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domingo, 24 de marzo de 2013

Instituciones y subdesarrollo: el caso de Guinea Ecuatorial

Guinea Ecuatorial es un buen ejemplo de cómo las instituciones pueden inhibir el desarrollo económico.

Esta pequeña república situada en el área centro-occidental de África está presidida por Teodoro Obiang, un dictador que utiliza el aparato del Estado para repartir beneficios entre familiares y amigos: su hijo es consejero del ministro de Deportes y presidente del club de fútbol The Panthers; su hija, directora adjunta del Banco Central de África Occidental (BEAC). La estrategia del Estado guineano es similar a la de muchos regímenes preindustriales: el dictador confía en sus familiares los puestos clave de la administración para garantizar su fidelidad, al tiempo que emplea el poder judicial (totalmente subordinado al ejecutivo) para capturar rentas con las que comprar la fidelidad de los caciques locales. Por si fuera poco, las reservas petrolíferas del país proporcionan a la dictadura todos los recursos que necesita, desalentando la introducción de reformas económicas que proporcionarían ingresos fiscales alternativos. Como consecuencia, los derechos de propiedad son completamente inseguros para la mayoría de la población, que no puede aventurarse en formas de contratación complejas sin temer que los beneficios sean capturados por las élites afines al poder.

Como el Imperio español, Guinea está atrapada entre la riqueza de materias primas y la necesidad de comprar con privilegios la estabilidad de la coalición dominante.

El País publica hoy un reportaje que ilustra con casos muy concretos las pinceladas que acabamos de dar. Por ejemplo, la interminable cadena de sobornos sirve para erigir barreras en el mercado y elevar las rentas de los caciques locales que participan en él a título privilegiado. Como narra un empresario español:
En el aeropuerto te das cuenta de que tienes que pagar por todo: al comisario para que te selle el pasaporte, al de seguridad nacional para el visado de salida, al fiscal general, al que tenían en nómina, para los permisos. Una cadena que no termina nunca. ¡Pero si no hemos empezado a trabajar!, les decía yo.
Cuando este mismo empresario se opuso a pagar comisiones ilegales, le amenazaron con usar el poder judicial contra él:
Falló que no quisimos pagar más dinero a la gente de Ruslan. Te estrangulan económicamente y se buscan a otro. Y se quedan con todo, con toda la inversión que has dejado allí. Al final, cuando nos oponíamos a algo te decían: ¿qué quieres, que te denuncie por violación? ¿Quieres ir a la cárcel? Nos lo dijeron muchas veces y tuvimos verdadero pánico. El socio que se estableció en Malabo se tuvo que marchar. Yo pensaba: pero ¿dónde nos hemos metido? ¿A quién reclamo? La corrupción es total, es brutal.
En otros casos, el régimen obliga a los empresarios extranjeros a tomar a caciques locales como socios, que finalmente terminan capturando todas las rentas del proyecto a través de comisiones ilegales, amenazas o expropiaciones abiertas:
Nos obligaron a tener de socio local al ministro de bosques. Teodorín (el hijo y sucesor de Obiang) era entonces su consejero y ya estaba metido en el negocio de la madera. Mi socio trató con él y le dieron todas las facilidades, por supuesto después de pagar comisiones por todos lados. Nos cedieron un terreno de seis hectáreas a cuatro kilómetros de Malabo. Trasladamos la maquinaria: bulldozers, camiones, cortadoras, secadoras. Llevamos a cuatro técnicos para formar allí a los obreros guineanos, más de cuarenta hombres. Casi dos años de trabajo para levantar el aserradero y no pudimos exportar ni la primera remesa. Cuando estuvo el almacén lleno comenzaron los problemas, las pegas, la falta de permisos. No entendíamos nada. Logramos sacar cuatro contenedores sobornando a gente del puerto. A mi socio le dijeron que o se iba o le metían en la cárcel, pero decidió quedarse. 
Para forzarle a abandonar sus instalaciones, fue encerrado en la cárcel de Black Beach, sin comida, pisando sus propias heces y con malaria. Finalmente todo pasaría a manos de socios locales de los inversores extranjeros.
Cuando llevas la maquinaria empiezan los problemas. Te ponen toda clase de pegas para que te vayas y se quedan con todo. Si no aceptas, sabes que acabas en la cárcel de Black Beach. Luego celebran un ajunta y dien que su socio español se ha marchado del país. La gente se va por miedo.
Estos casos ilustran el papel clave que juegan las instituciones en el desarrollo económico. Al elevar la inseguridad jurídica y los costes de transacción, Obiang no sólo captura rentas a costa de los inversores extranjeros sino de la gran mayoría de guineanos, que en otro caso prosperarían desde sus negocios precarios y casi autosuficientes actuales hasta formas de organización y contratación complejas que erosionarían las rentas de la clase dominante (que incluye, por cierto, a algunos empresarios extranjeros que sí se han amoldado al régimen).

Este caso demuestra, por cierto, que el subdesarrollo es principalmente una cuestión endógena, aunque en otros casos el colonialismo encubierto puede jugar un papel importante.

viernes, 17 de diciembre de 2010

El comercio marítimo en época precapitalista



En el post anterior decíamos que una de las características del capitalismo es la generalización del trabajo asalariado. Alguno puede pensar que se trata de una quimera; quizá fuese más reducido, acosado por el señorío feudal y la reglamentación de los gremios, pero indiscutible en las relaciones económicas más complejas. Lo cierto es que no: en invierno, los campesinos elaboraban en casa gran parte de los tejidos que vestían a la población urbana; durante la Edad Media, los convoyes de comerciantes que recorrían Europa compartían pérdidas y ganancias, etc. El trabajo asalariado existía, desde luego, pero cumplía funciones auxiliares.

El caso del comercio marítimo es especialmente interesante: tal y como recogen las Tablas de Amalfi [1], no existía una diferencia tajante entre armadores, marineros y mercaderes; todos eran socios de la empresa, traficaban por cuenta propia o común y poseían voz y voto en la administración del navío. Recientemente descubro en Comercio y navegación entre España y las Indias, de Clarence H. Haring, que aquel sistema todavía era habitual en los galeones de la Carrera de Indias durante el siglo XVI. De hecho, no deja de recordar a los usos de la piratería en época de Henry Morgan y Barbanegra, uno y dos siglos después. Os pego un fragmento (pp. 394-395):

Por lo menos hasta muy avanzado el siglo XVI las tripulaciones eran alquiladas en participación, siguiendo la práctica ordinaria que primó en Europa durante toda la Edad Media. A cada persona relacionada con el navío, desde el armador hasta el grumente, se le asignaba cierta proporción en el producto de los fletes y otros beneficios del viaje, de modo que cada uno de ellos tenía interés directo en la empresa. En época de Vitia Linaje (s. XVII) ya era otra la costumbre, pues el monto de los salarios se conservaba y fijaba de antemano, como en la práctica moderna. Parece que bajo el sistema primitivo, tanto el armador como la tripulación elegían cada uno su representante, que unidos computaban los ingresos brutos y después de deducir ciertos gastos generales (inclusive el 2,5% llamado "quintaladas", que se invertía en recompensas especiales para los marineros que hubieran prestado servicios extraordinarios), dividían los beneficios líquidos en tres porciones, dos de las cuales correspondían al dueño y una a la tripulación. La última parte era dividida a su vez en tantas como era menester para que cada marinero recibiese una parte, cada grumete dos terceras partes y cada paje una cuarta parte. Análogo sistema prevalecía en los bajeles portugueses del siglo XVI, donde la unidad de distribución era también el marinero raso. Dos grumetes equivalían a un marinero y tres pajes a un grumete. El contramaestre y cuartelmaestre eran contados por marinero y medio cada uno, y el calafate, carpintero, despensero, barbero-cirujano, capellán, etc., por dos marineros.

Haring menciona que este sistema cayó en desuso a causa del desarrollo de la economía monetaria, la aparición de la clase capitalista y la creciente división del trabajo. Sería un tema a estudiar; puede que otras cuestiones como la proliferación de Compañías privilegiadas de Indias en buena parte de Europa (Inglaterra, Holanda, Francia, Dinamarca, etc.), donde se diferenciaba tajantemente entre accionistas y empleados, fuesen más decisivas. En España, la tendencia restrictiva de la Casa de Contratación durante el siglo XVII pudo tener el mismo efecto, aunque es significativo que los tripulantes todavía conservaran el derecho a llevar una cantidad limitada de mercancías para venderlas por cuenta propia.


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[1]: Las Tablas de Amalfi, escritas en el siglo XI, recogen los usos marítimos vigentes durante gran parte de la Edad Media.

domingo, 5 de diciembre de 2010

El capitalismo como orden espontáneo: una breve reflexión

"El capitalismo, distinto de la economía de mercado, que es, para mí, testimonio esencial de mi larga investigación." - Fernand Braudel.

Los economistas suelen hablar del mercado como un "orden espontáneo" generado por la acción individual y descentralizada de millones de individuos que intercambian bienes y servicios (compran, venden, producen, etc.) sin necesidad de un órgano de planificación. Si prescindimos de las connotaciones "voluntaristas" del término (un mercado implica cooperación pacífica y voluntaria), podríamos extenderlo para explicar la aparición de otras instituciones no económicas, tal y como hicimos en El individualismo metodológico.

El capitalismo forma parte de esta última categoría. Renunciando por el momento a establecer una definición precisa, podríamos decir que se trata del sistema social (los marxistas dirían "modo de producción") donde: 1) una parte significativa de la producción se dedica al intercambio, lo que supone cierto desarrollo las actividades comerciales y bancarias; 2) las relaciones de producción están marcadas por el trabajo asalariado, y por tanto existe un porcentaje significativo de individuos desprovistos de bienes de capital; y 3) el factor dominante es el capital, lo que confiere mayor peso político a sus propietarios, relativamente concentrados.

Marx (y tras él, Wallenstein) creía que su origen había que buscarlo en el siglo XVI; Braudel lo retrotraía al siglo XIII, época del imperio veneciano. En cualquier caso, creo que el capitalismo debería estudiarse a la luz del historiador antes que del economista: es el resultado de la interacción de diferentes grupos que, tratando de perpetuar o extender sus prerrogativas, dieron lugar a un orden social no previsto por ellos mismos. Sería interesante investigar cómo los monarcas medievales y modernos concedían privilegios a sus ciudades, gremios o comerciantes a cambio de subsidios; cómo Inglaterra elevó los aranceles a la exportación de lanas para financiar la Guerra de los Cien años; cómo se expropió a los monasterios y comunales para engrosar el fisco; o cómo los prestamistas e intermediarios obtenían privilegios a cambio de sus servicios (los genoveses de España, los venecianos de Bizancio y el Imperio turco, los lyoneses de Francia, etc.).

Este proceso ("de tiempo largo", como diría Braudel) supera el ámbito económico: implica intercambios políticos entre diversos grupos, donde unos obtienen obediencia a cambio de promoción social, beneficios a largo plazo a cambio de subsidios a corto plazo, etc. El resultado final es la aparición de nuevas relaciones de producción, nuevos Estados (los Estados-nación) y nuevas formas de pensamiento; es decir, el capitalismo en toda su extensión.

En este pequeño espacio es difícil hacer un análisis riguroso -mis conocimientos tampoco me lo permitirían-, pero sería deseable olvidar aquellas perspectivas tradicionales que, desde el marxismo o el liberalismo, contemplan el capitalismo como el producto de la lucha de clases o del "orden espontáneo" del mercado, respectivamente.