempo su acogida y difundiesen por todas partes la fama de su largueza, enviaba a comprar a las ferias los hermosos paños que se tejían en las ciudades de Flandes y de Artois, y los ofrecía como regalo a sus amigos con el fin de que la alegría estuviera siempre presente en torno a su persona.

Caso 4: los indios de la costa noroeste de Norteamérica (siglo XIX d. C.)



Extraído de A. W. Johnson y T. Earle, La evolución de las sociedades humanas, p. 222:
Los grandes hombres (jefes) son los promotores de las grandes ceremonias interregionales como el potlatch. Infinidad de sucesos pueden justificar las ceremonias, entre ellos los numerosos eventos del ciclo vital de la familia de un gran hombre: nacimientos, ceremonias de nombramiento, etc. Sin embargo, lo que determina si una ceremonia se celebra o no es el monto de riqueza que un gran hombre ha acumulado. Éste la organizará sólo si tiene una amplia riqueza, puesto que otros grandes hombres no tardarán en ridiculizarlo si su festín no es lo bastante suntuoso. Un objetivo primario es el de hacer público el éxito del grupo y, de este modo, atraer la mano de obra [N: también guerreros] que el gran hombre necesita para explotar los recursos e incrementar la riqueza que tiene a su disposición. (...) son ocasiones para que los grandes hombres compitan por el prestigio, regalando riqueza e incluso destruyéndola. La envidia y la humillación forman parte del festín.

miércoles, 23 de marzo de 2011

El coste de un caballero medieval


En La privatización del Imperio romano y El feudalismo como orden espontáneo apuntábamos a la aparición de la caballería pesada (vinculada con la extensión del estribo) como uno de los factores que explican el orden social de la Edad Media. En este sentido son interesantes los cálculos de Robert Fossier (2000) en relación al coste en hectáreas de tierra de equipar a un caballero medieval:
Todos estos elementos (casco y armadura) junto con la larga lanza, la espada de dos manos y los ornamentos del arnés, necesitan la intervención de un número apreciable de artesanos y de muchos gastos: en el siglo XII se estimaba que un caballero sólo podía estar correctamente equipado si poseía o explotaba 150 hectáreas, en el siglo XIV le hará falta tres veces más (es decir, 450 hectáreas).
¿Explica esto, en alguna medida, la estructura de la propiedad en la Edad Media? Pienso que sí, pues existen indicios para suponer que desde la caída del Imperio romano hasta época de Carlomagno (y más allá) la propiedad de la tierra tiende a concentrarse en pocas manos. Suponiendo que 150 hectáreas dieran para mantener, por ejemplo, a 5 familias; y que cada familia pudiera proporcionar entre 2 y 3 campesinos adultos levemente equipados para la guerra, es evidente que los resultantes 10-15 campesinos no son rival para un caballero equipado con cota de malla, yelmo, escudo, espada y lanza. Por tanto, existen incentivos para que tales familias paguen una renta al caballero feudal a cambio de que éste se comprometa a defenderlas. Así, las economías de escala derivadas de una cuestión puramente tecnológica tienden a repercutir en toda la estructura social (aunque no se trata, ni mucho menos, del único factor) [1].

Este proceso, naturalmente, no tenía por qué ser pacífico: en ocasiones los pequeños propietarios y las comunidades de aldea se encomendaban voluntariamente a un señor (especiamente ante ataques vikingos y musulmanes), mientras que otras veces los señores extorsionaban a los campesinos hasta ocupar definitivamente sus tierras. La cuestión es que, independientemente de la vía, adoptar tal modelo implicaba muchas ventajas en un contexto de competencia por los recursos, aunque la vida de los campesinos no tenía por qué mejorar con ello a largo plazo.

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[1]: Entre otras cabría citar la baja densidad demográfica y la baja productividad del trabajo, que explican por qué los territorios musulmanes o el norte de Italia, conociendo el estribo, desconocieron el feudalismo en sentido estricto.

viernes, 21 de enero de 2011

Una nota sobre materialismo histórico: la superestructura


Últimamente, entre examen y examen, he estado leyendo Los conceptos elementales del materialismo histórico, de Marta Harnecker; un libro sencillo plagado de citas de los clásicos del marxismo, desde los propios Marx y Engels hasta Stalin o Althusser.

Cuando tenga más tiempo me gustaría escribir una crítica más seria; por ahora me conformo con algunas impresiones inmediatas. El motivo por el que saqué el libro es que tenía curiosidad por saber cómo resuelven los marxistas el problema de la relación entre la infraestructura (la base económica de la sociedad) y la superestructura (las manifestaciones ideológicas y las instituciones jurídico-políticas), puesto que Marx y Engels prestaron muy poca atención al tema, más allá de algunas frases certeras que, sin embargo, no resuelven nada. Mi sorpresa ha sido encontrar que Marta Harnecker comparte la misma inquietud que yo, y reconoce las carencias del materialismo histórico en este plano de la ciencia social. De hecho, incluso afirma -y lo respalda con citas de Engels y Althusser, como no podía ser de otro modo- que la filosofía, la ciencia, etc. poseen sus propias leyes, relativamente autónomas, aunque en última instancia puedan relacionarse con la "infraestructura económica" de la sociedad. Engels, en una carta de 1894 dirigida a Starkenburg, dice:
El desarrollo político, jurídico, filosófico, religioso, literario, artístico, etc., descansa en el desarrollo económico. Pero todos ellos repercuten también los unos sobre los otros y... sobre la base de la necesidad económica, que se impone siempre, en última instancia.
En otra carta, esta vez a Franz Mehring, matiza su opinión:
Que un factor histórico, una vez alumbrado por otros hechos, que son en última instancia hechos económicos, repercute a su vez sobre lo que le rodea, e incluso sobre sus propias causas, es cosa que olvidan, a veces muy intencionadamente, esos caballeros.
Cuando un autor debe recurrir a causas y efectos entrecruzados hasta formar una maraña de la que no puede extraerse nada, es un buen síntoma de que hay que cambiar de paradigma. En mi modesta opinión, sería más provechoso tomar una perspectiva basada en: 1) el individualismo metodológico; 2) la percepción de los costes asociados a las acciones individuales. De esa forma, se tornan innecesarios los debates escolásticos acerca de las grandes estructuras y sus relaciones.

Por ejemplo, los marxistas podrían explicar los movimientos ascéticos medievales a partir de las condiciones materiales del campesinado; es decir, afirmarán que la herejía cátara, el franciscanismo, el alumbradismo, etc. no son más que una superestructura ideológica que nace de la infraestructura económica feudal, basada en las relaciones de producción que establecen señores y campesinos en torno a la tierra. Sin embargo, este enfoque, además de no ser falsable; es decir, incapaz de refutar otras interpretaciones alternativas (p. ej. de historiadores idealistas), olvida la cuestión más importante: explicar la relación causal entre infraestructura y superestructura.

En cambio, si adoptáramos una perspectiva individualista y de costes la solución se torna un poco más sencilla -si bien todavía no satisfactoria. Por un lado, los individuos de toda condición social (comerciantes, campesinos, clérigos, etc.) interpretan subjetivamente sus propias condiciones de vida. Por otro lado, un contexto de baja esperanza de vida, pobreza material y baja densidad de población impone costes muy bajos (considerando aquí los costes de oportunidad) a la vida ascética e itinerante. Supongamos que, en un momento previo de mayor esperanza de vida, riqueza material y densidad de población, los costes subjetivamente percibidos por cuatro individuos (A, B, C y D) equivalen a 8. Si la satisfacción que les reporta una vida apostólica es: 4, 5, 6, y 7 respectivamente, deducimos que todos ellos valoran más una vida mundana que la estricta observancia de los valores cristianos, y que por tanto ninguno tomará la vía ascética. Sin embargo, puede suceder que, conforme la densidad de población, la riqueza material y la esperanza de vida desciendan, los costes (insisto: considerando los costes de oportunidad) se reduzcan a 5, de forma que los dos últimos individuos (C y D, que valoran la observancia de los valores cristianos en 6 y 7) encuentren satisfactorio el seguimiento estricto de los preceptos cristianos [1]. Para una mayoría de población, quizá por motivos biológicos, los costes de oportunidad siempre son notablemente altos; pero conforme estos se reducen es más probable que aparezcan individuos dotados de una espiritualidad superior y capaces de renunciar a los placeres de la vida terrenal.

Esto, naturalmente, dista de ser una explicación rigurosa de los movimientos ascéticos medievales, pero sirve para enlazar la "estructura económica" con la "superestructura ideológica", mostrando cómo los individuos modifican su conducta en función de los costes percibidos (subjetivos) o impuestos por el entorno (objetivos). Para ir más allá deberíamos estudiar las manifestaciones de protesta de épocas y lugares distintos, y sólo a continuación explicar por qué en la Edad Media dichas manifestaciones tomaron esa forma específica (la espiritualidad, etc.). De hecho, en este caso concreto la perspectiva de costes es incapaz de explicar por qué la espiritualidad y las órdenes mendicantes cobraron especial fuerza en el siglo XIII, que corresponde al cénit de la Edad Media en cuanto a población y prosperidad económica, aun cuando sí concuerda con las grandes oscilaciones que van desde el Bajo Imperio romano hasta la actualidad.

Aún no estoy muy convencido de este enfoque; quizás habría que aplicarlo a un caso específico hasta sus últimas consecuencias y comprobar los resultados. A priori es evidente que los costos, vinculados a las condiciones materiales, incentivan o desalientan determinadas conductas e ideologías, pero sería necesario tomar más en serio la cuestión.

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[1]: Los deseos y los costes (subjetivos) no pueden cuantificarse, pero asignarles un valor puede servir para representar la distinta intensidad de los mismos. Si el origen de toda acción humana está en la percepción (acertada o errónea) de la posibilidad de pasar de estados de menor a mayor satisfacción, es evidente que el individuo realiza un cálculo inmediato de los costes en relación con la meta que desea alcanzar. Cuantificar ambas sensaciones a nivel teórico puede servir para predecir los efectos de cualquier alteración en alguna de las dos.

viernes, 17 de diciembre de 2010

El comercio marítimo en época precapitalista



En el post anterior decíamos que una de las características del capitalismo es la generalización del trabajo asalariado. Alguno puede pensar que se trata de una quimera; quizá fuese más reducido, acosado por el señorío feudal y la reglamentación de los gremios, pero indiscutible en las relaciones económicas más complejas. Lo cierto es que no: en invierno, los campesinos elaboraban en casa gran parte de los tejidos que vestían a la población urbana; durante la Edad Media, los convoyes de comerciantes que recorrían Europa compartían pérdidas y ganancias, etc. El trabajo asalariado existía, desde luego, pero cumplía funciones auxiliares.

El caso del comercio marítimo es especialmente interesante: tal y como recogen las Tablas de Amalfi [1], no existía una diferencia tajante entre armadores, marineros y mercaderes; todos eran socios de la empresa, traficaban por cuenta propia o común y poseían voz y voto en la administración del navío. Recientemente descubro en Comercio y navegación entre España y las Indias, de Clarence H. Haring, que aquel sistema todavía era habitual en los galeones de la Carrera de Indias durante el siglo XVI. De hecho, no deja de recordar a los usos de la piratería en época de Henry Morgan y Barbanegra, uno y dos siglos después. Os pego un fragmento (pp. 394-395):

Por lo menos hasta muy avanzado el siglo XVI las tripulaciones eran alquiladas en participación, siguiendo la práctica ordinaria que primó en Europa durante toda la Edad Media. A cada persona relacionada con el navío, desde el armador hasta el grumente, se le asignaba cierta proporción en el producto de los fletes y otros beneficios del viaje, de modo que cada uno de ellos tenía interés directo en la empresa. En época de Vitia Linaje (s. XVII) ya era otra la costumbre, pues el monto de los salarios se conservaba y fijaba de antemano, como en la práctica moderna. Parece que bajo el sistema primitivo, tanto el armador como la tripulación elegían cada uno su representante, que unidos computaban los ingresos brutos y después de deducir ciertos gastos generales (inclusive el 2,5% llamado "quintaladas", que se invertía en recompensas especiales para los marineros que hubieran prestado servicios extraordinarios), dividían los beneficios líquidos en tres porciones, dos de las cuales correspondían al dueño y una a la tripulación. La última parte era dividida a su vez en tantas como era menester para que cada marinero recibiese una parte, cada grumete dos terceras partes y cada paje una cuarta parte. Análogo sistema prevalecía en los bajeles portugueses del siglo XVI, donde la unidad de distribución era también el marinero raso. Dos grumetes equivalían a un marinero y tres pajes a un grumete. El contramaestre y cuartelmaestre eran contados por marinero y medio cada uno, y el calafate, carpintero, despensero, barbero-cirujano, capellán, etc., por dos marineros.

Haring menciona que este sistema cayó en desuso a causa del desarrollo de la economía monetaria, la aparición de la clase capitalista y la creciente división del trabajo. Sería un tema a estudiar; puede que otras cuestiones como la proliferación de Compañías privilegiadas de Indias en buena parte de Europa (Inglaterra, Holanda, Francia, Dinamarca, etc.), donde se diferenciaba tajantemente entre accionistas y empleados, fuesen más decisivas. En España, la tendencia restrictiva de la Casa de Contratación durante el siglo XVII pudo tener el mismo efecto, aunque es significativo que los tripulantes todavía conservaran el derecho a llevar una cantidad limitada de mercancías para venderlas por cuenta propia.


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[1]: Las Tablas de Amalfi, escritas en el siglo XI, recogen los usos marítimos vigentes durante gran parte de la Edad Media.

miércoles, 4 de agosto de 2010

El feudalismo como orden espontáneo



Como decíamos en El individualismo metodológico, un error frecuente de los investigadores ha sido presentar como “fenómenos planificados” aquellos fenómenos que en realidad eran “fenómenos espontáneos”, atribuyendo a personajes y épocas concretas lo que solo había podido formarse por la acción de individuos anónimos que, persiguiendo sus propios fines, daban lugar a “cosas más grandiosas de lo que sus mentes en forma individual podían abarcar por completo” (Hayek, 1946).

Este es el caso, como hemos expuesto, del dinero, el derecho, el lenguaje, la escritura, el mercado, las ciudades o la religión.

Y el feudalismo no es una excepción. Durante mucho tiempo los institucionalistas han tratado de explicar su aparición a partir de Carlomagno (ss. VIII-IX); pero si bien este solidificó las instituciones feudales, su origen puede remontarse al Bajo Imperio Romano, incluso antes de su caída oficial en 476 d. C.

Como expusimos en La privatización del imperio romano, el agotamiento de la economía cláica de depredación, basada en la conquista territorial, el saqueo y la obtención masiva de esclavos; junto con la devaluación de la moneda; el control de precios; y la presión fiscal pusieron de relieve la ingobernabilidad de un Imperio excesivamente grande, con la consiguiente multiplicación de incursiones bárbaras, usurpaciones y golpes de Estado. De forma que, mientras el Estado era incapaz de garantizar protección y justicia a sus súbditos, exigía tributos cada vez mayores para restablecer el aparato burocrático y militar.

Dada la creciente inseguridad y presión fiscal, los pequeños campesinos y la plebe huida de las ciudades buscaron la protección de los hombres poderosos [1]. Surgieron así las clientelas y los patronazgos (patrocinium), que consistían en pactos entre individuos de distinta extracción social. A cambio de la supresión de sus deudas o impuestos, los campesinos entregaban prestaciones o propiedades de tierra a los patronos, con la esperanza de garantizarse seguridad y justicia.

Naturalmente, esto implicaba que los patronos tenían fuertes incentivos en proteger la propiedad de sus clientes frente a las agresiones de bárbaros, bandidos y agentes del Estado, de forma que aparecieron bandas militares privadas ligadas a los patronos (bucelarii), y las villas se fortificaron cada vez más. Nacía, lenta pero inexorablemente, el señorío feudal.

A estas instituciones, desarrolladas espontáneamente en el interior del Imperio romano, vendría a sumarse la influencia de los invasores bárbaros, especialmente a partir del siglo V: el patronazgo se mezcló con el comitatus, una institución germánica que implicaba la subordinación de los guerreros libres a un caudillo, a cambio de protección y botín.

A la relación de clientela entre campesinos y patronos se sumaba, por tanto, la dependencia jerárquica entre guerreros y caudillos, y el sincretismo de ambos fenómenos daría lugar al contrato de vasallaje tal y como aparece en Plena Edad Media.

Este contrato consistía, de hecho, en un intercambio de servicios entre señores y vasallos con el fin de saciar sus respectivas carencias (y aprovechar sus respectivas oportunidades) en ausencia de un Estado centralizado. Las redes de vasallaje recorrían toda la estructura social, formando una pirámide de subordinados culminada en el rey, que ayudaba a dotar de estabilidad a la sociedad medieval.

Este intercambio implicaba, por parte del vasallo, la promesa de ofrecer ayuda material y espiritual [2] a su señor en el momento que este lo requiriese; por parte del señor, suponía la obligación de proteger al vasallo frente a agresiones externas, así como de dotarlo de medios de subsistencia. Estos solían materializarse en concesiones de feudos o beneficios, y tenían por objeto tanto facilitar al vasallo que cumpliera con su deber militar (liberándolo del trabajo) como garantizar el cumplimiento del contrato a largo plazo, tomando el papel de fianza (el señor podía recuperar sus feudos si el vasallo no cumplía con su parte) y reduciendo el coste de transacción.

Este contrato se representaba simbólicamente en la ceremonia de homenaje, sancionada más tarde por la Iglesia, en la que el vasallo, arrodillado, colocaba sus manos juntas entre las de su señor: con ello el primero prometía obediencia y, el segundo, protección.

En un principio, no puede hablarse de un estamento noble con funciones guerreras (bellatores): todo aquel que poseía tiempo y recursos suficientes para costearse equipo y entrenamiento de caballero era, de hecho, un caballero. Pero la aparición del estribo, importado de Oriente, daría lugar a importantes transformaciones sociales: en los ejércitos, el peso relativo de la caballería aumentaría, gracias a su incrementada fuerza de choque, y las fuerzas de infantería, compuestas por profesionales o ciudadanos-soldado, caerían en desuso. La posibilidad de juramentos mutuos entre los campesinos para la defensa de sus aldeas, o la competencia entre caballeros para captar vasallos y servidores (como de hecho, sucedió en varias regiones localizadas) se vio truncada: existían importantes economíaas de escala en la provisión de defensa, y la necesidad de extensas áreas cultivadas para sufragar el equipo y entrenamiento de caballero presionaron fuertemente sobre los recursos de la Europa medieval [3].

La Iglesia, que tras el Edicto de Tesalónica (380) había alcanzado la cúspide de la sociedad romana, tomó una posición ambigua en un primer momento: justificadora espiritual de los ricos, asistía materialmente a los pobres, y frecuentemente compitió con los propios señores, ofreciendo mejores condiciones a los campesinos y sirviéndoles ley y justicia en términos menos opresivos [4].

Sin embargo, su posición como principal terranteniente de la Europa medieval la colocó rápidamente al servicio de la nobleza: consciente de su prestigio religioso y cultural –era depositaria de la tradición romana-, atrajo a los guerreros germanos y cristianizó sus ritos, dotándolos de la legitimidad necesaria para gobernar a súbditos cristianos y romanos. [5]

De forma que, en definitiva, como dije en La privatización del Imperio romano:

“El sistema social que surgió de aquella época turbulenta no fue diseñado conscientemente por sus actores, sino que estos, movidos por su propio interés, de forma separada y con el objetivo de saciar las necesidades de seguridad, paz o sustento que previamente había asegurado el Imperio, crearon de forma espontánea unos mecanismos que darían lugar a un orden completamente nuevo (…)”.

La presión sobre los recursos garantizaba una guerra casi permanente (eso sí, a escala local) y, a tenor de esto, los monarcas pudieron reforzar eventualmente su papel como vértice de la pirámide, coordinando los recursos productivos para dedicarlos a empresas bélicas.

Así nacieron personajes como Carlomagno; pero no será hasta la alianza de estos monarcas con la burguesía (tras la revolución urbana, a partir del siglo XI) cuando podrán centralizar el gobierno del Estado y terminar definitivamente con el feudalismo. Pero esto dependerá, naturalmente, del papel que tome la monarquía hacia la nueva clase social: si la respalda, como en Francia, obtendrá una ventaja crucial sobre la nobleza; si, en cambio, desaprovecha su oportunidad, los nobles ganarán un flujo permanente de recursos para consolidar su posición frente a la monarquíaa central, como sucedió en el Sacro Imperio (véase La guerra de los Treinta Años).

Llegados a este punto, la espontaneidad del feudalismo se funde con la acción consciente de los monarcas.

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[1]: Especialmente oligarcas locales y provinciales (decuriones); senadores; altos oficiales del ejército y obispos. En mayor o menor medida, toda la clase dirigente romana participó de la disolución del imperio.

[2]: Nótese que prometer ayuda material y espiritual (auxilium y consilium) es, de hecho, prometer todo lo que una persona puede ofrecer: su fuerza física y riquezas, por un lado; y su experiencia y sabiduría, por el otro. En teoría, el vasallo estataba completamente subordinado a su señor, pero de hecho existían importantes limitaciones consuetudinarias.

[3]: Durante el Bronce Tardío, en Oriente Próximo, tuvo lugar un fenómeno similar: la aparición del carro de guerra eclipsó los ejércitos populares de infantería, y en el plano social supuso el auge de una aristocracia guerrera en detrimento de la masa campesina. En cambio, donde no existían economíaas de escala por motivos tecnológicos: por ejemplo, en la “Edad oscura” griega (ss. XI-IX a. C.) o la II Edad del Hierro celta (ss. V-I a. C.), los ejércitos se componían de mesnadas tribales, donde el papel de los caudillos era infinitamente menos opresivo. Cuando se disuelve el Estado central (en este caso romano) que financia los ejércitos profesionales de infantería, lo usual es que esta tarea sea asumida por el común de la población a una escala local, a menos que factores tecnológicos operen en sentido contrario.

[4]: De hecho, muchos campesinos libres preferirían adscribirse a las propiedades de sus diócesis antes que permanecer al amparo de los señores laicos.

[5]: Sobre este asunto, es interesante cómo los monarcas germanos, que en principio eran electos y estaban sometidos a las asambleas de guerreros, tendieron a aliarse con la Iglesia para disminuir el poder de las instituciones tribales, haciendo proceder su poder de Dios y no del pueblo sobre el que gobernaban (véase Pipino el Breve para el caso de los francos).

domingo, 4 de octubre de 2009

La privatización del Imperio romano










Durante los últimos siglos de la Antigüedad, la escasez relativa de esclavos y la baja productividad del trabajo eran incapaces de proporcionar los recursos suficientes para sufragar las necesidades administrativas y militares del Imperio. Ante eso, los emperadores aumentaron la presión fiscal –en una época en que se desconocía la “ley de Laffer”-, al tiempo que promulgaban leyes para obligar a los magistrados a sufragar sus propios cargos, y a permanecer en ellos de por vida. Unido a las perennes devaluaciones de la moneda y al control de precios, la política imperial forzó la huida masiva de la gente a los campos y el declive del comercio. El sistema económico romano había quebrado.

En ese contexto, el centralizado Estado romano se resquebrajó, consumido por las guerras civiles y las revueltas, y en su lugar surgieron multitud de mecanismos e instituciones descentralizadas encargados de cumplir con sus mismas funciones en materias tales como la seguridad, la ley o el comercio. Aunque los defectos de este nuevo sistema darían lugar al feudalismo, la semilla del contrato y la propiedad privada permanecerían para siempre en el bagaje cultural de occidente, y muchos de sus logros no serían borrados hasta la aparición del absolutismo o de los Estados modernos.

A causa de la explotación fiscal y de la corrupción se restauró la vieja práctica republicana del patronazgo; los campesinos libres se adscribían a la clientela de los hombres poderosos –frecuentemente senadores o altos oficiales- a cambio de la supresión de sus deudas o impuestos. En contraprestación, los campesinos les entregaban diversos servicios, incluso parte de sus parcelas. Sin embargo, estas relaciones eran esencialmente contratos entre iguales que las dos partes podían abandonar en cualquier momento. Se mantuvieron en el tiempo porque ofrecían a los campesinos salidas atractivas (sobre todo de seguridad) frente a las autoridades estatales.

La clase senatorial, en decadencia durante el alto imperio, recupera en esta época un papel prominente a base de intermediar entre los particulares y el Estado, protegiendo a los primeros de los atropellos del segundo u ofreciéndoles cargos. Peligrosamente para Roma, cada vez más gente vivía fuera de los cauces del Estado.
Pero este sistema, al contrario de lo que podría pensarse, no derivó en el feudalismo hasta mucho más tarde, cuando Pipino el Breve intentó hacer indisolubles los contratos en 757, uniendo de por vida al vasallo con su señor; lo que luego fue ratificado por Carlomagno.

En el plano fiscal, los bárbaros intentaron mantener el sistema romano, pero los motines, la huida y el abandono de tierras por parte de la población, que tomaba los impuestos como un signo de servidumbre, lo hicieron inviable. La administración romana no sería restaurada hasta muchos siglos después, sobreviviendo a duras penas en territorios muy romanizados como Hispania o Bizancio.

Ante ese vacío de poder, la Iglesia, que había recibido las propiedades de los poderosos que se refugiaban en sus santuarios huyendo de las magistraturas, y que se había nutrido de clérigos gracias a la exención fiscal y militar, tomó el relevo de la administración romana en muchas de sus funciones. En el campo del bienestar y el orden público, la Iglesia de la Galia e Italia reservaba un cuarto de sus rentas para las viudas y los pobres; y se desarrollaron instituciones de caridad como hospitales para los enfermos, hospicios para los peregrinos y orfanatos para los niños huérfanos.
Los monjes, como dice acertadamente Michel Rouche (1988 [1982]: 116), se convirtieron en “protectores espirituales de los poderosos y en protectores materiales de los pobres”.

La lenta y burocrática justicia romana, sobrecargada de tareas en los siglos IV y V, permitió a la Iglesia que arbitrara en las causas menores si contaba con el consentimiento de las partes litigantes. Pronto el sistema se hizo muy popular gracias a la rapidez y corrección de los obispos. La competencia entre los servicios estatales y privados, permitida en muchos casos por el Estado para descargarse de gastos y tareas, favoreció siempre a los segundos y aceleró la quiebra de los vínculos de dependencia de los ciudadanos con la administración imperial. Los obispos practicaron el patronazgo, protegiendo a sus fieles de los abusos de los funcionarios públicos y albergando colonos en sus tierras, a quienes muchas veces interesaba más trabajar para la Iglesia que ser totalmente libres.

Al mismo tiempo, la necesidad militar del imperio obligó a Honorio y Arcadio a promulgar en 398 la Ley de Hospitalidad, que implicaba el reparto de entre uno y dos tercios de las tierras fronterizas entre los bárbaros, que se asentaban allí a cambio de defender el imperio. Lo más sorprendente es que estos bárbaros afincados en territorio romano mantenían, sin embargo, las leyes germánicas, quebrando el monopolio de la justicia y la violencia legítima del Estado –a pesar de que, en los conflictos entre bárbaros y romanos, primaba la ley romana. A partir de entonces, la tendencia hacia una ley policéntrica se acrecentaría más y más.

Junto con los ya comentados patronazgos, promovidos por senadores y obispos, surgieron clientelas armadas ligadas a jefes militares prestigiosos: los bucelarios, en la práctica más leales a estos jefes que al emperador. Con el tiempo se generalizarían hasta el punto de que Belisario, el gran general de Justiniano, llegaría a tener 7000 hypapistas (fieles) privados que luchaban junto a él; y los altos funcionarios, senadores, obispos y reyes bárbaros tomarían prestada esta misma costumbre. Las fuerzas armadas se privatizaban.

Una vez establecidos, los bárbaros trataron de imitar los códigos romanos: primero de Teodosio y, más tarde, de Justiniano, e incluso utilizaron el concepto de Estado romano, con su jerarquía de funcionarios asalariados.
Sin embargo, el derecho consuetudinario de celtas y germanos se mantuvo en gran medida. Entre los francos la ley era memorizada por especialistas llamados “rachimburgos”, a quienes se consultaba durante los litigios: los robos estaban penados con la horca, mientras las agresiones físicas se castigaban con una indemnización –el “oro de la sangre”, en función de la sangre vertida- a la víctima o su familia. Entre los celtas, las indemnizaciones por robo o agresión física se tasaban en función del valor del objeto o el honor de la persona agredida, y eran arbitradas por los druidas si lo solicitaba alguna de las partes.
Por otro lado, la ley era personal, tal y como describe Montesquieu: cada tribu o grupo de parentesco mantenía sus propias leyes con independencia del territorio que ocupase, permitiendo la convivencia entre las costumbres bárbaras y romanas –y entre las diversas leyes bárbaras entre sí-. Los conflictos entre individuos de distinta parentela se resolvían mediante arbitraje, pero el sistema fue decayendo conforme los poderes centrales (monarquías visigoda, merovingia, etc.) privilegiaban un sistema de leyes sobre otros.

En el ámbito económico, la propiedad privada se asienta definitivamente: durante el Bajo Imperio, las tierras, que en un principio pertenecían al Estado y solo en calidad de possessio a los particulares, se privatizan. En la misma dirección, una ley de 424 autoriza a que quienes cultiven durante treinta años una tierra estatal en desuso, pagando las rentas, se conviertan en propietarios.
La escasez de esclavos, la intervención de los precios finales y su escasa productividad llevó a los amos a entregarles parcelas de tierra: mansos, para atajar los problemas de sus explotaciones. En ocasiones esto fue acompañado de la liberación de esclavos, que sin embargo mantenían obligaciones con el antiguo propietario, como trabajos periódicos en sus dominios o el pago de tasas. Al mismo tiempo, la necesidad de protección, a largo plazo, arrojaría a los campesinos débiles o arruinados en manos de los patrones. (Más adelante las leyes de la Galia, Germania, Lombardía o Inglaterra regularán las obligaciones de los campesinos para con sus señores, dando pie a la aparición del feudalismo). La diferencia entre colonos libres y esclavos acabaría por difuminarse. Aunque la propiedad de los latifundios se mantuvo casi siempre en las mismas manos, la explotación a gran escala basada en el uso extensivo de esclavos fue reemplazada por la explotación intensiva y a pequeña escala de los colonos y los semilibres.

A pesar de todo, subsiste una clase de pequeños propietarios en los márgenes de las villae y en los territorios dispersos, que frecuentemente practican una agricultura móvil adaptada a un entorno agrícola agotado y a un contexto político inseguro, cobrando importancia el pastoreo y la recolección en los bosques. Las invasiones bárbaras refuerzan a esta clase de hombres, fácilmente asimilable con la base de la sociedad germánica, compuesta de guerreros libres que poseen pequeñas granjas cercadas con setos: son los llamados friligen entre los francos y los alamanes; ceorls entre los sajones o ahrimanni entre los lombardos, que frecuentemente también se responsabilizan colectivamente del servicio armado y de la justicia popular, y que tienen acceso a un amplio círculo de tierras aldeanas.
Parece que surgen así, paulatinamente, las comunidades campesinas, que el Estado romano ya había creado parcialmente durante el Bajo Imperio con la finalidad de responsabilizar a los pequeños propietarios del cobro de impuestos y el reclutamiento de soldados: son los llamados consortes. Más adelante surgen los vici, pequeñas agrupaciones de campesinos libres –alodiales- en los cruces de caminos, que con la llegada de los bárbaros tendrán derecho a la terra francorum: la propiedad común del pueblo franco. En toda Europa, las communia, o tierras de uso común, nacerán bajo el influjo de los germanos, la necesidad de roturar tierras o de fundar parroquias rurales, y serán reforzadas por las necesidades defensivas, de administrar justicia o de excluir a los foráneos. Los campesinos ocupan tierras abandonadas (saltus) o fuera de derecho (foresta), y se organizan para vigilar los rebaños, recolectar frutos y madera del bosque o defenderse de los saqueadores. Como dice Robert Fossier (1991: 87): “el hombre aislado de esta época sólo podía sobrevivir en ascesis eremítica; en otras condiciones su única posibilidad era la asociación. Lo que la cosa pública, la ley o la economía no podían brindarle, lo buscaba en la familia, la encomendación o el casamentum”.

Paradójicamente, el ineficiente modelo esclavista había sostenido un sofisticado sistema comercial de división internacional del trabajo que hoy tildaríamos de “moderno”, mientras el eficiente sistema de colonicae tuvo lugar en un contexto de policultivo y economía descentralizada que hoy asociamos al feudalismo.

Este sistema de división internacional del trabajo, que había sido forzado artificialmente por un sistema público de carreteras y, sobre todo, por el control estatal de gran parte de las manufacturas y de las corporaciones de armadores navales (navicularii), tocó a su fin, aunque según Henri Pirenne el comercio mediterráneo se mantendrá con alguna actividad hasta la expansión islámica del s. VIII.
En esta época los navicularii pasaron a manos privadas, pero continuaron dependiendo del Estado, que los controlaba y era su principal cliente. Aunque la administración exigía barcos de gran tonelaje para transportar el trigo –la carga media era de 150 toneladas-, los navicularii tendieron a burlar la regulación, prefiriendo barcos de 20 toneladas con los que podían pagar menos impuestos y obtener mayores beneficios. Los comerciantes sirios y judíos tomaron el relevo, en un sistema económico que se descentralizaba a todos los niveles (explotación de las parcelas, tonelaje de los barcos, longitud de las redes de distribución, etc.).

En cuanto al sistema monetario, los bárbaros habían evolucionado desde una economía de trueque a un sistema de cambio indirecto basado en joyas, anillos y pulseras de oro, que hacían de moneda. Más adelante, en los siglos VI y VII tendieron a imitar el patrón romano y bizantino, pero su emisión insuficiente e inadecuada de sueldos de oro tuvo efectos deflacionarios. Para paliarlo, tendieron a emitir unidades menores (tercios de sueldo), pero sus deficiencias incentivaron la creación, en ausencia de monopolio estatal, de cecas privadas en las que se emitían monedas con el nombre del emisor y que eran aceptadas como medio de cambio. Tuvo lugar lo que Hayek llamaría trece siglos más tarde la “desnacionalización del dinero”, aunque poco después los monarcas lo convirtieran en una prerrogativa real, conscientes de su importancia como método de financiación.


Conclusión

El Imperio romano cayó de forma desordenada y, por lo tanto, las respuestas para cubrir sus huecos fueron en gran medida improvisadas en el momento: reapareció la figura de los patronazgos republicanos y surgieron bandas privadas de militares; la Iglesia tomó el papel de árbitro judicial y órgano de bienestar social; una parte creciente de los habitantes y militares del imperio –los bárbaros- pasaron a regirse por leyes y tribunales diferentes, de carácter personal, revolucionando el sistema político; y las tierras, manufacturas y comercios, cuando continuaron existiendo, pasaron a manos de las élites del periodo anterior, aunque gestionados a menor escala.

El sistema social que surgió de aquella época turbulenta no fue diseñado conscientemente por sus actores, sino que estos, movidos por su propio interés, de forma separada y con el objetivo de saciar las necesidades de seguridad, paz o sustento que previamente había asegurado el Imperio, crearon de forma espontánea unos mecanismos que darían lugar a un orden completamente nuevo, diferente tanto del “modo de producción esclavista” como del “modo de producción feudal”, en términos marxistas.

El nuevo sistema era superior en aspectos tales como el colonato, el derecho y el comercio privados o el emergente sistema de libre moneda, pero estaba condenado: en el proceso de descomposición estatal, las antiguas élites (senadores, militares, etc.) supieron retener el poder en su favor, coaligados con los reyes bárbaros, y las guerras que asolaron Europa durante los siglos siguientes incentivaron la expansión de los Estados, permitiendo su dominio sobre las clases populares -campesinos y burgueses-, la economía y el derecho.